La Tumba Sin Nombre

56

Ella despertó con la luz filtrándose por la cortina. Cyan estaba a su lado, respirando con calma. Un brazo doblado bajo la almohada. El rostro sereno, se quedó mirándolo unos segundos.

La discusión.

La mujer.

El nombre.

Azrael.

Negó con suavidad.

—Fue un sueño —susurró para sí.

Se levantó despacio y fue a la cocina. Necesitaba ruido doméstico. Algo concreto.

Encendió la hornilla. Batió huevos. El olor a tocineta comenzó a llenar el departamento.

El chisporroteo era tranquilizador.

Escuchó pasos detrás.

Cyan apareció, despeinado, sin camisa, frotándose los ojos.

—Huele increíble.

Ella no se giró de inmediato.

—Huevos revueltos con tocineta. No es el mejor desayuno, pero es el más rápido.

Él sonrió.

—Es perfecto.

Se acercó por detrás y le dio un beso en la mejilla.

Athenas sintió el contacto. Lo sostuvo un segundo más de lo necesario, como si verificara algo invisible.

—¿Puedo usar el baño? —preguntó él.

—Claro.

Él dio dos pasos hacia el pasillo.

—¿Cyan?

Él se detuvo y se giró.

—¿Qué pasa?

Ella apagó la hornilla. Se apoyó en la encimera.

—Anoche tuve un sueño raro.

Él inclinó apenas la cabeza.

—¿Qué soñaste?

—Te vi hablando fuera del departamento… con una mujer.

Cyan frunció el ceño, leve.

—¿Qué mujer?

Ella lo miró directo.

—Era idéntica a mí.

Silencio.

El aire en la cocina pareció más espeso.

—¿Y qué hablábamos? —preguntó él, con una calma demasiado medida.

—Ella te prohibía estar cerca de mí.

Cyan sostuvo su mirada un segundo más largo de lo habitual. Luego exhaló por la nariz, casi divertido.

—Athenas… estoy seguro de que fue solo un sueño.

Su voz era suave. Convincente.

—No te preocupes por cosas sin sentido.

Lo había sentido demasiado real como para dudar, luego vio los medicamentos en su mesa de café y se pregunto que tanto podía negar lo que su mente le decía, a la final, lo de Emily fue real, Kayser era real, Raquel le dijo que vivió algo similar.

Alzó la vista y lo vio nuevamente, este parecía extrañado ante su comportamiento.

Ella asintió lentamente.

—Sí… supongo que fue eso.

Él le dedicó una sonrisa tranquilizadora y desapareció detrás de la puerta del baño.

En ese momento, el celular vibró sobre la encimera.

Athenas lo tomó casi por reflejo.

Era un mensaje.

De Cyan, el de Irlanda.

Ella frunció el ceño.

Desde el baño seguía escuchándose el agua del lavamanos correr.

Miró la pantalla otra vez.

Era la primera vez que le escribía directamente a su número.

“¿Cómo estás?”

Athenas sintió un pequeño vacío en el estómago.

El agua seguía sonando.

Escribió:

“Bien. ¿Y tú?”

Se quedó mirando la pantalla, esperando.

Desde el baño se escuchó su voz.

—¡Athenas! ¿Tienes una toalla?

—Sí —respondió, sin apartar la vista del teléfono.

El mensaje llegó.

“Me alegra. Aquí son las cinco de la tarde. Estoy terminando el día.”

Adjuntó una foto.

Un atardecer naranja cayendo sobre el mar. Acantilados oscuros. El cielo incendiado con calma.

El agua del baño se cerró.

Athenas tragó saliva.

Fue hasta el baño con la toalla en la mano.

Cyan abrió la puerta apenas, la acepta y se seca la cara.

Ella habló con una naturalidad que no sentía.

—Tengo un amigo en Irlanda. Me pasó una foto de un atardecer.

Le mostró la pantalla.

Cyan observó la imagen y asintió.

—Eso es en Galway. Es precioso. Si quieres, algún día podemos ir juntos.

Ella lo miró.

Había algo en su tono que la irritaba. No sabía por qué.




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