La Tumba Sin Nombre

58

El aeropuerto fue un hormiguero paciente. Filas, anuncios, suspiros colectivos. El vuelo reprogramado para la mañana siguiente. El hotel en Bolivia prometiendo esperarlas.

Athenas miró a Verónica mientras recogían las maletas.

—¿Y si conocemos Buenos Aires?

Verónica acomodó el asa de su equipaje.

—¿Con tormenta incluida?

Ella afirma con optimismo.

—Con tormenta incluida.

Sonrió.

—Hay un hotel bonito y económico cerca. Dejamos las cosas y salimos. Apenas son las siete.

Verónica no necesitó más argumento. Asintió como quien acepta una travesura elegante.

El hotel fue amable con su historia. Habitación doble. Una noche improvisada. Maletas abiertas apenas lo justo. Retoque rápido frente al espejo. Y luego la ciudad.

Buenos Aires estaba húmeda y luminosa. Las luces se reflejaban en el pavimento mojado como si la ciudad hubiera decidido duplicarse en el suelo. Eligieron un restaurante conocido, al menos en internet.

Se sentaron junto a la ventana. Rieron. Por lo que sale del plan, pero funciona.

En eso siente su celular vibrar, lo levanta intrigada, ya les había avisado a sus padres la situación.

Mensaje de Cyan…el de Irlanda.

“Eres hermosa en persona.”

El mundo se congeló un segundo.

La sangre le subió al rostro. Miró alrededor, el corazón desacompasado. Otro mensaje.

“Mira arriba.”

Lo hizo.

Y lo vio.

Recostado en una baranda del segundo nivel del restaurante, mirándola fijo, con una media sonrisa que parecía conocerla desde antes de conocerla. Cuando sus miradas se encontraron, él levantó la mano en un saludo juguetón.

Verónica siguió la dirección de su mirada.

—¿Qué hace Cyan aquí?

Athenas apenas pudo murmurar:

—Ese no es Cyan… bueno, sí es Cyan. Pero no el Cyan que conocemos.

Verónica bebió un sorbo de vino con serenidad olímpica.

—Entiendo.

—¿Cómo puedes entenderlo? Yo apenas empiezo a hacerlo.

—Tranquila. Es su doppelgänger.

En eso momento quedo pasmada. Verónica era inmune a la rareza, nada la escandalizaba, le podría decir que habló con un unicornio en el aeropuerto y solo preguntaría de qué color era.

El hombre bajó las escaleras con naturalidad y se acercó a la mesa.

Este Cyan no tenía la pulcritud del otro. No parecía salido de una fotografía perfectamente encuadrada, sino de un escenario con luces calientes y cables enredados.

Vestía con ese descuido calculado que solo algunos logran dominar. Camisa negra de algodón suave, chaqueta de cuero ligera, no para impresionar, sino porque le pertenecía. Jeans oscuros. Botas gastadas que habían pisado más backstage que oficinas.

No había rigidez en él.

Había ritmo.

Su cabello era un poco más largo que el del otro, cayéndole con naturalidad sobre la frente. No perfectamente peinado, sino vivo. De vez en cuando lo apartaba con la mano en un gesto casi inconsciente.

—Esta es la mejor casualidad que he experimentado en mi vida —dijo con voz cálida—. ¿Por qué no me dijiste que también venías a Buenos Aires?

Athenas parpadeó.

—No veníamos. Fue un aterrizaje de emergencia por la tormenta. Mañana seguimos a Bolivia.

Él sonrió como si esa explicación fuera irrelevante.

—Entonces claramente estamos aquí por algo. ¿Nos acompañan arriba?

Subieron.

Y entonces lo vieron.

La mesa. Los instrumentos apoyados con descuido elegante. Rostros que habían visto en videos, en escenarios, en pantallas.

Verónica se inclinó hacia ella y susurró:

—¿Athenas? Yo a esta banda la conozco.

Athenas asintió. Claro que la conocía, eran super famosos.

Él lo dijo con sencillez.

—Compongo algunas de sus canciones. Mañana es el concierto.

—Este Cyan me gusta. Vamos a quedarnos con él.

Le dice Verónica tomando asiento sin vergüenza.

Las presentaciones fueron breves. El vocalista sonrió. Verónica devolvió la sonrisa con un entusiasmo que hacía parecer que Daniel jamás había existido.

Cyan pidió una botella de vino.

—Voy a aprovechar al máximo este momento —dijo mirando solo a Athenas—. Quería conocerte desde hace tiempo.

Ella sostuvo su mirada.

Tenía la calidez del otro Cyan. La misma serenidad envolvente. Pero sus ojos… eran de un azul intenso, profundo, como si el cielo hubiera decidido concentrarse en un solo punto. Cuando te miraba, no parecía evaluarte. Parecía leerte.




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