La Última Flor Para El Invierno

CINCO

JANE DEE

Cuando estuvimos lo suficientemente lejos de la pastelería decidí parar de correr a donde fuera que mi hermano me guiaba. Una vez que comenzamos a caminar normalmente y Tim me dio mi mochila, hablé:

—Gracias por ayudarme.

—Tarde o temprano debes ser honesta con él, hermanita. No siempre voy a sacarte de esos momentos tan incómodos.

—Lo sé, y lo siento. Solo estoy reuniendo el valor para rechazarlo.

—Solo dile que no quieres novio en estos momentos y ya —Bufé y rodé mis ojos—. Bueno, me voy.

—¿Qué? ¿A dónde?

—Aiden me invitó a dormir en su casa —Me mostró la mochila que llevaba en la espalda—. Llevo cargándola desde que salimos de casa.

—¿Acaso le dijiste sobre esto a papá?

—¿Desde cuándo le importa a ese viejo dónde estoy? —Daba pasos hacia atrás poco a poco mientras me miraba—. Te veré mañana en la tarde.

—Ve con cuidado.

Vi a mi hermano alejarse de mí y dar la vuelta en una de las calles del alrededor. En cuanto salió de mi vista deseé que su amigo Aiden también me hubiese invitado a dormir en su casa, así me evitaría la molestia de llegar a casa y estar sola con la novia de mi padre y con él. Así que, lo único que podía hacer para evitar lo que me esperaba y pensar en estas malditas margaritas que Eric me había dado, era caminar hacia el parque que ya había pasado hace dos calles junto a mi hermano. Había muy pocos niños en los juegos y la mayoría de ellos estaban discutiendo con sus padres sobre que no querían regresar a casa y dejar los columpios y toboganes. Quise alejarme de aquel ambiente y caminé a una pequeña colina alejada de los juegos y niños.

Coloqué mi mochila en el césped y exploté. Dije todo lo que pensaba. Incluso le hablé a mi abuela para que me ayudase o me diera un consejo desde el más allá.

—¿Por qué estás enamorado de mí, Eric? ¿Por qué siempre me das flores sin saber que me encantan? No es justo. Sólo te di una rebanada de pastel de durazno cuando nos conocimos —Arrojé el ramo de margaritas lo más lejos que pude—. ¡No quiero un novio en mi vida! ¡No te quiero a ti!

—Si no las querías, pudiste haberlas plantado o haberlas regalado a una anciana.

—Te las regalo —Giré mi cuerpo para mirar al chico que me había hablado.

—Soy alérgico al polen —Las meneó en el aire mientras se cubría la nariz con su antebrazo—. ¿Quieres por favor llevártelas? Ya me fue suficiente con que cayeran en mi cara.

—Lo lamento —Las tomé enseguida—. No quise lastimarte o algo parecido.

Dio un paso hacia atrás y me observó sin decir nada. Sin embargo, mis palabras quedaron a medias por lo que él dijo.

—Recházalo.

—¿Estuviste escuchando?

—Literalmente, estabas gritando —Guardó sus manos en los bolsillos de su abrigo negro—. Hazle un favor a aquellos que somos alérgicos al polen y recházalo.

Él se fue caminando y yo me quedé como una tonta mirando cómo se alejaba poco a poco de mí hasta llegar a la calle alumbrada con las lámparas públicas.

Las lámparas públicas. Ese abrigo negro. Su tez pálida. La imagen tan familiar que llegó a mi mente. Las mariposas dentro de mi estómago volvieron a la vida. Era él. Sin duda era él. Ese chico que impidió que me suicidara en este mismo parque hace dos años. Por supuesto que es él. Otra vez aparecía de la nada y me hablaba como si fuésemos amigos cuando yo estaba en un conflicto conmigo misma. Una vez más él apareció para ayudarme de la manera tan peculiar en la que solo él sabe hacerlo.

Para cuando me di cuenta me encontraba siguiéndolo con unos cuantos metros de diferencia. Él estaba concentrado, mirando una hoja con atención mientras caminaba. Cruzamos la calle, después dimos vuelta a la derecha y en la primera cuadra a la izquierda, luego lo vi empujar la puerta de cristal para entrar a aquella clínica de animales. Desde lejos pude ver que un hombre adulto de cabello rubio y de su misma altura lo abrazaba después de que él se hubiese quitado el abrigo negro y le hubiese enseñado esa hoja que leía antes de entrar. Su playera color vino le dejaba al descubierto sus brazos, esos brazos con músculos apenas marcados.  

El chico comenzó a limpiar la mesa de metal donde suelen atender a los animales en cualquier veterinaria con un trapo amarillo mientras el hombre rubio cerraba las cortinas del lugar al igual que la puerta bajo candado. Me sentí bastante extraña al estar espiando al chico de ojos grises y al que parecía ser su padre. No pude con la vergüenza y corrí en dirección contraria para llegar a mi propia casa con el rostro rojo como un tomate. En verdad lo había vuelto a ver. Y no había cambiado mucho a pesar de que han pasado dos años. Sigue siendo igual de repentino e increíble para mí. Incluso es más apuesto y alto de lo que era.

Cuando reconocí el auto de mi padre supe que ya estaba en casa, así que tuve que deshacerme de esa sonrisa que llevaba a causa del chico al igual que de las flores que Eric me había dado.

—Ya es tarde, niña. ¿Dónde estabas? ¿Y tu hermano?

—¿Dónde está mi padre?

—En el garaje. Estuvo muy estresado el día de hoy —Minnie se acercó tanto a mí que pude ver el color de su sujetador—. Oye, ¿acaso te tardaste en llegar porque ya tienes novio? Dime.




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