El cielo estaba gris claro, como si el día no quisiera comprometerse con nada.
Athenas se arrodilló frente a la tumba de Kayser y acomodó las flores con cuidado. No eran rosas esta vez. Eran blancas, sobrias, como si aceptaran el silencio sin discutirlo.
Para ella, Kayser había dejado de existir.
Su canal aparecía como eliminado.
Su perfil, borrado.
Y, sin embargo, los otros tres chicos seguían reuniéndose allí algunas tardes. Hablaban, reían, hacían pausas como si alguien más estuviera sentado con ellos. Desde lejos parecía un grupo de cuatro.
Desde los ojos de Athenas eran tres… conversando con el aire.
Sabía que él estaba allí.
El teléfono vibró en su mano.
Un mensaje nuevo.
Lo abrió.
“Siempre he vivido en Irlanda. Pero vivo en Dublin y mis padres en Galway. Por cierto, me alegra saber de ti.”
Ella respondió, con los dedos un poco torpes.
“Yo vivo lejos de allí.”
La respuesta llegó rápido.
“Suena a un reto. ¿A qué te dedicas?”
“Trabajo en un cementerio, y ahora estoy por montar una agencia de viajes”.
Athenas volvió a su cuarto con el teléfono todavía en la mano.
Se sentó en la cama.
La conversación seguía allí.
“Soy compositor. Suelo viajar mucho. Dentro de un mes voy a viajar a Argentina”.
Ella mordió apenas su labio antes de escribir.
“¿Qué tipo de música compones?”
Tardó un poco más esta vez.
“Música para otros. A veces para bandas, a veces para proyectos pequeños. Me gusta escribir cosas que suenen a casa.”
Athenas sonrió sin darse cuenta.
“¿Y cómo suena casa?”
“Depende. A veces suena a lluvia contra la ventana. A veces a una cocina con gente hablando al fondo. A veces a alguien que se queda.”
El corazón le dio un pequeño salto. No era una frase espectacular. Era simple. Pero tenía algo… estable.
“Eso es bonito.”
“¿Y tú? Si organizas viajes, ¿cuál sería el primero que harías para ti?”
Ella miró el techo. El ventilador giraba lento.
“Bolivia. El salar de Uyuni. Quiero ver el cielo reflejado en el suelo.”
La respuesta llegó casi inmediata.
“Eso suena a alguien que quiere caminar sobre las nubes sin despegar los pies.”
Athenas rió, esta vez en voz baja.
“Veo en tu perfil que has ido.”
“Si, es espectacular, lo vas a amar.”
Hubo un pequeño silencio digital. Esos segundos donde uno no sabe si la otra persona está pensando o simplemente se fue.
Luego:
“¿Te gusta viajar sola?”
La pregunta la tomó desprevenida.
“Nunca he viajado, es mi primer viaje al exterior”.
“¿Novata? Te puedo dar algunos consejos.”
Ella sonrió
“Dime algunos.”
Tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.
“Primero: no planees cada minuto. Los mejores recuerdos casi nunca estaban en el itinerario.”
Athenas miró su libreta llena de horarios exactos, rutas marcadas con resaltador, posibles cafés anotados por estrellas.
“Eso me cuesta.”
“Entonces empieza por algo pequeño. Deja una tarde libre. Sin destino. Camina hasta que algo te llame la atención.”
Ella escribió:
“¿Y si me pierdo?”
“Toda ciudad tiene dos versiones. La que ven los turistas y la que encuentras cuando te pierdes. La segunda es más honesta.”
Athenas apoyó el teléfono en sus rodillas.
“Ok. ¿Segundo consejo, señor compositor viajero?”
“Habla con los locales. No solo para pedir direcciones. Pregúntales dónde comen cuando quieren olvidarse del mundo.”
“Eso suena peligroso, no creo que vivas en mi continente. ¿Tercero?”
Hubo una pausa un poco más larga.
“No viajes para escapar. Viaja para expandirte.”
Athenas frunció el ceño leve.
“¿Cómo se nota la diferencia?”
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Editado: 22.02.2026