Azrael estaba sentado bajo la sombra de un árbol, mirando el cielo como si buscara en las nubes algo que el mundo le había negado.
Su cabello se mecía con un viento que no tocaba nada más.
A ese susurro invisible lo llamaban la brisa de la muerte.
El resto del mundo permanecía inmóvil.
Entonces, un tropiezo rompió la quietud.
—Por fin puedo verte como realmente eres —dijo Kayser, sacudiéndose el polvo, tan torpe como siempre — una gran sombra.
Azrael no apartó la mirada del cielo.
—Sí. Eso es lo que soy, una sombra que camina de un lado a otro.
—¿Por qué Emily pudo tomar tu forma?
Azrael no se inmutó.
—Ella nunca tomó mi forma, solo jugaba con la mente de Athenas, simulaba en su cabeza el efecto de verme, la verdad es que, en esos momentos, Athenas estaba hablando sola, no había nadie allí, pero en su mente, ella me veía. Es algo que las almas rebeldes y astutas logran hacer, la felicito por eso. En especial por meterse en sus sueños.
Hubo una pausa breve, casi incómoda.
—Enid me dijo que ya no quieres vivir.
Kayser soltó una pequeña risa sin humor.
—Esto no es vida. No como la quiero vivir. Solo puedo ir a los lugares donde Athenas ha estado… y esa chica no sale mucho.
Azrael dejó escapar una risa baja y, por fin, se incorporó.
—Sí… es algo introvertida. Pero es adorable.
Kayser arqueó una ceja.
—Si ignoras su amor por un personaje imaginario.
Azrael se encogió de hombros.
—Todos nos enamoramos de algo que no existe.
Sus ojos, oscuros, por fin se posaron en él.
—He visto parejas idealizarse hasta volverse irreales… personas soñando vidas que nunca viven. Es como si la realidad que este mundo creó… no le gustara a nadie.
Dio un paso lento, como si cada palabra pesara.
—No se puede vivir feliz en un mundo donde no hay espacio para ser tu mismo.
Kayser lo observó en silencio.
Había algo extraño en escuchar esa clase de pensamientos salir de alguien como él.
—Hermosa filosofía… para alguien tan frío como tú.
Azrael sonrió apenas.
—Tengo mis momentos.
Se puso de pie.
El viento lo rodeó otra vez, como si lo reclamara.
—Daniel… si vienes conmigo… nadie más podrá verte. Y tú tampoco verás este mundo.
Kayser frunció el ceño, pero no retrocedió.
—¿A dónde iremos?
Azrael alzó la mirada, pero esta vez no hacia el cielo… sino hacia algo que no estaba allí.
—A un lugar especial.
Su voz cambió. Más suave. Más lejana.
—Un lugar donde están las almas que negociaron con la vida… y con la muerte.
El aire pareció enfriarse.
—Es una casa en las colinas. El tiempo no pasa allí. El cielo siempre es lluvioso… y el mar nos abraza.
Kayser inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué ese lugar?
Azrael guardó silencio un instante.
Cuando habló, ya no sonaba como la muerte.
Sonaba… como alguien que alguna vez eligió.
—Porque es mío.
Sus ojos se perdieron en un recuerdo antiguo.
—Cuando me convertí en la muerte… tuve que escoger dónde llevaría a las almas que negociaran conmigo, las demás no están bajo mi poder.
Respiró lento.
—Y elegí ese lugar.
El viento se intensificó, como si quisiera llevarse sus palabras.
—Un lugar donde no parezca que están muertas. Donde solo… estén.
Una vida suspendida.
—Viviendo una hermosa fantasía eterna.
Miró a Kayser directamente.
—Donde no hay despedidas. Ni llanto.
Su voz bajó.
—Donde no existe el “no”.
Un paso más cerca.
—Donde nadie te dice que eres un tonto por soñar.
Otro.
—Donde nadie te dice qué hacer… o qué pensar.
El mundo parecía haberse detenido alrededor de ellos.
—Es mi lugar.
Una pausa final.
—Y mis almas… no se han quejado.
La conversación aún flotaba en el aire, tensa y frágil, cuando algo cambió.
No fue un sonido. Fue una sensación.
Un viento más cálido y vivo envolvió a Daniel.
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Editado: 23.03.2026