La última defensa de la creación: Vol. 1

09 Preparativos y emergencia


10 minutos antes de que Gunnar recibiera el mensaje de emergencia, Silvia y Caesar veían películas. El chimpancé estaba feliz en los últimos días, ya que había sido mimado al máximo por la chica que se quedaba en casa, a diferencia de cuando lo cuidaba su hermano.

Por otro lado, Silvia estaba con el ceño fruncido. Aunque Caesar no había demostrado ni el 30% de su capacidad cognitiva, sus comportamientos eran únicos. Le fue imposible a ella no darse cuenta de algunos de los movimientos fuera de lugar del animal, por mucho que él intentara ocultarlos. 

"¿Quién es esta criatura? ¿De dónde lo sacó Gunnar?". Silvia pedía a gritos el regreso del hombre que la dejó allí para exigir respuestas. 

Estar con el chimpancé la hacía sentir extraña, pero superficialmente no lo demostraba tanto. Su sonrisa era tan radiante como siempre cuando Caesar se acercaba. El problema era que ya se le complicaba fingir. 

Ante el completo descuido de ella, el animal saltó del sofá al suelo y se puso erguido, luego se giró y la miró con ojos llenos de pura inteligencia.

"¡Dios mío!". No pudo contener más la actuación que mantenía en su rostro. "Increíble…".  

Caesar sonrió ante la expresión de desconcierto de la mujer. Se dirigió a la cocina, especialmente a la nevera, y pudo apreciar la deliciosa carne bien guardada. Había tanta comida que parte de ella estuvo a punto de caer al suelo justo cuando se abrió. 

—[Joven Caesar, lo siguiente es una emergencia. Por favor, detenga lo que está haciendo y preste mucha atención].

No solo el chimpancé, Silvia también escuchó lo que decía el sistema. Pensó que se había producido un problema relacionado con su funcionamiento o algo similar.

"Espera... El sistema habló con el chimpancé. ¿Puede entenderlo?". Se dio cuenta del mensaje implícito de la situación y su corazón se volcó ante la impactante noticia. 

—[Criaturas no identificadas se aproximan a esta dirección. Basado en los datos recogidos por el Sr. Coleman horas antes, esta especie es una raza de monstruo y está relacionada con unos espejos rojos y plateados. Sus comportamientos son irracionales y desmedidos, por lo que atacan sin ningún tipo de plan o inteligencia, al menos, así se comportan en las casas vecinas con otras personas].

—¡¿Monstruos?! ¿De qué está hablando? Eso es imposible! —gritó Silvia, poniéndose en pie. No se creía nada, por supuesto.

—[Joven Caesar, prepárate para luchar. Según el protocolo de emergencia B3, a partir de ahora las condiciones que Gunnar te puso quedan anuladas. Eres libre de utilizar cualquier método que creas conveniente para tu supervivencia] —Sara dio el comunicado, después volvió a hablar—. [Señorita Silvia, elija las armas que más le gusten. Por favor, deshágase del espejo que apareció ayer. El archivo obtenido del Sr. Coleman indica que es peligroso tenerlo cerca].

De inmediato, la cocina en la que se hallaba el primate inició un proceso de transformación. Caesar siempre quiso averiguar cómo activarlo, sin embargo, nunca pudo por más que lo intentó. 

Una colección de armas y trajes de primera clase hizo su presentación. La variedad era increíble, había casi de todo.

—[Quedan unos 4 minutos para el ataque del enemigo]. 

Allí estaba Silvia, congelada, sin moverse ni un centímetro. Caesar fue el primero en actuar. Gunnar siempre le decía que Sara nunca mentía y como él creía ciegamente cada palabra que salía de su boca, no dudó. Vio el arsenal de armas y eligió la favorita.

Mientras tanto, en las cámaras situadas en la mansión, se veían diferentes criaturas sin ojos y rostros aterradores dirigiéndose hacia ellos. 

"Es cierto... y son muchos". Silvia volvió en sí. Y al enterarse de que no era una broma, se tomó las cosas en serio. Respiró profundo, evaporando dudas. Frunció el ceño y se preparó para hacer lo que mejor sabía: asesinar.

Al otro lado, o más bien, en otro país, en Francia, Gunnar ya había recibido el mensaje de advertencia sobre el peligro al que se exponían Caesar y Silvia. 

Mojado y herido, acababa de tocar la sangre de la última criatura, y fue el instante en que la silueta de 4 furgonetas se dibujó en la distancia. Se alivió y esperó a que se acercaran.

Los hombres bajaron de los vehículos y sintieron escalofríos. Era normal que estuvieran así después de encontrarse con aquellos monstruos. Inconscientemente, se alegraron de que estuvieran muertos o, de lo contrario, algunos de ellos se desmayarían de miedo; pero, sabían que era momentáneo porque era imposible que no hubiera más de esas cosas en la ciudad, el país o incluso el mundo.

—Sr. Coleman, estamos aquí como usted lo pidió.  

—Ok. Vámonos ahora mismo... ¿Se topó con estos monstruos en el camino?

—No, Sr. Es la primera vez que los vemos.

—Bien. Mejor todavía. 

El orador era un hombre fornido de unos cuarenta años con la piel negra. Era un ex-soldado de su país y ahora mismo estaba empleado por la agencia de Gunnar. A él y a los demás que venían, les invadió un sentimiento de asombro, miedo y respeto con el hombre lleno de sangre y ropa hecha desastre subiendo al asiento delantero junto al conductor. 




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