La última defensa de la creación: Vol. 1

22 Suministros

Posteriormente al evento con Ada y los demás, no se presentó nada para enmarcar durante el recorrido. Aunque, tal vicisitud hizo anotar varias características distintivas de la zona en la que se estaba albergando. Las personas iniciaban el proceso de descontrol y desesperación: estaban siendo forzadas a salir y luchar.

"Al fin, el supermercado".

La distancia fue considerable, a pesar de que seleccionó el más próximo de los cuatro registrados en el GPS. Si el local no tenía suministros, le tocaría ir al siguiente, caso que le resultaría fastidioso. "El estómago me ruge de hambre", pensó, tocándose la barriga un poco molesto.

En el establecimiento al que iba a entrar se percibían partes dañadas, pero con arreglos improvisados. Lo único que no tenía fallos era la iluminación.

"Puede haber gente ahí dentro", dedujo al evaluar bien. El lugar intentaba estar en las mejores condiciones posibles, lo cual era un indicio claro de su pensar.

"A trabajar". Sin importarle demasiado, dio un paso hacia el supermercado.

Vio por cada lado donde fuera accesible una entreda menos destructiva, porque podría volver y si las Pesadillas se metieran, arruinaría todo allí.

—¿Qué quieres?

Una voz masculina se escuchó. Gunnar volvió hacia la derecha y un parlante con una cámara pequeña conectada arriba apareció de la nada; de ahí salía la voz.

—Comida, por supuesto.

—Aquí no vendemos nada. Ahora, si es tan amable puede irse o no respondemos —El tono sonaba molesto.

—No estaba preguntando.

Hubo un silencio pesado del otro lado. Tuvo que pasar varios segundos para que la voz se escuchara de nuevo.

—¿Quieres problemas?.

—Quiero comida y vine por ella —sentenció. Era un tono pasible y contundente—. Si en 10 segundos no abres, lo haré yo, y tendrás que reparar la entrada.

El parlante guardó otra vez silencio. Era posible que los individuos allí dentro conocieran sobre las existencias de Liberados. Quizá hasta podía haber uno o más ahí. Era una realidad posible para Gunnar. Sin embargo, ese hombre tenía que tomar una decisión inmediata.

—Te quedan 5 segundos.

Gunnar avisó el tiempo para presionarlos psicológicamente.

Era seguro que deberían estar analizando la situación y más la conducta bordada de presumida confianza que él portaba. Esto, en definitiva, jugaba un gran papel para la toma de decisión.

—Puedes entrar...

"La mejor decisión". Todo pasó como quiso, y, así, el sonido chirriante de la entrada cobró vida cuando ascendió lentamente. Ahí las entradas automáticas habían sido inhabilitadas por el daño irreparable.

La tranquilidad parecía ser un atributo para Gunnar, debido a que no se movió. Las manos estaban descansando en el bolso que cargaba en el pecho. Después de un breve rato, habló.

—Hay siete personas escondidas; tres a la derecha y cuatro a la izquierda —Se enojó visiblemente—. Mataré a todos si solo uno ataca... ¿Entonces?

Amenazados. Gunnar trató de decirles que les daba una segunda oportunidad para remediar sus acciones.

"Se me colma la paciencia". Mostró ojos llenos de irritación. "Siempre es más fácil matarlos. Qué lástima que los prefiero vivos".

Necesitaba a esa gente para tener un poquito de seguridad en su nuevo depósito de suministros. No obstante, la indulgencia y él no se llevaban bien.

—Sin trucos —afirmó la voz, que por lo visto, fue lo suficiente inteligente para entender el mensaje implícito.

—Listo.

Dándose las paces, Gunnar cruzó la entrada. Entonces, ocho individuos vinieron a conocerlos; entre ellos no había ninguna mujer. Cuatro presentaban cortes en diferentes partes del cuerpo y a uno le faltaba medio brazo izquierdo. El que sobresalía era un hombre de piel bronceada y corpulento, pasando los dos metros de altura. Era una criatura enorme.

—Me llamo James. No necesitas saber más nombres, habla conmigo —expresó el gigante con una voz profunda, mientras se quitaba la capucha y mostraba la cabeza calva y ruda.

"Parece ser el líder", supuso y después aclaró sin ningún protocolo o presentación. —Traeré conmigo lo que me apetezca y me iré.

—¿Qué darás a cambio?

—La vida de todos ustedes.

James miró profundamente al extraño que escupía palabras demasiadas arrogantes, aquellas que hacía tiempo no se las habían dirigido a él. Debía decirse que todos los presentes eran expandilleros de la ciudad. Su mentalidad astuta los condujo a tomar mejores decisiones y apoderarse del lugar hace 12 horas.

—¡Insolente!

El sujeto de brazo cortado ladró al no poder aguantar tal descaro. Pero, fue lo más idiota que hizo.

Un cuchillo fue lanzado justo entre sus cejas. Tan veloz que solo alcanzaron a ver una imagen borrosa del invitado no deseado sacando el brazo y volviéndolo a meter en el bolso.

—¿Quieren hacerlo de esta forma? —preguntó, cortando con la mirada.




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