La Ultima Guardiana

CAPITULO 5

La tensión asfixiante que había cristalizado el comedor se disolvió lentamente, reemplazada por el tintineo seguro de los cubiertos de plata y el murmullo de conversaciones triviales. Cobardes. Ahora que Rowan había marcado su territorio, ninguno se atrevía a lanzarme otra dentellada directa.
Pero yo no había sobrevivido hasta hoy para ser un simple trofeo mudo en su mesa. Si iba a moverme por esta corte, necesitaba cartografiar el campo de minas.
Me aclaré la garganta. Fue un sonido suave, apenas un roce, pero en aquella mesa tuvo el efecto de un látigo.
Las conversaciones murieron de golpe. Las miradas se arrastraron de vuelta hacia mí, recelosas. Mantuve mi sonrisa ensayada —impecable en la superficie, afilada como obsidiana en el fondo— y dejé que el silencio madurara un segundo más de lo cómodo antes de hablar.
—Por cierto, mis lores, miladys... —Mi voz fluyó con una calma exquisita, girando perezosamente el cáliz de vino entre los dedos—. Habéis tenido la total libertad de cuestionar mi origen y mis intenciones, pero me temo que me hallo en desventaja. Ninguno ha tenido aún la cortesía de darme su nombre.
Deslicé la mirada por la caoba, deteniéndome deliberadamente en cada rostro, atrapándolos en su propia falta de etiqueta.
—¿Puedo saber cómo debo dirigirme a mis ilustres anfitriones?
La incomodidad barnizó la sala. Algunos se removieron en sus sillas forradas de terciopelo; otros intercambiaron vistazos rápidos de reojo. No esperaban que la plebeya a la que intentaban pisotear les devolviera los modales convertidos en una estocada.
El primero en romper el hielo fue el noble más anciano. Se inclinó hacia adelante, con una sonrisa tensa que no llegaba a sus ojos opacos.
—Os ruego disculpéis nuestra imperdonable descortesía, milady —dijo, con voz rasposa—. Soy Lord Eryan de Valdistar. Mi familia ha servido a la corona durante generaciones.
—Qué linaje tan honorable, Lord Eryan —respondí, con una leve y perfecta inclinación de cabeza—. El placer es todo mío.
Memoricé la cadencia de su voz. El temblor casi imperceptible en su mano izquierda. La forma en que sus dedos tamborileaban sobre la mesa.
Aquello abrió la veda. Uno a uno, se vieron obligados a rendir pleitesía a las normas de la corte, presentándose ante la mujer a la que minutos antes querían despedazar.
—Lord Verick, de las tierras del sur —anunció un hombre de mandíbula cuadrada y gesto severo, que parecía oler algo podrido.
—Sir Hadrian, comandante de la Guardia del Oeste —ladró un militar robusto, con cicatrices asomando por el cuello del uniforme. Más hecho para trincheras de barro que para banquetes de seda.
—Lady Annora, consejera de la corte —ronroneó una mujer de mirada felina. Su voz era tan calculada como el silencio que había guardado hasta entonces.
A cada uno le dediqué la misma sonrisa plácida. La misma inclinación medida. Mientras ellos creían cumplir un trámite tedioso, yo archivaba armas: memorizaba nombres, evaluaba posturas, buscaba grietas en sus armaduras.
Siguieron los títulos menores. Peones deslizándose por el tablero, presentándose en un torrente inofensivo de apellidos. Duque Marthen de las Tierras Bajas. Lord Alric, el consejero de finanzas. Sir Dorian, capitán de la guardia real. El Conde Ryven, de las islas del norte. Los registré a todos sin inmutarme. Carne de cañón.
El último fue el joven de la sonrisa insolente. Llevaba toda la noche mirándome como si yo fuera un acertijo manchado de sangre. Se reclinó en el respaldo, apoyó la copa en la madera con un golpe seco y deliberado, y me sostuvo la mirada con puro descaro.
—Yo soy Lord Kael de Belforth —arrastró las palabras, saboreando el momento—. Pero vos podéis llamarme Kael, Layla. Sin formalidades.
—¿Kael, eh? —repliqué en voz baja. No aparté los ojos de los suyos, dejando que la temperatura de mi mirada descendiera varios grados para marcar el límite—. Agradezco vuestra... familiaridad.
Él arqueó una ceja, claramente entretenido, creyendo que había ganado el asalto. Me limité a sonreír y dejé que saboreara su falsa victoria. Ya tenía sus nombres; arrancarles sus secretos sería solo cuestión de tiempo.
