La Ultima Guardiana

CAPITULO 4

Los dos días siguientes se consumieron en una rutina asfixiante. Me obligué a tragar cada bocado de comida, a caminar en círculos por la enorme habitación para desentumecer los músculos, a recuperar el aliento con la paciencia helada de quien afila una hoja en la oscuridad. Memoricé el engranaje de mi jaula: el crujir de las botas en los cambios de guardia, el tintineo de las llaves, el ritmo del castillo latiendo a mi alrededor como un leviatán de piedra del que ahora yo era un parásito.

Nadie me dirigió la palabra. Nadie cruzó una mirada conmigo. Traían bandejas, reavivaban el fuego, cambiaban las sábanas. Eran fantasmas eficientes, mudos e invisibles.

Y yo los observaba a todos. Siempre evaluando. Siempre calculando.

La mañana del tercer día, la monotonía se quebró. Una joven doncella cruzó el umbral con la cabeza agachada, escudada tras una reverencia ensayada.

—Su Alteza, el príncipe, la aguarda en el comedor principal —anunció con voz monocorde.

No era una invitación. Era una correa apretándose alrededor de mi cuello. A través de la puerta entreabierta, vislumbré a dos guardias flanqueando el pasillo, con las manos descansando perezosamente sobre los pomos de sus espadas. Una escolta.

Pero yo no había sobrevivido a la celda para convertirme en su perrito faldero.

—Dígale a Su Alteza —respondí, saboreando el veneno en cada sílaba— que hoy no estoy en disposición de complacerle.

La doncella palideció. Tragó saliva, aterrorizada por ser la portadora de semejante insolencia, pero asintió torpemente y huyó, cerrando la puerta con un clic apresurado.

Me quedé de pie en el centro de la habitación, con el pulso latiendo en mis oídos. No me sorprendió cuando, apenas diez minutos después, el eco de unos pasos pesados y furiosos hizo temblar la escalera del torreón.

Un golpe seco y autoritario hizo vibrar la madera de la puerta. Nada de toques tímidos de doncella. Era un puño cargado de una impaciencia homicida.

Por supuesto. Su orgullo no aceptaría un no como respuesta.

Antes de que pudiera abrir la boca, su voz cortó el silencio, grave y tajante.

—Layla. Abre la puerta.

Ahí estaba. Rowan Nathaniel Ravenswood. Príncipe heredero del vasto Imperio de Belfalas. Mi carcelero. Y un jodido asesino.

Me tomé mi tiempo. Alisé con exasperante lentitud la falda del vestido sencillo que me habían dejado esa mañana, asegurándome de que mi postura fuera una columna de hielo inquebrantable. No iba a darle la satisfacción de encontrarme arrinconada.

—¿Tan difícil es para la realeza aceptar un «no»? —alcé la voz, destilando burla para que me oyera a través de la madera.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Percibí el roce de su ropa, su respiración contenida, pesada, filtrándose por la rendija. Quizás su propia herida aún le pasaba factura y el paseo hasta mi torre le había costado más de lo que admitiría.

—Tienes dos opciones —siseó al fin, con un tono tan afilado que casi cortó el aire—. O abres y tenemos una conversación civilizada, o echo la puerta abajo y terminamos con las formalidades. Tú eliges.

Esbocé una sonrisa letal que él no podía ver. Caminé hacia la entrada, envolví mis dedos alrededor del pomo de latón y, de un tirón seco, abrí la puerta de golpe.

Abrí la puerta de golpe.

Él llenaba el umbral, devorando el espacio como si la piedra no fuera suficiente para contenerlo. Aunque la palidez de la convalecencia aún se aferraba a sus facciones, su presencia era un muro inamovible. Sus ojos, de ese gris tormenta que ya empezaba a detestar, me recorrieron de arriba abajo con una intensidad que casi me quemó la piel.

—¿Satisfecho? —le espeté, plantándome en el centro del marco y cruzando los brazos como si fueran un escudo.

—A medias —respondió. Su voz era un roce áspero, evaluándome, desarmándome capa por capa—. ¿Ya has terminado con tu pequeña rabieta?

—No era una rabieta. Era una negativa clara —le espeté, manteniendo la barbilla alta—. No voy a sentarme a la mesa con un asesino.

El aire entre nosotros pareció enfriarse de golpe. Él ladeó milimétricamente la cabeza y una de sus cejas se alzó, delatando una levísima sorpresa ante mi atrevimiento. Sin embargo, el resto de sus facciones permanecieron inalterables, talladas en el mismo hielo de siempre.

—Entiendo —murmuró. Su voz era grave, arrastrando las sílabas con una calma que me erizó la piel—. Así que eso es lo que te han contado.

Una risa seca, desprovista de humor, arañó mi garganta.

—No necesito que me cuenten cuentos. Sé perfectamente lo que eres y lo que has hecho. ¿Qué esperabas, Rowan? —Soltar su nombre sin el título fue otro dardo intencionado—. ¿Que me adaptara a ser tu complaciente invitada de honor mientras siento el peso de una cadena invisible en el tobillo?

Vi cómo un músculo palpitaba en su mandíbula tensa. Dio un paso hacia el interior de la habitación. Su proximidad me robó el aire, oprimiéndome el pecho, pero me negué a retroceder.

—No eres mi prisionera, Layla —replicó, bajando el tono hasta que fue poco más que un siseo que solo yo pude oír—. Si quisiera encadenarte, te habrías podrido en esa celda.



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En el texto hay: magia, dragones, magia dioses mundos

Editado: 15.04.2026

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