El tiempo en aquel agujero no se medía en horas, sino en la profundidad con la que el frío lograba calarme los huesos. Al principio, la rabia me mantuvo en pie; me pasé la primera noche caminando en círculos por la minúscula celda, golpeando los barrotes y maldiciendo al príncipe. Me imaginaba a Rowan siendo atendido por los mejores sanadores, riéndose de la estúpida chica que había intentado salvarle la vida.
Pero la rabia exige una energía que yo ya no poseía.
Mi ropa, empapada en lluvia y barro, se había convertido en una armadura de hielo que me succionaba el calor vital. Los temblores se transformaron en sacudidas violentas. Mis dedos pasaron del dolor punzante a un entumecimiento inútil.
Para el segundo día, me derrumbé sobre la paja podrida. El frío dejó de doler; se convirtió en una somnolencia pesada, una neblina donde el eco de las botas de los guardias se confundía con los latidos cada vez más lentos de mi corazón.
Pero el cuerpo tiene formas crueles de sobrevivir.
No sé en qué momento la hipotermia dio paso a la infección, pero la fiebre me reclamó con un zarpazo. El letargo helado fue sustituido por un calor sofocante que se extendió por mis venas como aceite hirviendo. La misma ropa que antes me congelaba, ahora me abrasaba la piel. Intenté arrancármela, pero mis manos, torpes e hinchadas, no obedecían.
La consciencia empezó a parpadear y las sombras de mi mente tomaron el control.
Creí escuchar la voz de mi hermano rebotando en la piedra, llamándome desde el otro lado de la reja con la misma calidez de aquella última noche frente a la chimenea. Pero cuando alargué la mano para tocar el tejido de su capa, mis dedos solo encontraron el hierro oxidado de la celda.
—Kael… No te vayas…
El eco de mi súplica murió contra la piedra, asfixiado por el fuego que me subía por la garganta. Estaba perdida en un limbo gris, donde el rostro de mi hermano y el de Rowan se fundían en una sola mancha de culpa y acero.
Un sonido nuevo desgarró la bruma de mi fiebre.
El estruendo de los pesados cerrojos descorriéndose retumbó en mi cabeza como una avalancha de rocas.
Mis ojos, pesados y ardientes, se abrieron con un esfuerzo agónico. La puerta de la celda se abrió de par en par, vomitando un torrente de luz de antorchas que me acuchilló las pupilas. Una silueta se recortó contra el resplandor, una sombra imponente que llenó el umbral, devorando por un instante el frío y la oscuridad.
No pude ver su rostro. Solo sentí el aire fresco del pasillo inundando mis pulmones, seguido de aquel aroma a sándalo y tormenta.
Y entonces, la negrura terminó por tragarme.
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—¿Quién está ahí?
El grito rebotó en la piedra húmeda, vibrando en el aire como una sentencia. Mi corazón dio un vuelco tan violento que temí que el latido me delatara antes que mi propia torpeza.
Pero mi mente empezó a trabajar a una velocidad frenética, barajando opciones que se desvanecían antes de formarse del todo.
¿Podría enfrentarlos? Tenía mi daga, pero ellos eran tres hombres entrenados y con el alcance de sus espadas largas. En este espacio angosto, no tendría ángulo para maniobrar. ¿Esquivarlos y huir hacia la tormenta? Un solo vistazo a la entrada me dio la respuesta: la lluvia cegadora y el terreno escarpado me harían caer antes de ganar diez metros, y sus ballestas me alcanzarían en la espalda antes siquiera de notar el frío. La certeza me golpeó con la frialdad de la piedra: rendirse era la única forma de seguir respirando. Pero no me entregaría desarmada.
Aprovechando los últimos segundos de negrura, me agaché y deslicé la daga en el interior de mi bota. El roce del acero frío contra el tobillo fue mi único consuelo; un secreto letal escondido bajo la sumisión.
Me tragué el pánico, que ya me sabía a bilis en la garganta. Con movimientos exageradamente lentos para no darles una excusa para ensartarme, levanté las manos a la altura de la cabeza, abriendo los dedos temblorosos para demostrar que estaban vacías. Di un paso fuera de las sombras.
La luz del farol me golpeó el rostro con la fuerza de una bofetada. Entrecerré los ojos contra el resplandor cegador. El haz de luz bailó frenéticamente por la caverna hasta que barrió el suelo a escasos metros y arrancó un destello macabro del charco oscuro que se expandía bajo la figura de Rowan.
—¡Alteza! —El grito de uno de los hombres desgarró el aire.
Dos de los soldados corrieron hacia el príncipe, cayendo de rodillas sobre la piedra húmeda con un estruendo de metal y desesperación, buscando frenéticamente el pulso de su señor.
Pero yo no tuve tiempo de mirar.