El servicio continuó fluyendo a nuestro alrededor entre bandejas de plata y copas de cristal tallado, pero la tregua era una absoluta ilusión. El aire seguía enrarecido, cargado de dagas invisibles esperando el momento de clavarse por la espalda.
Habiendo comprobado que los ataques frontales no funcionaban —y que Rowan estaba dispuesto a morder a quien se acercara demasiado—, las víboras de la mesa cambiaron de táctica.
Si no podían destruirme a la vista de todos, la solución era obvia: tenían que aislarme.
Y fue Lady Annora, la consejera de ojos felinos, quien lanzó la primera red con una voz suave como el terciopelo.
—Dado que vuestro compromiso es un hecho, Alteza —ronroneó, limpiándose las comisuras con una servilleta de lino—, asumo que la señorita Layla será trasladada de inmediato a las dependencias de las damas. La tradición exige que la futura princesa sea instruida en la etiqueta y los... deberes de su nueva posición, lejos de las distracciones de los hombres. Yo misma me ofrezco a ser su mentora.
Separarme de Rowan. Llevarme a su territorio, donde podrían interrogarme, torturarme o hacerme desaparecer en un "accidente" sin que él pudiera evitarlo.
Antes de que yo pudiera declinar la envenenada oferta, Lord Kael vio la oportunidad perfecta para cobrarse su humillación anterior. Se puso en pie, tomando una jarra de vino de la mesa, y caminó despacio hacia nuestra cabecera.
—Una propuesta excelente, Lady Annora —dijo Kael. Se detuvo justo al lado de mi silla. Demasiado cerca.
Se inclinó para rellenar mi copa. Pude sentir el calor de su cuerpo invadiendo mi espacio y oler el vino en su aliento cuando bajó la cabeza, acortando la distancia hasta rozar casi mi oreja.
—Hay tanto que debéis aprender sobre nosotros, Layla... —susurró Kael, con una insolencia arrastrada que me erizó la nuca—. Será un verdadero placer mostraros los rincones más... profundos de palacio.
Mis dedos soltaron el tallo de la copa y acariciaron el filo del cuchillo para la carne. Un movimiento rápido hacia atrás y le seccionaría la yugular antes de que pudiera parpadear. Estaba calculando el ángulo exacto cuando la voz de Rowan cortó el aire como un látigo recubierto de hielo.
—Lady Annora —intervino el príncipe. No había alzado la voz, pero su tono obligó a la sala entera a contener el aliento—. Vuestra devoción por nuestras antiguas tradiciones es conmovedora. Sin embargo, la seguridad y la instrucción de mi prometida son asuntos que recaen bajo mi estricta y exclusiva jurisdicción. No confiaría algo tan... valioso a las manos de nadie más.
La consejera apretó los labios, tragándose la humillación de ser rechazada en público con tanta contundencia.
Pero Rowan ya no la miraba a ella. Sus ojos grises, ahora oscurecidos por una furia contenida y letal, estaban clavados en el joven noble que seguía inclinado sobre mí.
—Y en cuanto a vos, Kael... —El nombre cayó sobre la caoba pesando como el plomo—. Valoro vuestra repentina vocación de guía. Pero si no os alejáis de ella en este mismo segundo, os doy mi palabra de que usaré esa jarra de vino para hundiros el cráneo aquí mismo.
Kael se congeló. La sonrisa insolente se borró de su rostro, barrida por el pánico puro al darse cuenta de que había cruzado una línea roja que no tenía retorno. Tragó saliva de forma audible, asintió torpemente y dio un paso atrás, casi tropezando con sus propios pies al alejarse de mí como si de pronto yo estuviera en llamas.
Fue entonces cuando la poca paciencia que le quedaba al príncipe se fracturó por completo.
El chirrido áspero de una silla arrastrándose contra la piedra rasgó la falsa calma. El sonido me heló en seco.
Rowan estaba de pie. El gesto fue brusco, casi desmedido. Las velas parpadearon, como si hasta el fuego reconociera su dominio.
—Es suficiente por hoy. Layla, volvamos.
Mi nombre en su boca no fue un llamado. Lo dijo como quien reclama algo que le pertenece.
Me puse en pie despacio, alisando las faldas de la pesada tela de mi vestido con una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. No miré a Kael, a la consejera Annora, ni a ninguno de los otros nobles; les negué la satisfacción de una última mirada. En su lugar, alcé la barbilla y deslicé mi mano por el brazo que Rowan me ofrecía, asumiendo mi papel de prometida intocable hasta las últimas consecuencias.
