La Última Confesión de Helena Cruz

Capítulo 1: La voz en la grabadora

Caracas, 3:17 a.m.

El pitido agudo del contestador automático la despertó como un disparo. Helena Cruz se incorporó en la cama, empapada en sudor, con el corazón golpeando como un tambor de guerra. No era la primera vez que se despertaba así, pero esta vez había algo distinto. El sonido no venía de sus sueños. Era real.

Se levantó descalza, cruzó el pasillo oscuro de su apartamento y presionó el botón rojo del aparato. La cinta giró. Un clic. Luego, una voz.

—¿Quieres saber cómo se siente quitarle la vida a alguien? No es como en las películas. No hay gritos. No hay sangre salpicando las paredes. Solo silencio. Un silencio... hermoso.

Helena se quedó inmóvil. La voz era distorsionada, como si hablara a través de un modulador. Pero había algo en la cadencia, en la forma en que pronunciaba la palabra "hermoso", que le resultaba familiar. Demasiado familiar.

—Tú me conoces, doctora. Aunque no quieras admitirlo. Tú me abriste la puerta. Tú me enseñaste a mirar dentro. ¿Recuerdas a Mariana? Yo sí. Cada noche. Cada maldito detalle.

La cinta se detuvo. Silencio.

Helena retrocedió un paso. Luego otro. Tropezó con la alfombra y cayó de espaldas. El golpe no dolió. Lo que dolía era el recuerdo.

Mariana.

Diez años atrás. La Pastora. Una adolescente de diecisiete años encontrada en una casa abandonada, con símbolos tallados en la piel y los ojos cubiertos con pétalos de violetas. El caso que la había destruido. El caso que nunca se resolvió.

Se levantó temblando. Fue hasta la cocina. Encendió la luz. El fluorescente parpadeó antes de estabilizarse. Abrió el gabinete y sacó una botella de ron que no había tocado en meses. Bebió directo del pico.

El teléfono sonó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Helena no contestó.

Sabía que no era una llamada.

Era una advertencia.

O una invitación.




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