La Tumba Sin Nombre

60

Llegaron al hotel, Verónica desapareció por el ascensor con una sonrisa sospechosamente tranquila, dijo que iba a descansar.

Athenas y Cyan salieron del hotel, y se recostaron en la pared. La lluvia caía con fuerza, no violenta, pero constante. Las personas corrían de un lado a otro buscando refugio. Las farolas iluminaban la calle con una luz dorada que hacía que el agua pareciera polvo de estrellas cayendo hacia el suelo.

Athenas miró el cielo un momento. Luego lo miró a él.

—¿Qué está pasando? —preguntó sin rodeos—. ¿Por qué me enviaste esa solicitud de amistad?

Cyan dio un trago a su cerveza. No parecía nervioso. Solo concentrado.

—Es algo tan raro… que difícilmente me vas a creer.

—Inténtalo.

Él la miró con seriedad.

—Por favor no me veas como un loco.

Athenas dejó escapar una media risa.

—No soy la persona más indicada para juzgar rarezas.

Él asintió, como si eso le diera permiso.

—Sé que te llamas Athenas. Sé que amas a un personaje de anime llamado K. Sé que trabajas en un cementerio con tus padres. Que quieres montar un negocio propio. Que saliste con un hombre llamado Osvaldo que te hizo daño y trató de estafarte.

El aire pareció enfriarse.

Athenas no parpadeaba.

—También sé que amas la torta de chocolate. Que tu mayor sueño es viajar por el mundo y no depender del dinero de tus padres. Que te encanta el morado, lo cual es bastante evidente —dijo, señalando su cabello con una leve sonrisa—. Y sé que cuando piensas en K, te imaginas como una ninja fuerte. No una víctima.

Ella dio un paso atrás.

—Ahora sí estoy un poco asustada.

Él levantó la mano suavemente.

—Lo sé porque ya te conocía. O te conocí. Pero no de la forma que esperas.

La lluvia marcó el silencio entre ellos.

—Todo empezó hace muchos años —continuó—. Pisé un anillo de hadas en Galway.

Las palabras quedaron suspendidas en la noche.

—Mis padres dijeron que eso traía mala suerte. Y empezó a irme mal en el amor: mi novia de esa época me dejó cuando faltaban dos meses para mudarnos juntos. Desde entonces han sido una tras otra decepción amorosa, cada una peor que la anterior. En un viaje a España conocí a una señora. Me dijo que la única forma de romper esa maldición era negociando con la vida.

—¿Negociando cómo? —preguntó Athenas, atrapada pese a sí misma.

—Plantando rosas rojas en cruces de caminos. Si las rosas crecían, significaba que la vida me había aceptado. Y ella me buscaría.

—¿Por qué cruces de camino?

—Porque ahí se cruzan el destino y la voluntad. Son lugares donde alguien siempre está eligiendo algo. Son puntos de quiebre.

La lluvia golpeó más fuerte.

—Empecé a plantar rosas en todos los cruces que conocía. Esperando. Sin saber qué pasaría.

Bebió el último trago.

—Un día estaba ayudando a mis padres en la posada. Y llegaste.

La señaló con suavidad.

—Entraste. Pediste un café y una torta de chocolate. Me gustaste al instante. Pero no era solo eso… mientras más te miraba, más te imaginaba. Cómo te llamarías. Cómo serías. En mi mente te puse Athenas.

Ella sintió que el pulso le retumbaba en los oídos.

—Al día siguiente volviste. Pediste lo mismo. Me armé de valor para preguntarte tu nombre. Y cuando dijiste Athenas… sentí que algo encajaba de una forma imposible.

El mundo parecía más pequeño bajo la lluvia.

—Empezamos a vernos. Sentí que la maldición se había roto, pero un día encontré tu cuenta. Y vi que vivías en otro país.

La miró con una mezcla de asombro antiguo.

—Fui a preguntarle a ella. A la Athenas que se supone que era mi novia. Le mostré las fotos. Se empezó a reír. Me dijo que te había escogido.

—¿Escogido para qué?

—Me dio un beso en la mejilla y dijo: “Ahora puedes decidir”. Y desapareció. No la volví a ver.

Athenas apenas respiraba.

—Cuando me hablaste… me emocioné. Y mientras más conversábamos, más entendí que eras la misma chica que conocí. No solo físicamente. Tus gustos. Tu manera de pensar.

Su voz no temblaba.

—Sé que suena absurdo. Que suena a que estoy mal de la cabeza. Pero es la verdad.

La lluvia seguía cayendo.

Las farolas brillaban sobre ellos como si fueran testigos silenciosos.

Cyan bajó la mirada un instante, como si ordenar sus recuerdos fuera más difícil que contarlos.

—Yo ya sospechaba que había algo… distinto en ella. —La miró otra vez—. Siempre que estaba cerca, las flores crecían más. En serio. En la posada, en el jardín, incluso en macetas que llevaban meses muriéndose.




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