La última defensa de la creación: Vol. 1

75 Revancha

Caesar despreció a la Pesadilla y saltó cargando a la joven inconsciente y desnuda, aterrizando cerca de Silvia. La bajó con cuidado y la colocó al lado de la rubia.

Estando ahora libre, analizó la mano que impactó en la nuca de Sophia. En ella, media parte se había quemado a un grado severo. La otra parte, al no tocar las extrañas llamas rojas, resultó ilesa. Caesar recordó la enorme cantidad de Origen brotando de la adolescente y tuvo que mirarla de nuevo. No cabía duda que ese poder era el más singular que había visto, y de paso, uno muy poderoso. El fuego de Malcom no le llegaba ni a los talones.

“Y apenas lo adquirió”. Dimensionó el alcance de la habilidad. Incluso le hacía daño utilizarlo, alegando la absurda complejidad de dominio y la ardua tarea por hacer para controlarlo. “Impresionante”.

Cambiando de atención, Caesar se fue hacia Silvia. La condición de ella también era muy crítica y había que actuar con prontitud. En comparación con Sophia que tenía un montón de quemaduras, la rubia estaba peor. Eso lo pudo diagnosticar gracias a su habilidad. “Haré mi parte”.

Dio con una daga en la funda de Silvia y la tomó. Evaluó visualmente el filo de la hoja y al comprobar la efectividad, procedió a cortarse la muñeca izquierda. Cerró los ojos y recobró el hermoso brillo de su pelaje blanco, asimismo, la sangre se vio afectada por esa singularidad, y que perezosamente se derramó en la boca de Silvia.

Las gotas fueron adentrándose sin esfuerzo por vía oral y, con rapidez, aparecieron los cambios.

El cuerpo destrozado, de forma visible y constante, se fue recuperando; las extremidades recobraron su posición natural en cuestión de segundos. El chimpancé retrajo la mano y volvió a herirse la muñeca, ya que se había sanado con anticipación. Luego de aplicar otra porción de sangre, la curación se completó. La mujer rubia, previamente al borde de la vida y la muerte, abrió los ojos como si hubiera despertado de un largo sueño.

Lo primero que miró fue a Caesar. Él estaba sudando y jadeando de cansancio, pero sin importar su condición, no escatimó esfuerzo para regalarle una hermosa sonrisa de alegría y felicidad. Entonces la voz de Silvia calmó cualquier angustia relacionada con los procesos cognitivos, pues, confirmó lo enfocada que seguía.

—¿Ganamos?

Caesar negó con la cabeza y cuando se lo fue a expresar a través de las palabras, su habilidad percibió fluctuaciones poderosas de Origen detrás de él. Automáticamente, supo que el personaje esperado por fin había regresado, haciendo gala del aterrador poder, ese que Caesar esperó conocer desde hace mucho.

—No, pero, vamos a ganar —le dijo, seguro y cambiando de manera radical sus gestos tranquilos a los de ira. Tan vehemente que Silvia se asustó hasta que oyó la siguiente parte—. Mi hermano está aquí.

Cuando nombró a Gunnar, este mismo se encontraba padeciendo varias irregularidades en su cuerpo. Tenía convulsiones incontrolables mientras las heridas y huesos rotos del cuerpo se iban sanando a un ritmo anormal, más rápido que el proceso de Silvia dado por Caesar. Además, en su piel se marcó el color rojo.

El evento culminó cuando su figura se reconstruyó a la de antes, es decir, a su estado normal y saludable. Los temblores se detuvieron y quedó inmóvil en el suelo. Así permaneció, sin indicios de querer moverse.

Sobre esa calma, abrió los ojos, anunciando su llegada. Los iris y pupilas resplandecieron como dos lunas llenas a mitad de la noche, y su semblante, olvidado de algún gesto, se transformó en ira, la misma identificada en Caesar.

Bajó los ojos de los espectadores, Gunnar se puso de pie de forma increíble.

Estando aún rígido y tirado en el suelo, se elevó sin prisa, desafiando la ley de la física para ponerse de pie. Esas acciones no evocaron en él ninguna clase de sorpresas. La emoción de ira intensa lo hacían parecer similar a estar poseído por el diablo. En su cabeza solo tenía una cosa: matar.

Dio un paso, y cuando eso sucedió, la tierra tembló; fue un leve terremoto. Los testigos oculares que estaban desde lejos lo definieron como impactante. Las ruinas a su alrededor mágicamente flotaron, carentes de la gravedad habitada de la Tierra.

Silvia, quien ya había levantado medio cuerpo, jadeó perpleja.

—¡¿Ese es Gunnar?! —preguntó retóricamente, levantándose con prisa. Tuvo la sensación de que estuvo fuera del juego por un largo tiempo—. ¡¿Qué pasa con la gravedad a su alrededor?! ¿¡Dios, qué está pasando!?

—Lo que ve no es nada, señorita Taylor —le dijo Caesar mientras atendía las heridas de Sophia, proporcionándole sangre.

La base con la que el primate expresó dichas palabras fue porque miró a su hermano mayor desde otro foco. Su habilidad le mostró la mezcla de dos auras bailando igual que el humo en el cuerpo de Gunnar; una era similar al de la mayoría de las personas: de color blanco; la otra era negra.

Aunque Caesar no tenía experiencia sobre esa combinación, lo único que sabía era del increíble poder habitando en su hermano.

Gunnar continuó caminando, produciendo los temblores y el fallo gravitacional a su alrededor. Ya tenía los ojos fulminando a la Pesadilla.

El monstruo no se había movido después del ataque del chimpancé, ya que también padecía cambios. El fuego rojo creado por Sophia, a pesar de que alcanzó a ponerlo en riesgo, al final sirvió para hacerlo más fuerte.

La capa cristalina que se derretía volvió a estado original, de hecho, lo sobrepasó. El grueso se duplicó en el proceso. Por otra parte, la Pesadilla sufrió un pequeño encogimiento en la altura y ahora media 1.9 m. Dichas variaciones afectaron su movilización durante ese período, por lo que no atacó antes.

La criatura se paró del suelo y empleó un escaneo en el entorno, localizando a un nuevo enemigo, o para ser más preciso, a un rival derrotado que adquirió un poder repentino y amenazante; sin embargo, no se achicó. Tenía la fuerza para acabar por segunda vez con él, y lo haría rápidamente por la urgencia que llevaba.




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