Sus músculos estaban tensos como la cuerda de un arco a punto de disparar. Al entrar en contacto, sentí la vibración de su furia contenida bajo la tela oscura de su jubón.
Salimos del comedor en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a desearnos buenas noches ni a respirar demasiado fuerte. El eco de nuestras pisadas sobre la piedra fue el único sonido que nos acompañó mientras los pesados portones de caoba se cerraban a nuestras espaldas con un golpe sordo, sellando a los buitres en su jaula dorada.
Una vez en el pasillo, la máscara de príncipe impecable de Rowan no vaciló, pero su paso se aceleró. Tuve que alargar la zancada para mantener su ritmo a través de los interminables y gélidos corredores del castillo. Las antorchas parpadeaban a nuestro paso, arrojando sombras largas y deformes contra los tapices antiguos que adornaban los muros.
Nos cruzamos con guardias con armaduras bruñidas y sirvientes nocturnos que bajaban la cabeza y se apartaban apresuradamente, intimidados por el aura asesina que desprendía el heredero a la corona.
Yo no abrí la boca. Sabía perfectamente que las paredes de palacio tenían oídos y no iba a darle a ningún espía escondido en las sombras la satisfacción de escuchar nuestra primera grieta.
Pero por dentro, la sangre me hervía con la fuerza destructiva de un volcán.
Esposa.
La palabra daba vueltas en mi cabeza, ácida, venenosa y completamente irreal. Me había utilizado como un escudo. Me había arrojado al centro de la diana política sin previo aviso, atándome a él con la cadena más gruesa que pudo encontrar frente a toda la corte. Era una táctica brillante, se lo concedía. Y lo odiaba a muerte por ello.
Llegamos finalmente a la base de la torre donde me había confinado. Subimos los interminables escalones de piedra en espiral envueltos en un silencio que asfixiaba, con el eco de nuestras pisadas golpeando los muros curvos como la cuenta atrás para una ejecución. Al alcanzar el rellano de mis dependencias, los dos guardias que custodiaban mi jaula de oro se cuadraron de inmediato. Al percibir la tormenta letal que emanaba del príncipe, abrieron las pesadas puertas de roble de par en par, con la mirada rígidamente clavada en el suelo.
Rowan me soltó el brazo al cruzar el umbral y entró detrás de mí, dándole la espalda al pasillo.
El portazo resonó en el silencio. Cortó cualquier posibilidad de escapatoria y nos dejó encerrados en aquella habitación que de repente parecía demasiado pequeña. Rowan avanzó unos pasos al interior.
Mi furia explotó.
—¡¿Esposa?! —grité.
La palabra salió como un rugido que rebotó en los muros de piedra y se multiplicó en ecos acusatorios.
Mis manos se aferraron al primer objeto a mi alcance. Un cojín pesado de terciopelo. Voló directo hacia su cabeza. Pero Rowan lo esquivó sin el más mínimo esfuerzo, ladeando el torso con una calma tan absoluta e insoportable que avivó aún más mi rabia.
—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —exigí, acortando la distancia entre nosotros—. ¡Me has arrojado al centro de la diana!
Esta vez mis dedos se cerraron alrededor del cuello de un jarrón de cristal. Lo lancé con verdadera intención de hacer daño. Él levantó una mano y lo atrapó en el aire, deteniendo el impacto con un solo movimiento fluido, como si llevara años ensayando cómo desarmarme. Su rostro permaneció sereno, pero sus ojos grises brillaban con ese filo helado y calculador que me erizaba la piel.
—Te he dado una armadura —replicó Rowan, depositando el jarrón intacto sobre una mesa auxiliar con lentitud exasperante—. Que no te guste el diseño es irrelevante.
—¡¿Una armadura?! —Solté una carcajada amarga, salvaje—. ¡Me pediste que fingiera ser tu prometida delante de toda esa jauría de víboras sin darme un solo aviso!
—No te lo pedí —corrigió, ladeando apenas la cabeza y mirándome con la frialdad de un estratega evaluando un mapa militar—. Te lo ordené.
La confesión fue gasolina en el fuego. Agarré un libro de lomo grueso del escritorio y lo lancé con todas mis fuerzas. Rowan apenas se apartó unos centímetros. El tomo rozó su hombro y se estrelló contra el suelo con un golpe seco, esparciendo hojas sueltas por la alfombra.
—¡Por supuesto que lo hiciste! ¡Porque eso es lo único que sabes hacer! —bufé, levantando ahora una lámpara de porcelana pintada—. Mandar. Manipular. Decidir por todos como si fuéramos malditas piezas de madera en tu tablero. ¡No soy tu muñeca, Rowan!
