La Última Confesión de Helena Cruz

Capítulo 2: El eco de La Pastora

Caracas, 10 años atrás.

La casa estaba en ruinas. Las paredes, cubiertas de moho y grafitis. El techo, parcialmente colapsado. El olor a humedad y sangre seca se mezclaba con el perfume floral que aún flotaba en el aire, como si alguien lo hubiera rociado minutos antes.

Helena se detuvo en el umbral. Llevaba guantes de látex, pero sus manos temblaban igual. El inspector Barreto le hizo un gesto para que entrara. Ella asintió, tragando saliva.

El cuerpo de Mariana estaba dispuesto como una ofrenda. Desnuda, con los brazos extendidos en cruz, los ojos cubiertos por pétalos de violetas. En el pecho, tallado con precisión quirúrgica, un símbolo que Helena no reconoció de inmediato: un triángulo invertido dentro de un círculo, atravesado por una línea vertical.

—¿Qué significa eso? —preguntó Barreto.

Helena no respondió. Se agachó junto al cuerpo, observando los detalles. No había signos de lucha. Ni una sola herida defensiva. La piel estaba limpia, salvo por las incisiones. El asesino había sido meticuloso. Ritualista. Íntimo.

—¿La conocías? —preguntó Barreto.

Helena dudó. Luego asintió.

—Fue mi paciente. Hace dos años. Tenía episodios de disociación. Pesadillas recurrentes. Decía que alguien la observaba mientras dormía.

—¿Y tú qué hiciste?

—La derivé a un psiquiatra. No volvió.

Barreto la miró con una mezcla de reproche y compasión. Helena desvió la mirada.

Presente.

El amanecer se filtraba por las persianas cuando Helena volvió a escuchar la grabación. Una, dos, tres veces. Cada palabra era una aguja en la memoria. La voz no solo describía el crimen. Lo revivía. Con placer. Con precisión.

—Tú me abriste la puerta. Tú me enseñaste a mirar dentro.

¿Qué significaba eso? ¿Era una metáfora? ¿Una acusación?

Fue hasta su archivo personal. Sacó la carpeta de Mariana. Fotos, informes, notas clínicas. En una hoja arrugada, encontró algo que había olvidado: un dibujo hecho por la propia Mariana. Un símbolo.

El mismo.

Triángulo invertido. Círculo. Línea vertical.

Helena sintió un escalofrío. No era una invención del asesino. Era algo que Mariana ya había visto. Algo que la perseguía.

Tomó el teléfono. Marcó un número que no usaba desde hacía años.

—¿Aló?

—Soy yo —dijo Helena—. Necesito acceso a los archivos del caso Mariana Rivas. Y a los de los pacientes del Instituto entre 2012 y 2015.

—¿Estás segura de que quieres volver a eso?

—No quiero. Pero alguien ya lo hizo por mí.

Colgó.

En la ventana, el reflejo de su rostro parecía más viejo, más cansado. Pero en sus ojos había algo que no había sentido en años.

Furia.

Y miedo.




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