La Última carta que no envié

Capítulo 7: La Paz del Adiós

Si el destino pusiera a Isabel frente a mí hoy, ya no encontraría a un hombre suplicante, sino a alguien que por fin hizo las paces con su propia historia. La miraría a los ojos y, sin rencor, le daría las gracias. Gracias por lo vivido, por los días de moto a las ocho de la mañana y por los recuerdos que, aunque dolieron, me obligaron a crecer. No tengo razones para odiarla; lo que tuvimos fue un amor bonito que simplemente no pudo ser, una llama que se apagó pero que me dejó una luz que ahora uso para iluminar mi propio camino.

Sobre todo, le agradecería por el regalo más grande: esos sobrinos maravillosos que son mi motor. Al final, ella fue el vínculo que me unió a Rafa y a la Uva, y solo por eso, su paso por mi vida valió la pena. Me despediría con una calma que antes no conocía, deseándole que se cuide, pero con la certeza de quien sabe lo que entregó. Me iría sabiendo que ella podrá conocer a muchas personas, pero jamás encontrará a alguien que la ame con la entrega y la lealtad con la que yo lo hice.

Hoy, mi historia ya no es sobre ella, es sobre mí. Dejo atrás al "migajero" y al chico que se sentía menos, para convertirme en el hombre que trabaja por sus metas y que cuida su soledad. El horizonte en Maracay se ve despejado. Quizás mi barba siga larga y mi físico esté en proceso de cambio, pero mi corazón ya no tiene dueño. Mi felicidad hoy no depende de un mensaje que nunca llega, sino de la satisfacción de saber que soy fuerte, que soy valioso y que, después de tanta oscuridad, finalmente aprendí a caminar bajo mi propia luz.

FIN.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.