La Última Confesión de Helena Cruz

Capítulo 4: El Paciente 17

Instituto de Rehabilitación Psicológica de Caracas. Archivo Central.

—Lo siento, doctora Cruz. Ese expediente está sellado por orden judicial.

Helena apretó los dientes. La recepcionista, una mujer joven con gafas gruesas y voz temblorosa, evitaba mirarla a los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace ocho años. Justo después de su última sesión con él.

—¿Quién lo selló?

—No aparece el nombre. Solo un código interno del Ministerio.

Helena sintió un vértigo súbito. El Paciente 17 no era un caso cualquiera. Lo había sabido desde la primera sesión. Su mirada vacía, su capacidad para imitar emociones, su fascinación por el dolor ajeno. Pero también su inteligencia. Su necesidad de ser visto. De ser entendido.

—¿Sigue internado?

—No puedo decirle eso.

—No me lo digas. Solo dime si alguien más ha accedido a su expediente en los últimos años.

La recepcionista dudó. Luego, como si se rindiera ante una fuerza mayor, tecleó algo en su computadora.

—Sí. Tres accesos. Todos desde una terminal externa. Uno hace seis meses. Otro hace tres semanas. Y el último... ayer.

Helena sintió que el tiempo se detenía. Ayer. El mismo día en que recibió la grabación.

—¿Puedes darme el código de acceso?

—No debería...

—Por favor.

La mujer la miró. Luego escribió algo en un papel y se lo deslizó por el mostrador.

Código: 4Z-17-CRUZ.

Helena lo leyó una vez. Luego otra. El vértigo volvió, más fuerte.

Era su propio código.

Más tarde, en su apartamento.

Extendió sobre la mesa todos los documentos que había logrado rescatar del archivo antes de que sellaran el caso. Notas clínicas, dibujos, transcripciones de sesiones. En una de ellas, encontró una frase subrayada con tinta roja:

"Si me enseñas a sentir, te prometo que no te haré daño."

Recordaba esa sesión. Había sido la única vez que Helena sintió miedo real en su consulta. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo. Con ternura. Con sinceridad.

Como si realmente creyera que podía aprender a amar.

Encendió su grabadora personal. Reprodujo la voz del mensaje anónimo. Luego reprodujo la grabación de la sesión con el Paciente 17.

Comparó las pausas. La respiración. La forma de pronunciar la "r".

Idénticas.

No había duda.

Era él.

Pero si el expediente estaba sellado, si el acceso era restringido, ¿cómo había salido? ¿Quién lo había liberado? ¿Y por qué usaron su código?

Helena se levantó. Fue hasta el espejo del baño. Se miró largo rato. En sus ojos había algo que no reconocía. No miedo. No culpa.

Sospecha.

De sí misma.

Flashback. Última sesión con el Paciente 17.

—¿Y si no soy real, doctora? ¿Y si solo soy lo que usted proyectó en mí?

—¿Por qué dirías eso?

—Porque usted me dio un nombre. Usted me dio una historia. Usted me enseñó a fingir.

—¿Y qué finges ahora?

—Que no la odio.

Silencio.

—Pero no se preocupe. Aún no es el momento.

—¿El momento de qué?

—De devolverle el favor.

Presente.

Helena se dejó caer en el sofá. Afuera, la ciudad comenzaba a oscurecerse. Las luces parpadeaban como señales morse. Como advertencias.

El pasado no había vuelto.

Nunca se había ido.

Yahora, hablaba con su voz.




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