La Tumba Sin Nombre

63

Athenas se despertó con un beso tibio en la frente.

—Hay que levantarse, no seas perezosa —murmuró Cyan, con esa voz medio dormida que siempre sonaba a canción sin terminar.

Ella se acurrucó más en las sábanas.

—No quiero.

—Hice café.

Athenas abrió un ojo. Luego el otro. Se incorporó como si acabara de escuchar la palabra mágica.

—Hubieras empezado por ahí.

Cyan rió mientras se apartaba para dejarla pasar. Ella se sentó al borde de la cama y saludó con la mano a K, que la observaba eternamente joven desde un póster en la pared.

—Buenos días, mi ninja.

Cyan pone los ojos en blanco y sale de la habitación.

La casa era sencilla. Era alquilada y por los momentos estaba decorada con cajas sin desempacar y un montón de maletas que estaba siendo usadas como closet.

Desde la cocina, la voz de su madre atravesó la casa.

—¡La comida está lista!

Athenas sonrió. Bajó las escaleras descalza. Su padre ya estaba sentado, comiendo un enorme pedazo de pastel de chocolate como si fuera desayuno reglamentario.

—Papá, ¿y la dieta? — Pregunto ella

—Si la encuentras le dices que la estoy buscando — Le responde con un buen mordico.

Se habían casado hacía poco. Estuvieron de novios tres años en la cual viajaron sin parar por todos los lugares que su tiempo y bolsillo le permitió. Su boda fue sencilla apenas estuvieron diez invitados, fue en un bosque hermoso, delante de una gran cascada, ella de morado, él de azul. Ya tenían 2 años de casados y la vida de adultos los llamó para buscarlos y recordarles que debían vivir de algo.

En ese momento vivían parcialmente en Galway, Cyan seguía trabajando en las composiciones y ella montó una agencia de viaje.

Tocaron la puerta.

Al abrirla Mery apareció con una taza vacía extendida hacia ella.

—Sé buena y llénala.

—Eso depende de si traes galletas.

—Siempre.

Entró riendo.

Al caminar se topó con una foto de Verónica y ella en su viaje a Bolivia. Ahora ella vivía en su antigua casa con Daniel. Se habían quedado con la cafetería del cementerio y ayudaban a su madre con la administración. Athenas pensaba que no podía haber mejor destino para ese lugar que manos que entendieran tanto la vida como la despedida.

La mayor parte del tiempo, ella y Cyan estaban en movimiento. Habían aprendido que no necesitaban una mansión ni certezas gigantes. Les bastaba con mañanas compartidas y maletas listas.

Esa casa estaba cerca de la posada de los padres de él.

Al darle el primer sorbo a su café su mirada se fue hasta Cyan, quien la detallaba a su costado.

Ella le sonrió sin razón aparente.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—Nada.

Él se inclinó y le dio un beso corto, cotidiano, perfecto.

—También te amo —dijo, como si hubiera escuchado el pensamiento completo.

En eso, desde la sala, comenzó a sonar la melodía del violín.

La misma canción de siempre. Era suave al inicio, casi tímida, como si pidiera permiso para entrar en la habitación. Luego crecía, envolvente, con esa mezcla de nostalgia y esperanza que solo los instrumentos de cuerda saben sostener sin romper.

Athenas sonrió de inmediato.

—La pusiste tú —dijo, mirando a Cyan.

Él fingió inocencia mientras daba otro sorbo a su café.

—Tal vez.

Esa pieza había sido compuesta por el abuelo de Cyan muchos años atrás. Una melodía antigua, transmitida como una reliquia familiar. Contaba una historia sin palabras: la Vida y la Muerte enamorándose, no entre ellas, sino de dos jóvenes que atravesaban una mala racha. Dos almas torpes, cansadas, llenas de dudas… que, al encontrarse, se enamoraron con una fuerza que ni la Vida ni la Muerte pudieron ignorar.

El violín ascendía en notas que parecían discutir y reconciliarse al mismo tiempo. Había un fragmento más oscuro, profundo, donde la música parecía inclinarse hacia la sombra. Y luego, sin pedir permiso, surgía un motivo luminoso, cálido, que respondía con determinación.

Como si ambas fuerzas danzaran alrededor de los jóvenes, observando, aprendiendo.

Ella cerró los ojos un segundo.

Era extraño escuchar esa historia sabiendo lo que habían vivido. Como si el abuelo hubiera intuido algo antes de que ocurriera. Como si las generaciones se hablaran en secreto a través de acordes.

Tomó la mano de Cyan sobre la mesa.

Habían conocido a la Vida y a la Muerte. Dos fuerzas inmensas, antiguas, inevitables. Y, aun así, lo que realmente sostenía todo… no era ninguna de ellas.

Era eso otro. Eso pequeño. Eso que no impone, que no obliga, que no arrastra.




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