La habitación estaba patas arriba de una manera productiva. Mapas abiertos sobre la cama, una libreta con anotaciones torcidas, el celular iluminándole el rostro con el blanco infinito del salar de Uyuni.
—Mira esto —dijo Athenas, girando la pantalla hacia Verónica—. Es como caminar sobre el cielo.
Verónica estaba sentada en el suelo, rodeada de bocetos de tazas y nombres posibles para la cafetería.
—Y cuando volvamos, abrimos la cafetería. Pequeña. Íntima. Chocolate espeso. Nada deprimente.
—Nada lúgubre —corrigió Athenas—. Que la gente entre por duelo y salga con ganas de vivir.
—¿Segura que tus padres están bien con la idea que no trabajes más para ellos?
—El trabajo era más simbólico — explica Athenas — básicamente me mantenían. Cuando les dije que abriría la cafetería y no viviría más de su dinero se pusieron felices.
—¿Sí?
—Si, hasta empezaron a buscar vuelos. Al parecer fui la razón por la que no pudieron viajar más.
—Aun así, te aman.
—Si, no entiendo por qué.
Ellos le dijeron que ya no trabajara más en el cementerio, que hiciera lo que quisiera. Tal vez su vida no era un cuento, pero tenía padres que parecían de fantasía.
Athenas seguía deslizando fotos del salar cuando algo la hizo frenar.
Se incorporó de golpe en la cama.
—Qué raro.
—¿Qué pasa? —preguntó Verónica sin levantar la vista.
Athenas le mostró el teléfono.
—La cuenta de Cyan subió una foto. Está en Irlanda. Con sus padres.
Verónica parpadeó.
—Tal vez es vieja.
Athenas negó y amplió el texto.
“Hoy vine a visitar a mi familia”.
El estómago se le hizo un nudo pequeño y preciso.
—No es vieja. Y… ahora que lo pienso, hace tiempo me escribieron de esta cuenta.
Buscó la conversación. Ahí estaba. Un mensaje aislado. Sin continuidad. Sin explicación.
Escribió:
“No sabía que habías viajado a Irlanda”.
Enviar.
Se quedó mirando la pantalla como si pudiera obligarla a responder por pura insistencia.
En ese momento vio el reloj, le habían prometido al doctor que irían al grupo de apoyo ese día.
Al llegar les recibió el murmullo habitual. Sillas en círculo. Las famosas galletas sobre la mesa.
Verónica habló primero. Contó lo de sus padres, lo que dijo, lo que sintió. Habló de Daniel. De lo liviana que se sentía. No feliz exactamente. Pero menos oprimida.
Cuando llegó el turno de Athenas, ella se encogió de hombros.
—Nada nuevo.
El doctor le extendió una galleta.
Athenas la olió.
—¿Por qué siempre saben tan raro?
Él sonrió.
—Hay estudios que asocian sabores con memoria emocional. Diseñé uno difícil de describir. Si algún día están asustadas y prueban esto, quiero que lo asocien con este lugar. Con sentirse acompañadas.
Athenas dio un mordisco. Era extraño, sí. Pero cálido.
—Está experimentando con nosotros, doc.
Todos se ríen
—Son mis pequeños conejillos de india.
Al terminar la sesión ella se acercó al doctor.
—¿Cómo está Raquel? —preguntó.
El doctor bajó la mirada un instante.
—Le pedí perdón. Le conté la verdad. Que su madre murió.
Athenas se quedó quieta.
—¿Cómo lo tomó?
—Mal al inicio. Pero no por la muerte. Por la mentira. —Respiró hondo—. Luego se calmó. Se preocupó por mí. Me preguntó cómo estaba. Fue la primera vez que fui a terapia.
Verónica abrió los ojos.
—¿Usted?
—Sí. Me está ayudando un colega, pero creo que al igual que ustedes necesito ayuda.
Athenas no pudo evitarlo. Se empezó a reír. No de burla. De incredulidad luminosa.
—Al final todos terminamos sentados en alguna silla —dijo.
—Pareces disfrutarlo.
Ella sonrió
—Ha estado haciéndose pasar por su esposa difunta, eso me suena algún trastorno.
—No tan grave como un novio imaginario
Ella le da una sonrisa
—A la final quiera aceptarlo o no. Todos vivimos en algun tipo de fantasía.
El doctor le dio un mordisco a su galleta.
—Eso parece.
Athenas miró su teléfono.
Sin respuesta aún.
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Editado: 22.02.2026