La última defensa de la creación: Vol. 1

30 Antes de partir

Eran las 6 de la mañana. Justo hoy era el primer amanecer donde cualquier escritor, poeta o amante del paisaje mañanero, lloraría lágrimas de sangre. La vista paradisíaca se convirtió literalmente en el infierno. Incluso cualquier persona ajena a estos pasatiempos, sin duda, tendría pensamientos similares.

Un ejemplo claro era Silvia y Sophia, que yacían de pie mirando el oeste. El gran emperador del día brillaba con un color rojizo, cuyos rayos parecían más agresivos que nunca.

—Hoy es un día maldito. Hasta el sol cayó bajo este desastre. Me hace imaginar que todo el sistema solar está destruyéndose, y no solo la Tierra —expresó Silvia.

—Es difícil aceptar la realidad todavía. En serio que no me entra en la cabeza todo esto —Sophia pronunció con visible intranquilidad.

—A cualquier persona le resulta complicado, pero, bueno, si no seguimos el ritmo, padeceremos —Giró para ver a los otros 2 miembros del equipo—. Hay mentes que están lo suficiente preparadas para estas circunstancias.

Sophia persiguió la dirección hacia donde los ojos de Silvia señalaban, y a cierta distancia, Gunnar sostenía un báculo de dos metros y daba pasos para encontrarse con Caesar.

—¿Ellos son unos? —preguntó.

—Sí. Con estos dos, estoy segura de intentarlo hasta el final. Vienen representando una droga estimulante para mí —Pausó unos segundos—. Además, ¿no te parece atractivo ese hombre? Si me lo pide, seré su esposa.

Entretanto Sophia ponía el cerebro a trabajar más de lo normal, con el fin de comprender si era una broma lo que dijo o de verdad era en serio, Gunnar estaba a pocos centímetros del chimpancé, que dormía plácidamente. Se preguntó si Caesar le gustaba molestar su paciencia.

—¡Despierta! —Él gritó, pero no fue escuchado. Esta vez no quería gastar el tiempo desperdiciando saliva. “Te daré un poco de tu propia medicina”.

Apretó el báculo y bateó como si fuera un jugador de las grandes ligas. El arma larga y pesada chocó contra el trasero de Caesar, emitiendo un sonido seco. Fue tan fuerte el impacto que el báculo vibró en las manos de él. “Definitivamente, es igual a una roca. Debería de distribuir el Origen cuantificado obtenido ayer. Sería una humillación que este malcriado me gane”.

En conjunto con el sonido del golpe, los gritos de dolor y rabia de Caesar se escucharon por toda la cubierta del edificio. Ya no había la necesidad de descubrir quién le perturbó el sueño así, porque no había otra persona aparte de su hermano mayor que hiciera algo tan atrevido.

—[¡Duele!] —Le tocó aguantar el dolor y levantarse en silencio.

Sophia se tapó la boca con la mano derecha por la imprevista acción. Se sorprendió principalmente que el animal hubiera resistido semejante castigo. “Si fuera dirigido a mí, mínimo me quebraría un par de huesos", confesó.

Silvia, muy acostumbrada, se echó a reír. —La mejor faceta de Gunnar es cuando interactúa con su queridísimo hermanito, Sophia.

—Silvia, no pierdas tiempo y agrega Origen en los atributos. Hay tareas por hacer —sugirió Gunnar desde su lugar.

—Está bien, Gun.

El total de Origen cuantificado para Silvia pasaba los 50.000 y Gunnar los 89.000. Sin pensarlo tanto, él redondeó los atributos en los 80, excluyendo a Inteligencia que aterrizó en los 60 y el Control de Origen, el cual no tuvo ningún aumento. Quería fuerza instantánea actualmente.

Cuando terminó de administrarlos, una ola de puro éxtasis lo mandó directo a un trance. El sentimiento de placer se elevó varios peldaños que ni la droga más adictiva del mundo podría mencionarse en el mismo tema de conversación, ya que resultaría en la mayor ofensa.

—¡¿Eh?! —Sophia se asustó.

Tanto Silvia como Gunnar cayeron al suelo porque las piernas, junto a todo el cuerpo, dejaron de responder.

Caesar observó maravillado la energía, así como él la llamaba, rodeando a sus dos compañeros. También pudo ver cómo entraba precisamente a un punto del cerebro. Tragaba sin detenerse y a una velocidad increíble. En el instante que culminó, la energía salió del mismo lugar donde fue absorbida y bañó cada centímetro de los cuerpos.

—Gun, creo que ahora sí tienes competencia. Me encanta esta sensación —dijo Silvia, sudada y respirando profundamente.

—Si alguien viviera y los encontrara así, pensaría que ustedes dos hubieran terminado de tener una larga ronda de sexo —afirmó Sophia, curiosa.

—Tu analogía es perfecta —respondió la rubia, riendo cansada.

El que no prestó atención fue Gunnar, que en esos momentos recibía unos mensajes del Espejo Divino. Hubo cambios nuevos y únicamente para ponerles las cosas más complicadas.


«Nivel de supervivencia: 6,0/8,0.
«Nivel de peligro: 6,5/8,5.

«Los atributos de Fuerza, Agilidad, Constitución, Vitalidad y Sentidos necesitan 2.500 de Origen cuantificado para elevarse; Inteligencia necesita 10.000.

