La Tumba Sin Nombre

61

Athenas volvió a su país con el corazón todavía tibio.

Se habían quedado unos días más en Argentina, como si la ciudad les hubiera prestado una pausa dorada. Luego cruzaron a Bolivia, cumplieron el viaje prometido, caminaron mercados llenos de colores, rieron sin mapas, se tomaron fotos que no necesitaban filtros. Solo hubo una parada inesperada. Una que no figuraba en ningún itinerario.

Esa mañana, ya en casa, Athenas despertó con el teléfono vibrando.

“Hola hermosa, buenos días.”

Sonrió antes de abrir los ojos del todo. El mundo podía ser caótico, pero ese mensaje era un faro pequeño y constante, que le recordaba que había sobrevivido.

Se incorporó, miró a K, y le lanzó un beso al aire como si fuera un ritual secreto. Luego se vistió sin pensarlo demasiado y se fue a tomar un café, en ese momento siente una sombra acercarse.

Ella cierra los ojos antes de que él se manifieste. No necesita verlo para reconocerlo. Lo siente primero.

Triste.

No una tristeza ruidosa, sino antigua. Como un violín tocado en una habitación vacía.

—Hola, Azrael.

Una brisa firme atraviesa el cuarto. Las cortinas se elevan como si saludaran a algo inevitable. Cuando Athenas se gira, él ya está allí.

Alto. Cabello negro largo cayendo sobre los hombros. Ojos miel, profundos, con una calidez engañosa. Su belleza no es dulce, es precisa. Facciones que podrían pertenecer a cualquier tierra, a cualquier época. La clase de rostro que parece haber sido recordado antes de ser visto.

Su piel guarda el tono del último rayo de sol antes del anochecer.

Viste una túnica negra sin adornos. No hay exceso en él. Solo presencia.

Ladea la cabeza con elegancia contenida.

—Hola, Athenas.

Ella suspira. Azrael tenía la elegancia de lo inevitable.

—Eres guapo.

Él sonríe apenas. La curva exacta. Suficiente.

—No es un cumplido habitual cuando me reciben.

Su voz ya no vibra con sombras inestables. Está sólida. Quieto. La oscuridad no lo atraviesa, lo acompaña.

Athenas lo mira con honestidad.

—¿Por qué te llevaste a Leo?

—Lo siento, era su hora. El chico debía partir, no tuviste nada que ver en eso.

—¿Por qué querías que pusiera flores en tumbas vacías?

—Las flores en tumbas vacías te permiten negociar conmigo, pensé que si lo hacías podría tenerte para siempre conmigo. Pertenecemos a mundos diferentes, pero me hiciste real, y yo quería que tu fueras parte de mi mundo. Así, estariamos juntos por siempre.

—¿Cómo?

—Solo tenias que aceptar venir conmigo, y estariamos juntos por siempre.

—Entonces, al poner flores en esas tumbas, llamaba a tu verdadera forma.

El asiente.

—¿Por qué nunca te presentaste entonces?

—Por qué....no estabas buscandome a mí, no de corazón, querías al verdadero Cyan, si me presentaba, no te quedarías conmigo, quería más tiempo para que me amaras.

Ella sonríe y finalmente se arma de valor para decirlo en voz alta.

—Lo siento, pero eso no pasó. Yo me enamoré de Cyan. Del real. Sean.

Azrael asiente. No hay sorpresa. Solo resignación suave.

—Lo sé.

Da un paso más cerca.

—Llegué aquí porque quería conocerte. Me intrigó que Enid te escogiera. Usualmente toma la forma de quienes aman existir sin reservas. Pero tú… estabas llena de miedo. Era la primera vez que usaba el rostro de alguien que dudaba tanto. Y quise saber qué te hacía especial.

Athenas baja la mirada.

Azrael continúa, su tono sereno.

—Me creas o no, me enamoré de ti. Si es que yo puedo amar. No como ustedes. Lo mío es distinto. Más silencioso. Más… consciente.

El aire se vuelve más denso.

—Tienes el derecho de elegir. Pero para elegir tienes que tener toda la información; de lo contrario, no sería justo.

Él da un paso más cerca de ella.

—Si te quedas con Sean, serás muy feliz. Se casarán. Tendrán hijos. Viajarán. Construirán una vida imperfecta y luminosa. Habrá risas, discusiones absurdas, madrugadas cansadas, celebraciones pequeñas que nadie más recordará, solo ustedes.

Sus ojos miel se oscurecen apenas.

—Pero también habrá despedida. Sean morirá antes que tú. Y tú, Athenas, tendrás que enterrarlo.

El silencio cae como polvo.

—Quiero que te quedes conmigo —dice finalmente—. A mi lado no conocerás la pérdida. No habrá funerales. No habrá hospitales. No habrá último suspiro entre tus manos. Conmigo no sufrirás despedidas.

Ella lo mira fijo.

La oferta no es tentación vulgar. Es refugio.

—No me des una respuesta aún, por favor piénsalo.

—Te prometo que lo voy a pensar y te compartiré mi decisión.




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