Caracas, 3:33 a.m.
El mensaje llegó por correo electrónico. Sin asunto. Sin remitente. Solo un archivo adjunto: "helena_2.mp4".
Helena dudó antes de abrirlo. El cursor titilaba sobre el ícono como un parpadeo nervioso. Finalmente, hizo clic.
La pantalla se volvió negra. Luego, una imagen: su propio rostro. Grabado desde un ángulo bajo, como si la cámara estuviera en el suelo. Ella, sentada en su escritorio, escribiendo en el cuaderno rojo. Murmurando algo.
Subió el volumen.
—...no soy yo... no soy yo... no soy yo...
La voz era la suya. Pero más grave. Más lenta. Como si hablara desde el fondo de un pozo.
La imagen se distorsionó. Luego, otra toma: Helena durmiendo en su cama. La cámara se acercaba lentamente. Muy lentamente. Hasta que su rostro llenó toda la pantalla.
Y entonces, sus ojos se abrieron.
Directo a la cámara.
Directo a ella.
Helena cerró la laptop de golpe. El corazón le martillaba el pecho. Se levantó. Fue hasta el baño. Se echó agua en la cara. Se miró al espejo.
Nada extraño.
Pero al girarse para salir, vio algo en el reflejo que no estaba en la habitación.
Una figura.
De espaldas.
Con su misma bata.
Con su mismo cabello.
Helena se volteó.
Nada.
Volvió a mirar el espejo.
La figura seguía allí.
Y lentamente, giró el rostro.
Era ella.
Pero no era ella.
Los ojos... vacíos.
La boca... sonriendo.
Helena gritó. Cerró los ojos. Cuando los abrió, el reflejo era normal.
Estaba sola.
O eso quería creer.
Más tarde, en la oficina de Barreto.
—¿Estás bien? —preguntó él, sirviéndole café.
—No lo sé —respondió Helena—. ¿Alguna vez has sentido que hay otra versión de ti misma caminando por ahí? Una que toma decisiones cuando tú duermes. Que escribe en tus cuadernos. Que deja mensajes en tu espejo.
Barreto la observó en silencio.
—¿Estás diciendo que crees que tú...?
—No lo sé —repitió ella—. Pero alguien me está imitando. O soy yo. O ambas.
Barreto se frotó la cara.
—Mira, Helena. Encontramos algo en la casa del Junquito. En el sótano. Una habitación oculta. Con fotos tuyas. Grabaciones de tus sesiones. Incluso una copia de tu tesis doctoral.
Helena lo miró, atónita.
—¿Qué?
—Y una nota. Escrita a mano. Con tu letra.
Le entregó una bolsa de evidencia. Dentro, una hoja arrugada. Helena la leyó.
"El experimento ha comenzado. El sujeto responde. La identidad se fragmenta. El doble se manifiesta."
—¿Qué experimento? —preguntó Barreto.
Helena no respondió. Porque en el fondo, ya lo sabía.
Flashback. Instituto, 2015.
—¿Y si pudiéramos inducir una disociación controlada? —preguntó ella, en una reunión privada con el director del Instituto—. Crear una segunda identidad funcional. Observar su desarrollo. Documentar su evolución.
—¿En pacientes?
—En mí.
Silencio.
—¿Estás segura?
—Quiero entender lo que sienten. Lo que viven. Lo que temen. No puedo guiarlos si no he estado allí.
Presente.
Helena caminó por la ciudad como una sombra. Las luces le parecían demasiado brillantes. Los rostros, demasiado nítidos. Como si todo estuviera enfocado... excepto ella.
En su bolsillo, el celular vibró.
Un mensaje de número desconocido:
"¿Lista para conocerte?"
Adjunto: una dirección.
Callejón El Silencio. Edificio abandonado. Piso 7.
Helena levantó la vista.
Estaba justo frente a ella.
Y la puerta del edificio... se abrió sola.