Al principio, los mensajes de María eran como luces lejanas en medio de una neblina espesa. Yo estaba cegado. Mi mente era un bucle infinito que solo sabía deletrear el nombre de Isabel, y aunque leía los consejos de María, mi corazón seguía tercamente aferrado a la idea de que, si me arrastraba un poco más, ella volvería. Tenía los ojos puestos en el pasado y los oídos sordos al presente.
Sin embargo, María no se rindió. Empezó a derribar mis muros, no solo dándome consejos, sino compartiendo su propio mundo conmigo. Me contaba sus cosas, sus dudas y sus días; esa confianza fue la que me hizo bajar la guardia. Dejé de ser el paciente que necesitaba auxilio para convertirme en el amigo que también sabía escuchar.
Nuestras charlas se volvieron un santuario digital, y nuestro refugio principal fue un libro: Nosotros bajo la luna. Hablar de esa historia era, de alguna manera, hablar de mi mismo sin que doliera tanto. Mientras analizábamos a los personajes bajo la luz de sus propias lunas, yo empecé a mirar la mía. Me di cuenta de que, así como en los libros, a veces las historias tienen que cerrarse para que el autor pueda empezar una nueva.
Cada vez que me llegaba una notificación de ella, el peso de Isabel se sentía un gramo más ligero. María, con su cabello lindo y castaño y su mirada inteligente tras los lentes, me estaba enseñando sin darse cuenta que había vida más allá del gimnasio y de aquella moto a las ocho de la mañana. Empecé a entender que no necesitaba que Isabel me mirara para existir; me bastaba con ver mi reflejo en las palabras de una amiga que sí valoraba mi tiempo.
Editado: 10.02.2026