El tercero —un gigante cruzado por una cicatriz pálida— ignoró a su comandante. En dos zancadas acortó la distancia, me estampó contra la roca y me apuntó directo a la garganta. El pulso le latía en la sien; sus nudillos estaban blancos alrededor de la empuñadura de su espada.
—Habla, escoria —exigió. Su voz fue un gruñido bajo, cargado de promesas letales—. ¿Qué demonios le has hecho?
La punta de la espada temblaba a milímetros de mi clavícula. Mi garganta era un nudo de lija, pero me obligué a alzar la barbilla. Tragando saliva, forcé a mi voz a abandonar el temblor que me sacudía las piernas.
—Si hubiera querido matarlo —espeté, dejando que cada palabra cayera fría y afilada sobre el ruido de la tormenta—, ya estaría frío. Baja la espada. Fui yo quien le hizo ese vendaje.
El hombre de la cicatriz dudó. La punta de su arma vaciló una fracción de segundo mientras su mirada saltaba de mi rostro a mis manos manchadas, y luego al tosco torniquete. Pero el odio endureció sus facciones. Afianzó el agarre de la empuñadura, dispuesto a ensartarme por pura precaución.
Y entonces, un roce áspero arañó el silencio.
La atención de los tres guardias pivotó hacia el suelo. Rowan hizo un esfuerzo agónico por mover la cabeza. Su voz surgió rota, el eco de un hombre asomado al abismo.
—No... —tosió, y el sonido se mezcló con un gemido sordo—. No la... toquéis.
El gigante de la cicatriz frunció el ceño, profundizando los surcos de su rostro curtido. Su mirada osciló entre el príncipe —cuya palidez se fundía con la muerte— y yo. Me mantuve inmóvil, con los brazos en alto, convertida en una parte más de la pared.
Rowan intentó incorporarse, pero su cuerpo le traicionó con un estertor húmedo que me revolvió el estómago. Aun así, reuniendo los últimos jirones de su consciencia, su voz se impuso.
—Me ha... salvado —murmuró. Cada sílaba era un esfuerzo titánico arrancado de una garganta llena de sangre, pero llevaba una firmeza de acero que no admitía réplica.
Los soldados intercambiaron una mirada rápida, un código silencioso forjado en años de servicio. La duda era palpable, pero la palabra del príncipe era ley. Finalmente, con una renuencia cargada de odio, el soldado que me apuntaba bajo el arma.
Uno de los hombres que atendía a Rowan se volvió hacia el líder.
—Está grave —informó, con la voz desprovista de emoción—. Ha perdido demasiada sangre. Si no lo llevamos con un sanador ahora mismo, no pasará de esta noche.
—¿Y qué hacemos con ella? —intervino el tercer soldado, un hombre achaparrado que me señaló con la barbilla y una inconfundible mueca de asco.
El líder dio un paso hacia mí. Su presencia pareció succionar el poco aire que quedaba en la cueva. Se enderezó, ganando una altura imponente, y apoyó la mano sobre el pomo de su espada en un recordatorio constante de mi mortalidad.
—No sé quién eres —gruñó, con una voz que retumbó en la piedra—. Ni sé qué haces en este agujero con mi príncipe desangrándose, pero todo en ti me grita peligro. Si él te quiere viva, respetaré su orden.
Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que pude oler el cuero mojado y el acero de su armadura.
—Vendrás con nosotros. No es una invitación. Pero un solo movimiento extraño que hagas, y te cortaré la garganta antes de que parpadees. ¿Entendido?
Asentí despacio, calculando el movimiento para cuidar que mis manos no bajaran ni un milímetro de donde estaban.
Los hombres actuaron entonces con la eficiencia de un mecanismo bien engrasado. Mientras dos de ellos improvisaban una camilla usando sus lanzas y una capa gruesa, el soldado achaparrado se me acercó y me lanzó un fardo de tela pesada que me golpeó en el pecho.
—Cúbrete —ordenó, dándome la espalda—. No necesitamos que enfermes y nos retrases.
La capa pesó sobre mis hombros como una losa. Olía a perro mojado, a metal oxidado y al rastro ferroso de sangre vieja. Me envolví en ella mientras los soldados levantaban la camilla de Rowan con una reverencia casi religiosa.
—Avanzad —sentenció el líder.
El descenso fue un infierno de barro y viento que amenazaba con arrancarme de la montaña. El aliento del gigante en mi nuca me empujaba sin piedad cada vez que mis piernas estaban a punto de rendirse.
Cuando las primeras luces trémulas del campamento militar rasgaron la cortina de lluvia a lo lejos, mis rodillas finalmente cedieron.
Sentí el tirón brutal del gigante agarrándome del brazo para obligarme a seguir, pero mi mente ya no obedecía. El frío había congelado mi realidad hasta resquebrajarla. Las antorchas del campamento oscilaron, convirtiéndose en un borrón de fuego en la noche.
Y entonces, el agotamiento me venció, y el mundo se apagó por completo.