Perdí la cuenta de las lunas que se estrellaron contra los barrotes de mi celda. El tiempo, en aquel agujero, no se medía en horas, sino en la profundidad con la que el frío lograba calarme los huesos. Me hundí en el catre desvencijado —un esqueleto de madera y paja podrida que exhalaba un hedor a abandono— y pegué la espalda a la piedra. La roca no era solo una pared; era un animal herido que supuraba humedad y me robaba el aliento.
Al principio, la rabia me mantuvo en pie; me pasé las primeras horas caminando en círculos por la minúscula celda, golpeando los barrotes y maldiciendo el nombre del príncipe. Me imaginaba a Rowan siendo atendido por los mejores sanadores, riéndose de la estúpida chica que había intentado salvarle la vida con un trozo de camisa sucia.
Pero la rabia requiere una energía que mi cuerpo ya no poseía.
Los temblores empezaron como pequeños espasmos en mis manos, pero pronto se transformaron en sacudidas violentas que me obligaron a acurrucarme en la esquina más seca del suelo, abrazando mis rodillas en un intento patético por retener algo de calor.
Mis dientes castañeaban con un ritmo frenético, un sonido metálico y seco que llenaba el silencio de la piedra. La ropa, empapada en agua de lluvia y barro, se volvió rígida, transformándose en una armadura de hielo que me succionaba el calor de los órganos vitales. Mis dedos pasaron del dolor punzante a un entumecimiento cerúleo; dejaron de ser míos, convirtiéndose en apéndices extraños y torpes.
Pero lo peor vino al segundo día.
Me derrumbé en el rincón más alejado del goteo, donde la paja podrida al menos me separaba unos milímetros del suelo. El frío ya no me dolía; ahora era una somnolencia pesada, una seducción que me invitaba a cerrar los ojos y dejar de luchar. Mi respiración se volvió superficial, apenas un rastro de vapor frente a mis labios agrietados. El mundo se volvió gris, una neblina donde el eco de las botas de los guardias se confundía con el latido, cada vez más lento, de mi propio corazón.
Pero el cuerpo tiene formas crueles de sobrevivir.
No sé en qué momento la marea cambió. El frío absoluto empezó a retroceder, pero no trajo alivio. Fue una transición turbia. Primero, un picor bajo la piel, como si miles de agujas incandescentes despertaran en mis venas. El entumecimiento fue sustituido por una pulsación sorda en las sienes.
La hipotermia había dado paso a la infección. La fiebre me reclamó con un zarpazo.
El escalofrío dio paso a un calor sofocante, una hoguera que se encendió en la boca de mi estómago y se extendió por mis venas como aceite hirviendo. Mi propia ropa, la misma que antes me congelaba, ahora me quemaba la piel. Intenté arrancarme las correas, pero mis dedos no obedecían; estaban hinchados, torpes.
El mundo empezó a ondularse. La consciencia se convirtió en una habitación con las luces parpadeando.
El mundo físico comenzó a desdibujarse, cediendo el paso a las sombras de mi mente. En mi delirio, las paredes de la celda se encogían para aplastarme. El goteo monótono del techo se transformó en el eco de unos pasos que nunca llegaban.
Creí escuchar la voz de mi hermano rebotando en la piedra, llamándome desde el otro lado de la reja con la misma calidez de aquella última noche frente a la chimenea. Pero cuando alargaba la mano para tocar su armadura, mis dedos solo encontraban el hierro oxidado y el vacío helado.
—Hermano… No te vayas…
El eco de mi propia voz suplicante murió contra la piedra, asfixiado por el calor que me subía por la garganta.
Estaba perdida en ese limbo gris, donde el rostro de mi hermano y el de Rowan se fundían en una sola mancha de culpa y acero.
De pronto, un sonido distinto desgarró la bruma de mi fiebre.
No fue un goteo, ni un latido. Fue el lamento agudo del hierro rozando el suelo. Alguien estaba accionando el pesado mecanismo de la cerradura. El estruendo de los cerrojos descorriéndose sonó en mis oídos como una avalancha de rocas.
Mis ojos, pesados y ardientes, se abrieron con un esfuerzo agónico. La puerta de la celda se abrió de par en par, vomitando un torrente de luz dorada que me hirió las pupilas. Una silueta se recortó contra el resplandor, una sombra imponente que llenó el umbral, borrando por un instante el frío y la oscuridad.
No pude ver su rostro. Solo sentí el aire fresco del pasillo entrando en mi pulmón de fuego y el aroma inconfundible a sándalo y tormenta que me arrastró, sin previo aviso, a la inconsciencia.
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—¿Quién está ahí?
El grito rebotó en la piedra húmeda, vibrando en el aire como una sentencia. Mi corazón dio un vuelco tan violento que temí que el latido me delatara antes que mi propia torpeza. Se acabó. Ya no había sombras suficientes para esconder el rastro de sangre ni la respiración entrecortada que me quemaba los pulmones. Me habían acorralado.
El terror intentó fundir mis botas al suelo, pero mi mente empezó a trabajar a una velocidad frenética, barajando opciones que se desvanecían antes de formarse del todo.
¿Podría enfrentarlos? Tenía mi daga, pero ellos eran tres hombres entrenados y con el alcance de sus espadas largas. En este espacio angosto, no tendría ángulo para maniobrar. ¿Esquivarlos y huir hacia la tormenta? Un solo vistazo a la entrada me dio la respuesta: la lluvia cegadora y el terreno escarpado me harían caer antes de ganar diez metros, y sus ballestas me alcanzarían en la espalda antes siquiera de notar el frío. La certeza me golpeó con la frialdad de la piedra: si intentaba cualquier cosa, no daría ni dos pasos fuera de esta cueva antes de terminar ensartada contra la pared.