La Ultima Guardiana

CAPITULO 1

—Cómo le odio —susurré.

La confesión se perdió en la negrura de la caverna, un secreto prohibido que la oscuridad devoró con ansia. Sin embargo, el eco no tardó en devolverme las palabras, distorsionadas y burlonas, como si la propia piedra se riera de mi hipocresía. Mi boca pronunciaba una sentencia de muerte, pero mis manos —traidoras, ajenas a la lógica de mi venganza— se aferraban a él con una desesperación que me quemaba la sangre.

Bajo la yema de mis dedos, sentí el mapa de su agonía. Sus músculos estaban rígidos, tensos como cuerdas de violín a punto de quebrarse bajo el peso del dolor. A pesar de que el frío de la cueva calaba hasta los huesos, su piel irradiaba un calor febril, una hoguera que se extinguía lentamente tras la palidez mortal de su rostro.

La sangre brotaba entre mis dedos, espesa y caliente, manchando sus costillas y empapando el trapo improvisado. Ese carmesí oscuro lo teñía todo, un recordatorio viscoso del único color que conocía mi mundo.

El olor metálico me golpeó, y el recuerdo de la carne rasgándose, el hueso astillándose, me revolvió el estómago.

Había seguido su ruta de inspección como una sombra, aguardando el segundo exacto para deslizar el acero entre sus costillas y cobrarme mi venganza. Pero el cazador había sido la presa.

Aún podía ver el rostro del informante —el mismo hombre que me había vendido la ruta del príncipe— abriéndose paso entre la multitud. No había pánico en sus ojos, sino el triunfo fiero de quien está a punto de cerrar una trampa. Se abalanzó sobre mí. Querían mi cadáver. Una asesina muerta a los pies del príncipe; ¿la chispa perfecta para incendiar el reino, tal vez?

El caos estalló en la plaza. El destello plateado de su espada rasgó el aire, trazando un arco mortal directo hacia mi garganta. El tiempo se había congelado. Mi corazón había dejado de latir.

Y entonces… él. Rowan Nathaniel Ravenswood. El mismísimo príncipe se interpuso sin vacilar, robando un sacrificio que llevaba mi nombre. ¿Qué clase de hombre, qué clase de imbécil arrogante, se arroja contra una espada para salvar a quien venía a asesinarlo?

Él estaba allí ahora, inconsciente, reducido a nada. Me había salvado la vida, y la suya pendía del hilo invisible que mis manos manchadas intentaban anudar.

Un trueno hizo temblar la roca bajo mis rodillas, devolviéndome al presente de un latigazo.

La tormenta nos había escupido en el interior de esta grieta en la montaña. Era difícil saber si la cueva era un refugio improvisado o una tumba diseñada por un destino cruel. A nuestro alrededor, las paredes rezumaban una humedad antigua, apestando a musgo y a piedra olvidada.

El frío era un depredador silencioso que nos había obligado a despojarnos de la ropa empapada; la única forma de evitar que la hipotermia nos reclamara antes del amanecer. Sin el consuelo de un fuego, nuestra única defensa era el calor precario de nuestros cuerpos desnudos bajo la manta húmeda. Sentir su piel contra la mía era una aberración necesaria.

Sus labios, aquellos que solían curvarse en esa sonrisa arrogante que me hacía desear clavarle una daga, permanecían entreabiertos, buscando oxígeno en jadeos desiguales. Cada entrada de aire era una batalla ganada; cada exhalación, una tregua incierta.

El tamborileo incesante de la lluvia en el exterior marcaba el ritmo de un reloj que agotaba nuestro tiempo. Inspiré hondo, tragando el aire afilado, y hurgué entre nuestras pertenencias con urgencia febril.

—No te atrevas a morirte —le ordené. Mi voz surgió estrangulada, un susurro roto que la negrura devoró al instante—. No te lo permito.

El vacío me devolvió el silencio. Su respiración se volvió aún más errática, superficial. Presa del pánico, me pegué a su costado malherido, envolviéndolo con mis brazos para atrapar el calor vital que se le escurría del cuerpo como arena entre los dedos. Nos fundíamos en un solo latido por pura supervivencia, una ironía macabra que me revolvía el estómago.

Mis manos, torpes por los espasmos del frío, palparon el contorno de la herida. La tela ya no contenía la hemorragia. Un violento temblor sacudió su cuerpo entero; incluso atrapado en el letargo, Rowan se negaba a rendirse.

Me aparté a regañadientes de su calor para alcanzar el montón de ropa desechada. Al salir de nuestro refugio, el aire helado de la caverna me golpeó de lleno, clavando agujas de escarcha en mi piel desnuda. Con dedos frenéticos, desenvainé mi daga y rasgué otro jirón de mi camisa húmeda.

Aseguré el tosco vendaje y dejé caer el arma. El ruido metálico resonó contra la piedra con una finalidad hueca.

Al observarlo ahora, despojado de su altivez, parecía peligrosamente humano. Vulnerable. En un impulso traicionero, tomé su mano entre las mías. Estaba helada. Me aferré a sus dedos con desesperación, sabiendo que mi calor no bastaría, pero siendo incapaz de soltarlo.

Cerré los ojos, rindiéndome al peso aplastante del cansancio, y entonces, un gemido ronco escapó de sus labios rotos. Su rostro se contrajo. Su pecho se elevó en una dolorosa bocanada de aire.

—¡Hey! —lo sacudí apenas, aterrada de romperlo—. Mírame. No te atrevas a rendirte ahora.

Sus párpados aletearon, pesados, hasta revelar el gris tormentoso de su mirada. Estaban velados por la agonía, pero allí seguía él. Vivo. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me robó el aliento.

—No tan... fácil… de matar... ¿eh? —murmuró, cada palabra exigiéndole un esfuerzo titánico.

El rastro de su habitual arrogancia bastó para arrancarme una risa nerviosa, histérica, que se ahogó en un sollozo.

—¿Por qué...? ¿Por qué lo haces? —logró articular él.

—Porque soy idiota, supongo —disparé, intentando escudarme en un sarcasmo que el temblor de mi voz hizo pedazos —. Ahora cállate y conserva las fuerzas. Y no se te ocurra cerrar los ojos otra vez, ¿me oyes? Es una orden.

Intentó reír, pero el sonido se transformó en un estertor que hizo estremecer todo su cuerpo. El pánico me asfixió al pensar que el movimiento había reabierto la herida.



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En el texto hay: magia, dragones, magia dioses mundos

Editado: 15.04.2026

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