—Si vas a destrozar la habitación, Layla, te sugiero que apuntes al pecho. Tu ira está arruinando tu puntería.
El descaro de su tono, carente de cualquier atisbo de disculpa, me cegó. La lámpara surcó el aire.
Esta vez no intentó atraparla. Levantó ambas manos en un gesto casi perezoso y retrocedió un paso, dejando que la porcelana se estrellara contra la pared a sus espaldas. Los cristales estallaron en mil fragmentos brillantes que llovieron sobre la madera. El olor acre de la cera derretida se mezcló con el polvo blanco que flotaba en el aire denso de la torre.
Me detuve, con el pecho agitado. Mis pulmones ardían y cada inhalación era un latigazo. A nuestro alrededor, el caos era perfecto: fragmentos brillantes esparcidos como estrellas rotas, páginas arrugadas, el cojín abandonado en una esquina.
Y en el centro de la destrucción, él. Intacto. Inamovible. Observándome con esa mirada oscura y fascinada que diseccionaba cada uno de mis gestos.
—¿Has terminado? —preguntó. Su voz no admitía réplica, no dejaba resquicio alguno para la negociación.
—No —escupí, cruzando los brazos sobre el pecho, negándome a ceder un solo milímetro—. Exijo respuestas. Ahora mismo. ¿Por qué fabricaste semejante mentira? ¿Por qué encadenarme a ti de esa manera?
Rowan dejó escapar un suspiro imperceptible. No había fatiga en el gesto, solo el peso de alguien que ve el mundo con demasiada claridad. Acortó la distancia entre nosotros con tres zancadas deliberadas. El instinto me gritó que retrocediera, pero clavé los pies en el suelo. Se detuvo tan cerca que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo y el ligero aroma a vino tinto y acero.
—Porque era la única jugada viable —dijo, grave, bajando la voz a un timbre áspero que vibró en mi pecho—. Eres inteligente, Layla. Analiza la mesa. ¿Qué crees que habría pasado si te presentaba como una simple invitada?
—Habría sabido defenderme. Lo he hecho toda mi vida.
—No de ellos —la cortó en seco, sus ojos clavándose en los míos como dagas de hielo—. Lady Annora te habría envenenado el té mañana por la mañana solo para evaluar mi reacción. Lord Verick habría enviado asesinos a esta misma torre antes del amanecer. Y ese imbécil de Kael... —La mandíbula de Rowan se tensó, y un destello de violencia pura y homicida cruzó su mirada al pronunciar el nombre—. Kael habría creído que tenías un precio.
Tragué saliva, pero mantuve la barbilla alta.
—Podría haberle cortado la garganta yo misma.
La comisura de los labios de Rowan tembló, esbozando esa media sonrisa arrogante que me sacaba de mis casillas.
—No lo dudo en absoluto. Y luego te habrían ejecutado por asesinar a un noble. —Alzó una mano, deteniéndola a milímetros de mi rostro, sin llegar a tocarme, pero su presencia era tan abrumadora que me envolvió por completo—. Como prisionera, eras descartable. Como mi invitada, eras un blanco fácil. Pero como mi futura esposa...
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara en el espacio minúsculo que nos separaba.
—Como mi futura esposa, eres intocable para cualquiera que valore su cabeza. He trazado una línea de sangre a tu alrededor esta noche. Nadie en esa corte se atreverá a cruzarla.
Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquiera de los objetos que yo había lanzado. El resentimiento y la furia seguían quemándome la sangre, porque odiaba que tuviera razón. Odiaba que, bajo su retorcida y controladora lógica, la jaula en la que me acababa de encerrar fuera el escudo más impenetrable de todo el reino.
Lo fulminé con la mirada, rehusando darle las gracias por haberme convertido en su peón más valioso.
—Estás completamente loco si crees que voy a ser una prometida dócil.
—Me decepcionaría profundamente que lo fueras —murmuró, y esta vez, la sonrisa en sus labios fue real, oscura y cargada de promesas.
La adrenalina de nuestra discusión comenzó a disiparse, dejando tras de sí un silencio denso y pesado. Y fue entonces cuando, por primera vez en toda la noche, me permití mirarlo de verdad. Más allá de la corona invisible, más allá del aura letal.
Bajo la luz parpadeante de las velas, su máscara de príncipe estoico y perfecto mostraba fisuras. Estaba pálido. Demasiado pálido. Su pecho subía y bajaba con una respiración superficial, rítmica y controlada, como si cada inhalación profunda fuera una tortura que se obligaba a contener.
