La Última Flor Para El Invierno

DIEZ

BLAKE FLAUBERT

Megan ha estado llamándome todo el día. Y no son cualquier tipo de llamadas, son videochats. Apreció mucho hablar con Megan y en realidad me gusta pasar tiempo con ella incluso más de lo que me gustaría con cualquier otra persona que aún me considere su amigo. Ella es divertida y considerada, creo que tiene más cerebro que las personas de mi edad y es admirable. 

Hace no mucho fue su cumpleaños número catorce y le prometí que le daría un buen regalo, pero fallé porque no asistí a su fiesta. Todavía con esa decepción, ella seguía llamándome como siempre y lo agradecía desde el fondo de mi corazón. Sin embargo, no es un buen día para hablar con ella. No tengo las fuerzas para hablar con nadie el día de hoy, ya que este día en especial me dedico a estar con Julie. 

Sé que Kyle no le ha dicho nada a Megan acerca de mi historia con Julie y prefiero que se quede así. A veces pienso que Kyle y Megan pueden llegar a llevarse bien y convivir sanamente como los primos que el destino los obligó a ser o, mejor dicho, que los gemelos Liberman los obligaron a ser.

La tumba de Julie estaba llena de hojas secas y había una telaraña en una de las esquinas. Me agaché para quitar las hojas y con una rama seca quité la telaraña. Una vez que la tumba de Julie se vio mucho mejor saqué la veladora aromática que había comprado después de la escuela. La vela olía a canela, tal como ella olía siempre. Al principio no tenía la intención de comprar una vela con olor a canela, en realidad solo iba a comprar una simple veladora blanca, pero cuando el olor de la canela invadió mi nariz no pude evitar el vago recuerdo de Julie columpiándose junto a mí como lo hacíamos cada tarde después de la escuela.

—¿Blake?

Giré mi cabeza para mirar a quien me llamaba.

Una mujer castaña con ojos verdes que usaba un abrigo color beige liso y botas cortas negras me miraba con curiosidad y miedo de acercarse. Ella llevaba un ramo de rosas en su mano izquierda y un sobre en la mano derecha.

—¿Blake Flaubert? —Caminó un paso—. Si eres tú, ¿verdad?

Asentí.

Exhaló acompañada de una sonrisa de alivio en su rostro.

—No has cambiado nada —La mano que sostenía el sobre estaba recargada en su pecho—. Sigues siendo igual a como te recuerdo. Y por lo que veo vienes a visitarla —Su mirada fue a la tumba de Julie y luego a mi rostro.

—¿La conozco?

—Soy Amanda, la mamá de Julie.

La señora Díaz había cambiado bastante. Su cabello castaño ya no era largo, ahora estaba al ras de su nuca, y esa mirada cansada que siempre tenía en sus ojos había desaparecido. Incluso podía decir que se veía aún más joven a como la recordaba. Lo cual era sorprendente porque una vez Julie me dijo que su madre se había embarazado de ella cuando tenía diecinueve años de edad. Por lo tanto era mucho más joven que cualquier madre del vecindario.

—Sabía que me recordarías —Se acercó lo suficiente para dejar las rosas en la tumba—. Sé que vienes a verla todos los años e incluso en su cumpleaños. No me había dado cuenta de ello hasta que se cumplieron dos años de su partida. Sonará ridículo, pero tenía miedo de acercarme a ti. No estaba segura de si de verdad eras tú o si solo era mi imaginación que volvía a jugar conmigo. Creía que no me recordarías y por alguna razón el pensar en eso me hacía sentir terriblemente mal porque para Julie tú significaste el mundo entero y tenía miedo de que si no me reconocías, yo iba a perder lo último que me quedaba de mi hija. Iba a perder la última parte de Julie que quedó con vida.

Limpió sus lágrimas con un pañuelo que ya llevaba guardado en su abrigo beige. La señora Díaz separó su mirada de la tumba, alzó su cabeza y me miró a los ojos. Por alguna razón sentí escalofríos recorrer todo mi cuerpo. 

—Muchas gracias, Blake. No tienes idea de lo mucho que te agradezco por lo que has hecho desde que se fue. Has sido más leal a ella que su propio padre.

De inmediato me dio curiosidad el saber a qué se refería.

—¿Su padre?

—Después del funeral de Julie, Emilio se fue a Argentina —Esta vez ya no me miraba más—. Ni siquiera nos habíamos divorciado legalmente, solo ya no vivíamos juntos. Los primeros tres años le pedí que tuviera corazón y viniese a ver a su hija, pero él siempre se negó. Decía que no estaba listo para ver a Julie de ese modo y lo comprendí. A principios de este año regresó con su nueva prometida para pedirme el divorcio legalmente —Bufó—. Se lo di sin reproches, pero también le pedí que viniera a ver a Julie antes de que regresara a Argentina y ¿sabes lo que dijo?

Los ojos de la señora Díaz se habían llenado de lágrimas que ella misma se negaba a derramar. Podía ver que se esforzaba bastante.

—Dijo que no había nadie a quién visitar porque Julie ya no existía.

Pensé que lo primero que sentiría al escuchar aquello sería enojo, sin embargo lo único que mi corazón pudo sentir fue lástima. No por la señora Díaz, que no era más la señora Díaz, más bien por el hombre que era su esposo. Sentí lástima por él. No podía creer que era capaz de negar que alguna vez tuvo una hija la cual ahora ya no está con vida, pero que los recuerdos que él mismo tiene de ella hacen que Julie todavía tenga una chispa de vida. Esos recuerdos que no solo él debe tener, también la señora Amanda, yo y todos los que alguna vez convivimos con la dulce Julie. El señor Díaz se obligó a borrar esos recuerdos y lazos que formó con su propia hija para no asumir el dolor y la responsabilidad que le tocaba. Era miserable. Era triste. Y por eso me daba lástima.




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