La noche seguía encendida. Las copas se vaciaban y se llenaban con la misma facilidad con la que los chicos contaban historias de aeropuertos perdidos y conciertos donde casi se quedan sin luces.
En medio de una anécdota particularmente exagerada, uno de los miembros de la banda levantó su vaso y señaló a Cyan.
—No le crean nada. Este tipo es un mujeriego profesional.
Las risas estallaron.
Cyan se llevó una mano al pecho, ofendido teatral.
—No le creas a estos bastardos, son unos calumniadores.
—La verdad duele —dijo el vocalista entre carcajadas.
Athenas sonrió, pero notó que, incluso mientras se defendía, él la miraba a ella.
En algún punto Verónica recordó a Daniel. Sacó el celular, tomó una foto discreta de la mesa y se la envió.
Ella se levantó para ir al baño.
El pasillo era más tranquilo. El restaurante parecía otro mundo lejos de la mesa llena de músicos y vino.
Entró al baño. Se miró en el espejo un segundo. Respiró.
La puerta se abrió detrás de ella.
—¡Por fin! —dijo una voz femenina con familiaridad inmediata — me has estado ignorando toda la noche, no sé que te he hecho.
Antes de que pudiera reaccionar, la chica la abrazó.
Athenas se quedó rígida.
—Perdón… creo que me confundes.
La chica retrocedió, desconcertada.
—¿Athenas? Soy Mary.
El nombre no encajaba en ningún recuerdo. Pero esa chica era la misma que vio en la cuenta de Cyan.
—Lo siento. No sé quién eres.
Mary parpadeó, incrédula.
—¿Es una broma? No sabía que ibas a venir a Buenos Aires. Y pensé que tú y Cyan ya habían terminado… llevan tiempo sin verse.
El corazón de Athenas dio un golpe incómodo.
—Esta es la primera vez que veo a Cyan.
Mary soltó una risa nerviosa.
—No puede ser.
Sacó su celular y buscó una foto.
Se la mostró.
El mundo se inclinó.
En la pantalla, Mary abrazaba a una mujer idéntica a Athenas. Mismo rostro. Mismo gesto leve en los labios. A su costado estaba Cyan abrazando a la chica.
El mismo azul en los ojos. La misma media sonrisa.
Athenas sintió un frío que no venía del aire acondicionado.
El sueño.
Cyan hablando con una mujer igual a ella.
—¿Hace cuánto esta con esta chica? —preguntó, intentando que su voz no temblara.
—Menos de un año —respondió Mary, ahora preocupada—. ¿Estás bien? Estás actuando raro… me estás asustando.
Athenas negó.
—Estoy… confundida. Pero, aunque suene absurdo, no soy esa chica.
Mary la miró como si el espejo hubiera decidido duplicarse.
—Sería bastante extraño que tuviera dos novias iguales.
Athenas dejó escapar una risa seca.
—Ni que lo digas.
Mary bajó el celular lentamente.
—Cyan es un buen hombre. De verdad. No le hagas caso a lo que dicen los chicos. Ayuda mucho a su familia. Somo hermanos, es excelente persona.
Athenas asintió.
—Gracias.
Salió del baño con la sensación de que el suelo no estaba del todo firme.
Regresó a la mesa.
Cyan levantó la vista en cuanto la vio. La sonrisa ligera se desdibujó apenas.
—¿Todo bien?
—¿Podemos hablar? Pero… en otro lugar.
Él la sostuvo con la mirada un segundo y asintió sin preguntas.
Caminaron hacia un rincón más apartado del restaurante, cerca de una terraza cubierta donde la lluvia golpeaba el vidrio con insistencia rítmica. La ciudad brillaba húmeda detrás de ellos.
Athenas cruzó los brazos, no por frío, sino para sostener algo firme.
—En el baño… una chica se me acercó. Mary. Dice que es tu hermana.
Cyan no reaccionó con sorpresa.
—Sí. Aunque es obvio nos parecemos mucho.
Athenas lo miró fijo.
—Me mostró una foto. Estabas tú. Estaba ella. Y había una mujer idéntica a mí.
Silencio.
Ni defensa inmediata. Ni desconcierto fingido.
Cyan asintió lentamente.
Y luego sonrió.
No una sonrisa burlona. Tampoco nerviosa. Era una sonrisa serena. Como si esa pieza encajara en un rompecabezas que él ya había visto armado.
—Imaginé que eso podría pasar.
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Editado: 22.02.2026