—Cómo le odio —susurré.
La confesión se perdió en la negrura de la caverna, un secreto prohibido que la oscuridad devoró con ansia. Sin embargo, el eco no tardó en devolverme las palabras, distorsionadas y burlonas, como si la propia piedra se riera de mi hipocresía. Mi boca pronunciaba una sentencia de muerte, pero mis manos —traidoras, ajenas a la lógica de mi venganza— se aferraban a él con una desesperación que me quemaba la sangre.
Bajo la yema de mis dedos, sentí el mapa de su agonía. Sus músculos estaban rígidos, tensos como cuerdas de violín a punto de quebrarse bajo el peso del dolor. A pesar de que el frío de la cueva calaba hasta los huesos, su piel irradiaba un calor febril, una hoguera que se extinguía lentamente tras la palidez mortal de su rostro.
La sangre brotaba entre mis dedos, espesa y caliente. Era un torrente vivo que manchaba sus costillas y empapaba el trapo improvisado que yo misma había arrancado de mi camisa. Ese carmesí oscuro lo teñía todo, un recordatorio viscoso del único color que conocía mi mundo: el color de la guerra. El color de la pérdida.
Él estaba allí, inconsciente, reducido a nada. Su vida pendía del hilo invisible que mis manos intentaban anudar. Sus labios, aquellos que solían curvarse en esa sonrisa arrogante que me hacía desear clavarle una daga, ahora permanecían entreabiertos, buscando oxígeno en jadeos desiguales. Cada entrada de aire era una batalla ganada al destino; cada exhalación, una tregua incierta.
—Encima boba de mí, y le salvo la vida —murmuré, y el sabor de la amargura me supo a ceniza vieja.
Intenté convencerme de que el nudo que apretaba mi pecho era solo adrenalina, pero la verdad era una sombra mucho más compleja que se negaba a ser ignorada...
La tormenta nos había escupido en el interior de esta grieta en la montaña. Era difícil saber si la cueva era un refugio improvisado o una tumba diseñada por un destino cruel. A nuestro alrededor, las paredes rezumaban una humedad antigua, apestando a musgo y a piedra olvidada. El frío era un depredador silencioso que nos había obligado a despojarnos de la ropa empapada, la única forma de evitar que la hipotermia nos reclamara antes del amanecer.
Sin el consuelo de un fuego, nuestra única defensa era el calor precario de nuestros cuerpos desnudos y la tela húmeda bajo la que nos guarecíamos. Era absurdo. Íntimo y repulsivo a partes iguales.
—Aunque claro… —mi voz se quebró en la penumbra, traicionada por un temblor que no era solo frío—. Él ha acabado herido por protegerme.
Las sombras de la caverna parecieron alargarse, cobrando vida propia para devolverme la imagen que mi mente se negaba a soltar. El recuerdo me emboscó con la brutalidad de un golpe físico : el destello plateado de aquella espada rasgando el aire, trazando un arco mortal directo hacia mi garganta.
El tiempo se había congelado. Mi corazón había dejado de latir. Y entonces… él.
Se interpuso sin vacilar. El sonido del acero hundiéndose en su costado aún me revolvía el estómago: la carne rasgándose, el hueso astillándose bajo la fuerza del impacto. Había robado un sacrificio que llevaba mi nombre. ¿Qué clase de hombre, qué clase de imbécil arrogante, se arroja contra una espada para salvar a alguien que no conoce?
El tamborileo incesante de la lluvia en el exterior era lo único que rompía la opresión de la caverna. Cada gota era el latido de un reloj agotando nuestro tiempo. Inspiré hondo, tragando el aire pesado y afilado, obligándome a enterrar el caos que amenazaba con paralizarme. Las filosofías y las contradicciones morales no cerraban heridas.
Hurgué entre nuestras escasas pertenencias con una urgencia febril, buscando cualquier cosa que pudiera anclar su alma a este mundo.
—No te atrevas a morirte —le ordené. Mi voz surgió estrangulada, cargada de una mezcla indescifrable de rabia y un pánico que me negaba a admitir —. Si alguien va a matarte, ese privilegio me corresponde.
El vacío me devolvió el silencio. Su respiración, cada vez más errática y superficial, era su única y patética respuesta. El miedo cerró sus garras en torno a mi garganta. Desesperada, me pegué a su costado malherido, envolviéndolo con mis brazos para atrapar el calor vital que se escurría de su cuerpo como arena entre los dedos.
Qué broma tan macabra: enemigos jurados, atados por mi sed de venganza, obligados a fundirse en un solo latido para sobrevivir a la noche más larga de nuestras vidas.
Mis manos, aún torpes por los espasmos del frío y los restos de adrenalina, palparon el contorno de la herida. La tela empapada ya no lograba contener la hemorragia. Un violento temblor sacudió su cuerpo entero; incluso atrapado en las garras de la inconsciencia, se negaba a rendirse ante la muerte. Esa testarudez silenciosa me contagió.
—Eres un idiota, ¿lo sabes? —susurré contra su hombro, la voz quebrándoseme al final.
Hablaba para ahuyentar el terror, porque el silencio absoluto en aquella tumba de piedra significaba la rendición definitiva. Con dedos frenéticos, desenvainé mi daga y rasgué otro jirón de mi camisa. El aire helado me mordió la piel desnuda, clavando agujas de escarcha en cada centímetro expuesto, pero el dolor físico era irrelevante. Lo único que importaba era detener esa sangre oscura que se empeñaba en abandonarlo.
Mi enemigo. Mi salvador.
Terminé el tosco vendaje y dejé caer el arma. El ruido metálico resonó contra la piedra con una finalidad hueca. Al observarlo ahora, despojado de su altivez y su irritante máscara de superioridad, parecía peligrosamente humano. Vulnerable. Real. En un impulso traicionero que mi mente no logró frenar, tomé su mano entre las mías. Estaba tan helada como el hielo que sellaba la entrada de la cueva. Me aferré a sus dedos con desesperación, sabiendo con dolorosa certeza que mi calor no bastaría para devolverlo a la vida, pero siendo completamente incapaz de soltarlo.