Caracas, tres semanas después.
El apartamento de Helena Cruz estaba intacto.
La puerta cerrada por dentro. Las ventanas aseguradas. La cafetera aún tibia. La cama tendida. El cuaderno rojo sobre la mesa, con una pluma sin tinta a su lado.
No había señales de lucha. Ni huellas. Ni notas de despedida.
Solo una palabra escrita en el espejo del baño, con lápiz labial rojo:
“Desdoblada.”
El inspector Barreto recorrió el lugar en silencio. Cada objeto parecía estar en su sitio, pero algo era distinto. Como si el aire mismo hubiera cambiado de densidad. Como si la ausencia de Helena no fuera una desaparición, sino una transformación.
Sobre la almohada, una hoja doblada en cuatro.
La abrió con cuidado.
Barreto cerró los ojos. Sintió un nudo en el estómago. No era la primera vez que perdía a alguien. Pero nunca así. Nunca de esta forma.
En la mesa de noche, una caja pequeña. Dentro, una cinta de casete. Etiqueta escrita a mano: “Última sesión.”
La insertó en su grabadora portátil. Presionó “play”.
La cinta se detuvo.
Barreto se quedó sentado en la penumbra, escuchando el silencio. Afuera, la ciudad seguía su curso. Gente caminando. Autos pasando. Vidas continuando.
Pero en algún lugar, alguien escribía.
Con la letra de Helena.
Y una nueva historia por comenzar.
“La verdad no se encuentra. Se construye. Y a veces… se cobra en sangre.”