Caracas, 4:12 a.m.
Callejón El Silencio. Edificio abandonado. Piso 7.
La puerta se abrió sola.
Helena dudó en el umbral. El edificio olía a humedad, a encierro, a algo más... metálico. El ascensor estaba fuera de servicio. Subió por las escaleras, cada peldaño crujía como si protestara su presencia.
Piso 2.
Un espejo roto en la pared. Su reflejo multiplicado en fragmentos. En uno de ellos, su rostro aparecía con los ojos vendados. En otro, con la boca cosida. En otro, sonriendo.
Piso 4.
Una muñeca colgaba del techo por el cuello. En su pecho, el símbolo: triángulo invertido, círculo, línea vertical. Pintado con lo que parecía sangre.
Piso 6.
Una vela encendida en el suelo. A su lado, una nota:
"El ritual no es un acto. Es una decisión."
Piso 7.
La puerta estaba entreabierta. Helena empujó con la yema de los dedos. Dentro, una habitación vacía. Paredes negras. Piso cubierto de pétalos de violetas. En el centro, una figura de espaldas. Inmóvil. Con una bata blanca idéntica a la suya.
—¿Quién eres? —preguntó Helena.
La figura no respondió.
—¿Qué quieres de mí?
La figura giró lentamente.
Era ella.
Mismo rostro. Mismo cuerpo. Pero los ojos... completamente negros. Como pozos sin fondo.
—No soy tu reflejo —dijo la figura—. Soy tu origen.
Helena retrocedió.
—Esto no es real.
—¿No? ¿Y qué es real, doctora? ¿El dolor? ¿La culpa? ¿La voz que te habla cuando crees estar sola?
La figura avanzó un paso.
—Tú me creaste. Me diste forma. Me alimentaste con tus miedos. Y ahora... soy más fuerte que tú.
—¿Qué hiciste?
La figura sonrió.
—Lo que tú no te atreviste.
Se hizo a un lado.
Detrás, una joven. Viva. Atada. Ojos vendados. Pétalos de violetas en el regazo.
Helena corrió hacia ella. Intentó desatarla. Pero las cuerdas no cedían. Eran como raíces. Como si crecieran de la propia piel.
—No puedes salvarla —dijo la figura—. No sin entregarte.
—¿Entregarme a qué?
—A ti misma.
La figura extendió una navaja. Helena la tomó. Temblando.
—¿Qué quieres que haga?
—Decide.
Helena miró a la joven. Luego a la navaja. Luego a la figura.
Y entonces, comprendió.
No era un ritual de muerte.
Era un ritual de identidad.
Una prueba.
Una llave.
Soltó la navaja. Se arrodilló. Cerró los ojos.
—No voy a jugar tu juego.
Silencio.
Cuando abrió los ojos, la figura había desaparecido.
La joven también.
La habitación estaba vacía.
Solo quedaba ella.
Y el cuaderno rojo, abierto en el suelo.
Una nueva entrada, escrita con su letra:
"Hoy me enfrenté a mí misma. No gané. Pero tampoco huí. El ritual continúa."