 

“No debería preocuparme con esos los aumentos. Así son las condiciones y tengo que cumplirlas; sin embargo, debo centrarme ahora en Inteligencia. El nivel de supervivencia y peligro bajaron mucho. Si me acostumbro a mi nuevo poder, máximo lograría subir 0,5 en ambos”, reflexionó sobre los resultados y le contó al grupo sobre la información.

A Shophia las sorpresas no le daban descanso. Descubrir el poder de sus compañeros la afectó junto en su orgullo, pues se creía 'muy fuerte'. “Me doy cuenta por qué ese hombre no me tiene miedo y también por qué venció a los agentes”.

—Hablemos con la pandilla. Caesar, dinos el sitio exacto donde se encuentran.

—[Están reunidos en la entrada del edificio, hermano].

—¡Es increíble! ¡Caesar es muy inteligente! —Sophia halagó Caesar, fascinada. El pánico de anoche ya no permanecía, sino un extraño deleite.

—Te enseñaré el lenguaje de señas que él maneja cuando tengamos un rato libre, hermosa. Es hora de ocuparnos —expresó Silvia cariñosamente.

Después de esas palabras, partieron del lugar. A Gunnar le pareció fastidioso bajar 5 pisos sin ascensor, por lo que quiso poner a prueba su nuevo poder. “Veamos…”.

Los demás vieron que caminaba hacia el extremo del edificio y de repente saltó.

—¡¿Qué?! —Sophia se descontroló. Eso sí que fue un gran asombro para ella, incluso para Silvia y Caesar.

Al primate le brillaron los ojos de admiración.

—[¡Mi turno!] —Su emoción era casi tangible. Tomó la hazaña como un reto que su hermano le impuso y sin pensarlo replicó la acción. No era muy diferente a una rana cuando saltó.

—Yo no estoy segura de poder hacerlo. Mejor lo intento desde el cuarto piso —habló la rubia, con rostro sonriente, luego de controlar las emociones por las actuaciones de sus compañeros—. Yo te cargo, Sophia.

—¿Mm? Oh… Está bien —respondió apenas recobrando los sentidos.

Allá abajo, segundos antes de los alarmantes saltos, James y sus secuaces hablaban de temas irrelevantes mientras comían el desayuno.

—Mark, Jhon, Brad y yo, solamente quedamos 4 de 20.

—Sin embargo, no vamos a seguir muriendo tan así de fácil. Hay que hacerle pagar también a esos malnacidos por matar a nuestros hermanos ayer.

El que habló fue Mark, un hombre de piel morena, flaco, cabello afro y bordado de tatuajes. Era el mismo que Caesar señaló con el dedo. Los otros dos también estaban llenos de tatuajes similares, pero eran de piel blanca y uno tenía una gran cicatriz en la mejilla, quien se llamaba Brad.

—Darlo por hecho. Si esos canallas siguen vivos, los haremos picadillos —Brad ladró.

Había cierto rencor y sed de venganza en la pandilla. Su hermandad los hacía muy unidos y nunca permitirían ninguna humillación en la medida de lo posible.

En el instante que alguien iba a proponer cierta estrategia, algo lo interrumpió. “Algo” muy alborotado y explosivo derivado de un fuerte sonido y ligeras vibraciones en el suelo.

—¡¿Qué demonios está sucediendo?! —James se alertó por el fuerte estruendo, y un segundo después, sintió otro similar.

—¡¿No estás atacando?! ¡Llamen a Gunnar!

Dos aparatosos ruidos se escucharon en secuencia y nadie entendía qué pasaba. No hasta que el polvo bajó y dos siluetas fueron dibujadas. Con esas pocas evidencias, los delincuentes armaron una conjetura loca, pero acertada.

—James, es hora de ir a buscar los alimentos que me pertenecen. No sé si quieres quedarte aquí —dijo Gunnar, quitándose el sucio de su ropa.

Las barbillas de los 3 secuaces casi se estrellan contra el suelo. Las habilidades superhumanas que veían de niños en la televisión, ahora sus ojos lo presenciaron. Fue increíble.

—Si no te molesta, te acompañaremos. Hay cuentas pendientes en ese supermercado que debemos saldar —respondió. No era el momento para maravillarse.

Fue cuestión de que terminará de hablar para que se escuchara dos nuevos aterrizajes casi iguales de impresionantes a los anteriores.

Las representantes femeninas no defraudaron a la audiencia y cayeron desde allá arriba. Sophia optó al final por lanzarse y probar sus capacidades. Aterrizó exitosamente junto con Silvia.

—Soñaba de niña poder hacer esto. Desearía que mi hermano estuviera viéndome —dijo la nueva integrante del cuarteto.

—Empaquen lo que quieran llevar. Voy a enseñarle a todos las personas que para meterse conmigo tienen que pensarlo 101 veces —rugió Gunnar. Tenía mal humor de repente.

—¿Van a pelear? —Sophia le preguntó a Silvia.

—Es una posibilidad. ¿No quieres hacerlo? No hay problema. Aunque Gunnar no permitirá que te quedes fuera de su vista.

—Solo pregunté, puedo luchar.

—En todo caso, solo es ir, cortar un poco y listo —Teorizó la rubia sin darle mucha importancia al asunto.

La pandilla terminó los preparativos. Ellos recibieron con ganas la noticia, puesto que era la oportunidad perfecta para vengarse. También deseaban tener participación activa.

Gunnar tenía que solucionar la cuestión de la alimentación por segunda vez. La comida ya no era tan fácil de conseguir y había que valorarla. Desde ahora, las batallas por la supervivencia no eran solo contra Pesadillas.

—Andando —Ordenó.




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