Cuando me miro al espejo hoy, todavía no veo al hombre que quiero ser, pero al menos ya no veo al chico que estaba perdido. Tengo el cabello largo y la barba descuidada, un rastro físico de la tormenta que pasé y del abandono en el que me sumí mientras buscaba un amor que no existía. Sé que tengo que mejorar mi aspecto, que debo reencontrarme con mi imagen, porque aunque todavía no me veo bien para mí mismo, entiendo que este exterior es solo la corteza de un proceso interno mucho más profundo.
Mi verdadera redención ocurre fuera del espejo, en las horas de trabajo aquí en Maracay. Disfruto mi labor de una forma que nunca imaginé, porque ya no trabajo para llenar un vacío, sino para construir un puente hacia Rafa y la Uva. Ellos no llevan mi sangre, pero llevan mi alma. Son mi motivación absoluta. Cada esfuerzo, cada meta cumplida y cada logro en mi trabajo es por ellos; quiero que crezcan sabiendo que su tío, a pesar de todo, se mantuvo firme para que a ellos nunca les faltara un referente de lucha.
Sin embargo, lo que más valoro de mi nueva vida es mi tiempo a solas. En la soledad de mi espacio, finalmente me siento seguro. Disfruto esos momentos porque son el único lugar donde puedo llorar sin que nadie me juzgue, donde puedo soltar las penas que aún quedan y limpiar el alma sin tener que darle explicaciones a nadie. Llorar a solas no es debilidad; para mí es la forma en que dreno el pasado para que el mañana sea más claro. Estoy en construcción, con el pelo largo y cicatrices invisibles, pero con la certeza de que mi trabajo y mi amor por esos niños me están salvando.
Editado: 11.02.2026