La Última carta que no envié

Capítulo 1: El Espejo de la Dignidad

Había aceptado lo inaceptable. Me había convertido en una sombra que se conformaba con las sobras de una atención que antes era mía. Me decía a mí mismo que amarla justificaba el hecho de ser su "migajero", pero cada noche, al brillar la pantalla de mi teléfono en la soledad de Maracay, el silencio me devolvía una pregunta que no quería responder: ¿Dónde quedó el Sebastián que tenía orgullo?

El peso de arrastrarme por alguien que ya no me buscaba empezó a sentirse más pesado que cualquier disco de metal en el gimnasio. Estaba cansado de mendigar. Fue entonces cuando los mensajes de María empezaron a cambiarlo todo.

María era ese refugio de paz al otro lado del chat. Una chica de cabello castaño, lentes y una piel blanca que parecía irradiar tranquilidad incluso a través de una foto. Lo que nos unió fue la lectura; compartíamos mundos enteros en cada párrafo que nos enviábamos. Pero más allá de los libros, ella empezó a leerme a mí.

Sus mensajes llegaban justo en esos momentos donde la tentación de escribirle a Isabel me quemaba las manos. —"Sebastián, tu mereces recibir amor, no mendigar amor", me escribió un día, con esa honestidad cruda que solo una verdadera amiga se atreve a usar.

Sus consejos por WhatsApp se convirtieron en mi brújula. Hablar con ella sobre nuestras lecturas favoritas me recordaba que mi mente todavía podía disfrutar de algo que no fuera el dolor. María, con su altura y su elegancia mental, me hizo entender que yo merecía ser el protagonista de mi propia historia, no un personaje secundario en la vida de Isabel. El primer paso para salir del abismo no fue borrar el número de Isabel, sino empezar a leer los mensajes de María y creerle cuando me decía que yo valía mucho más que una súplica.




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