Caracas, 4:03 a.m.
Helena despertó en el suelo del baño.
El agua de la ducha seguía corriendo, tibia, formando un charco que se desbordaba por las baldosas. Su bata estaba empapada. El espejo empañado. La palabra "Llave" ya no estaba.
O tal vez nunca estuvo.
Se incorporó lentamente. La cabeza le palpitaba. No recordaba haberse desmayado. Ni haberse dormido. Ni siquiera haber entrado al baño.
Miró sus manos. Temblaban. Bajo las uñas, restos de tinta roja.
Fue hasta la sala. El cuaderno rojo seguía sobre la mesa. Abierto en una página nueva.
Una entrada que no recordaba haber escrito.
"Hoy soñé que lo mataba. No al asesino. A Barreto. Le clavaba un lápiz en el ojo. Y él sonreía. Me decía: 'Ahora sí me ves, Helena.'"
Retrocedió un paso. Luego otro. Tropezó con la alfombra. Otra vez. Cayó de rodillas.
¿Qué estaba pasando?
¿Estaba perdiendo la razón?
¿O alguien la estaba empujando hacia el abismo?
Más tarde, en la consulta de su antigua colega, la doctora Isabel Landaeta.
—¿Has tenido episodios de amnesia antes? —preguntó Isabel, con voz suave.
—No así. No con escritura automática. No con... visiones.
—¿Y alucinaciones auditivas?
—Solo una vez. Después del caso de Mariana. Escuchaba su voz en la radio. En los ventiladores. En los sueños.
Isabel anotó algo en su libreta.
—¿Y ahora?
Helena dudó.
—Escucho la mía.
Silencio.
—¿Tu voz?
—Sí. Diciendo cosas que no recuerdo haber pensado. Como si otra versión de mí estuviera hablando desde un lugar más profundo.
Isabel la observó con atención.
—¿Has considerado que podrías estar reviviendo un trauma reprimido?
—¿Y si no es mío?
—¿Cómo así?
—¿Y si estoy absorbiendo el trauma de otro? ¿Del asesino?
Isabel cerró la libreta.
—Helena, eso no es cómo funciona la transferencia.
—¿Y si sí? ¿Y si lo que traté de entender durante años me está entendiendo a mí ahora?
Esa noche.
Helena se sentó frente al espejo del tocador. Encendió una vela. La llama tembló, proyectando sombras danzantes en las paredes.
Se miró fijamente. Durante minutos. Horas. No lo sabía.
Y entonces, algo cambió.
Su reflejo parpadeó.
Pero ella no.
El reflejo sonrió.
Ella no.
Se levantó de golpe. El corazón desbocado. Cerró los ojos. Contó hasta diez. Volvió a mirar.
Su reflejo era normal.
Pero en el borde del espejo, con lápiz labial rojo, alguien —ella— había escrito una frase:
"No es un espejo. Es una puerta."
Helena retrocedió. La vela se apagó de golpe. La habitación quedó en penumbras.
Y en la oscuridad, una voz susurró, muy cerca de su oído:
—Ya casi estás lista.