La Última Confesión de Helena Cruz

Capítulo 7: La casa de los susurros

El Junquito, 5:46 p.m.

La casa estaba exactamente como la recordaba.

Aislada, al borde de una colina, con la fachada vencida por la humedad y las ventanas tapiadas con tablones podridos. El portón de hierro oxidado crujió al empujarlo. Helena cruzó el umbral con una linterna en la mano y el corazón en la garganta.

Había estado allí una sola vez. Años atrás. El Paciente 17 la había llevado, diciendo que era "el lugar donde aprendió a escuchar". En ese entonces, la casa estaba vacía. O eso creyó.

Ahora, no estaba tan segura.

El aire olía a tierra mojada, madera podrida y algo más... algo metálico. Como óxido. O sangre seca.

Avanzó por el pasillo principal. Las paredes estaban cubiertas de símbolos. Algunos eran los mismos del ritual. Otros, nuevos. Más complejos. Más antiguos.

En el suelo, un rastro de pétalos marchitos.

Violetas.

Los siguió hasta una habitación al fondo. La puerta estaba entreabierta. La empujó con cuidado.

Dentro, una silla de madera en el centro. Una grabadora sobre ella. Encendida. Reproduciendo en bucle una voz distorsionada:

—Aquí fue donde nací. No biológicamente. Espiritualmente. Aquí dejé de ser uno. Y me convertí en muchos.

Helena se acercó. La grabadora se detuvo. Luego, como si la reconociera, reprodujo una nueva pista.

—¿Recuerdas lo que dijiste, doctora? "El trauma no se supera. Se domestica." Yo lo domesticé. Lo alimenté. Y ahora me protege.

La voz se desvaneció. Silencio.

Helena giró sobre sus talones. En la pared, escrito con carbón, una frase:

"La llave no abre una puerta. La crea."

Sintió un escalofrío. El mismo que sintió la primera vez que lo escuchó hablar de "la llave". No era un objeto. Era un acto. Un ritual. Cada víctima, un golpe al muro entre realidades.

Salió de la habitación. Subió las escaleras. Cada peldaño crujía como un susurro. En el segundo piso, una habitación con la puerta cerrada. La empujó.

Dentro, una cama infantil. Una muñeca sin ojos. Y en la pared, una foto clavada con una aguja oxidada.

Helena.

Joven. Sonriendo. Frente al Instituto.

Dobló la esquina del marco. Detrás, una nota escrita a mano:

"Siempre fuiste parte del diseño. Solo que no lo sabías."

Helena retrocedió. Tropezó con algo. Miró al suelo.

Un cuaderno rojo.

Idéntico al suyo.

Lo abrió.

Primera página:

"Cuaderno 2. Continuación del experimento. Observaciones sobre la Dra. Cruz. Fase de disociación: activa."

Helena sintió que el mundo giraba. Se apoyó en la pared. Respiró hondo.

No estaba investigando al asesino.

Estaba dentro de su experimento.

Y tal vez, siempre lo estuvo.

Afuera, la noche caía.

Las luces de Caracas titilaban a lo lejos, indiferentes. En la colina, la casa parecía respirar. Como si estuviera viva. Como si la esperara.

Helena salió sin mirar atrás.

Pero la casa ya estaba dentro de ella.

Y los susurros... no se detendrían.




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