El instante en que cruzamos el campamento, sentí el cambio. Las miradas de los soldados se clavaban en mí como dagas. Un centinela apretó su lanza hasta que sus nudillos blanquearon; otro, cerca de una hoguera, escupió al suelo justo cuando mis pies pasaban. Para ellos, yo no era la mujer que había intentado salvar a su líder; era la encarnación de la sospecha.
—¡Preparad al médico! —el grito desgarró el aire.
La atención se desvió hacia la camilla. Rowan, envuelto en pieles que parecían una mortaja húmeda, era una sombra de sí mismo. Y aun así, sentí sus ojos. Esa mirada gris me buscó entre la multitud, aferrándose a mi imagen con una intensidad que me atravesó el pecho. No tenía sentido, pero me dolió.
El líder del grupo me agarró del brazo con un grillete de carne y hueso. —Vigiladla. Que no se mueva un paso hasta que decida qué hacer con ella.
El agotamiento y el frío me golpearon a la vez, y el mundo se ennegreció.
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Layla... Repetía mi nombre en silencio, aferrándome a él como a un salvavidas mientras las sombras se retorcían en las paredes de piedra. Los temblores me sacudían sin piedad. La ropa húmeda era una trampa helada contra mi piel, y cada respiración me arañaba la garganta como si tragara cristal molido.
Pero entonces, el mundo se apagó por completo. Mi mente cedió, arrastrándome hacia un abismo espeso y silencioso.
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En el extremo opuesto de las mazmorras, el eco de unos pasos arrastrados y una respiración pesada quebró el silencio del nivel inferior.
—Príncipe, por favor. Le ruego que vuelva a la cama —imploró una voz cargada de pánico, resonando contra la piedra húmeda.
—Aún no está en condiciones de moverse. La herida no está cerrada del todo, Alteza. Si fuerza demasiado las suturas... —insistió otra voz, al borde de la desesperación.
—Silencio.
La orden no fue un grito, sino un siseo bajo y rasposo que heló el aire de la galería mucho más que la humedad de los muros. El príncipe Rowan avanzaba por el corredor, con una mano apoyada contra la pared para sostenerse y la otra presionando el vendaje de su costado, donde una mancha escarlata ya empezaba a florecer sobre el lino blanco. A pesar del temblor de sus músculos por la pérdida de sangre, su mirada ardía con una furia implacable.
—Os di una orden directa —continuó Rowan, deteniéndose frente a la celda—. Dije que no la dañarais. ¿Cómo os atrevéis a encerrarla en este agujero?
Frente a él, el líder de la Guardia Real —el gigante de la cicatriz que había marchado bajo la tormenta— se interpuso en el camino. Mantuvo la postura firme, soportando la ira de su señor con la calma de un trueno contenido.
—Hicimos lo que era necesario, Alteza. No podemos arriesgarnos. Es una desconocida y su presencia representa una amenaza potencial para usted y para el reino.
Rowan dio un paso hacia él, tambaleándose levemente, pero cada centímetro de su postura rezumaba autoridad. Sus ojos grises, clavados en el líder de la guardia, eran dos filos de acero puro.
—¿Una amenaza? —su voz cortó la distancia entre ellos—. Podría haberme dejado morir desangrado en aquella cueva. Podría haberme cortado la garganta. Y no lo hizo. Vosotros, en cambio, la encadenáis como a un perro rabioso.
La mandíbula del líder se tensó, evaluando las consecuencias de sostenerle la mirada a su príncipe. El aire en la mazmorra parecía haberse solidificado, esperando la explosión.
—Mis obligaciones son con el reino y su seguridad, Alteza —replicó el guardia, endureciendo el tono—. No me disculparé por haber actuado en su beneficio.
Un silencio denso y asfixiante siguió a sus palabras. Rowan apartó la mano de la pared, irguiéndose a pesar de la agonía que seguramente le desgarraba el torso. No parecía un hombre al borde del colapso; parecía el verdugo de todos los presentes.
—La única amenaza aquí sois vosotros, con vuestras decisiones ciegas y vuestra insubordinación —sentenció el príncipe, y cada palabra destiló veneno—. Abrid su celda. Ahora.
El líder de la guardia sostuvo aquella mirada gélida un largo instante. La tensión amenazaba con romper el acero de las espadas envainadas, pero finalmente, el soldado bajó la cabeza. La voluntad del príncipe era una fuerza de la naturaleza imposible de doblegar.
—Abridla —ordenó el líder con voz áspera, cargada de resignación—. Rápido.
El chirrido metálico de la llave girando en la cerradura resonó en la galería, dando paso a la oscuridad de la celda donde la chica yacía tendida en el suelo, completamente ajena a la guerra que acababa de desatarse por su vida.
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Un sonido metálico —la llave girando en la cerradura— me llegó espeso, ahogado, como si mi cabeza estuviera sumergida en un estanque oscuro. El chirrido del hierro al ceder me atravesó el cráneo como una aguja al rojo vivo. La pesada puerta se abrió de golpe, dejando paso a la claridad del pasillo.
Intenté despegar los párpados, pero el asalto repentino de la luz me apuñaló con una violencia brutal. Fue como si me hubieran arrojado un puñado de brasas incandescentes directamente sobre las pupilas; un ardor insoportable que me arrancó un gemido sordo y me obligó a cerrarlos con fuerza, apretando los dientes.