Un destello fugaz de pura agonía cruzó su rostro. Se tambaleó apenas un milímetro. Fue una pérdida de equilibrio microscópica, una fracción de segundo que cualquier otro noble en esa corte habría pasado por alto.
Pero yo no. Yo llevaba toda mi vida leyendo la debilidad en mis enemigos para sobrevivir.
—Te ves fatal —solté, rompiendo la quietud con brusquedad.
La armadura de hielo volvió a su sitio al instante. Se enderezó, tensando la mandíbula. —Estoy bien.
—Ja. Ya. Por supuesto —escupí con una risa seca, acortando la distancia entre nosotros—. Me importa una reverenda mierda si te desangras sobre esta alfombra, príncipe. Pero resulta que hay demasiadas cosas que sabes y que aún no me has contado, y necesito respuestas. Así que cállate y levántate la camisa.
Rowan frunció el ceño, desconcertado por el giro repentino. —¿Qué?
—He dicho que te levantes la maldita camisa. —Crucé los brazos sobre el pecho, plantándome frente a él con los pies bien separados—. Si vas a darme sermones sobre responsabilidades, peligros y líneas de sangre, al menos ten la decencia de no mentirme en la cara sobre tu estado.
—Layla, no es necesario…
—¿Ah, no? —Di dos pasos más hacia él, invadiendo su espacio de la misma forma aplastante que él hacía con el resto del mundo—. ¿Entonces por qué apenas puedes mantenerte en pie? ¿Por qué te tiemblan las manos si te fijas bien? ¿Por qué estás pálido como un puto cadáver?
Nos miramos en silencio. El aire entre nosotros crepitaba con una tensión completamente distinta a la de hace unos minutos. Ya no era un duelo de voluntades; era un pulso contra la realidad.
Finalmente, la resistencia de Rowan se quebró. Exhaló un suspiro largo, áspero y derrotado que, por primera vez desde que lo conocía, lo hizo parecer humano.
Con movimientos exasperantemente lentos y deliberados, llevó las manos al dobladillo de su camisa oscura. La levantó.
El aliento se me atascó en la garganta.
La herida de su costado era una carnicería. Mucho peor de lo que había imaginado cuando lo encontré en la cueva. La piel a su alrededor estaba inflamada, dura al tacto y teñida de un rojo furioso. Pero lo que me heló la sangre fueron las vetas oscuras que nacían del corte y se extendían por su abdomen musculoso como raíces venenosas, buscando camino hacia su corazón. El vendaje que llevaba estaba mal puesto, apenas conteniendo la infección que ya supuraba a través del lino manchado.
—Joder... —murmuré, perdiendo cualquier rastro de hostilidad fingida. El olor metálico y enfermizo de la necrosis incipiente me golpeó de lleno.
—Ya ves —dijo él, esbozando una sonrisa torcida que no llegó a sus ojos grises—. Nada grave.
—¿Nada grave? —La rabia volvió a encenderse en mi pecho, pero esta vez se mezcló con algo que se sentía peligrosamente parecido al pánico—. Estás infectado, pedazo de imbécil. Esas vetas negras... eso es envenenamiento en la sangre.
—Lo sé.
Su respuesta fue tan tranquila, tan absurdamente resignada, que me dejó sin palabras. Lo miré a los ojos, buscando algún rastro del estratega brillante que acababa de dominar a toda una corte, pero solo encontré una aceptación gélida.
—¿Lo sabes? —repetí, incrédula—. ¿Lo sabes y simplemente... qué? ¿Vas a dejarte morir mientras finges que tienes todo bajo control?
Bajó la camisa con sumo cuidado. Vi cómo los músculos de su mandíbula saltaban al rozar la tela contra la carne viva.
—No tengo opción —respondió, y el de líder que carga con todo el peso del mundo en solitario, volvió a su voz—. Si muestro debilidad ahora, si los nobles de esa mesa perciben que estoy vulnerable, si huelen la sangre... todo lo que he construido se derrumba esta misma noche. Y tú estarás en el centro del colapso.
El silencio se instaló de nuevo entre nosotros. Denso. Asfixiante. Cargado de verdades que ninguno de los dos quería reconocer en voz alta. Se estaba matando lentamente para mantener la fachada de terror que nos mantenía a ambos con vida.
Apreté los puños, obligando a mi mente analítica de superviviente a tomar el control sobre el pánico. Volví a repasar mentalmente la imagen de ese vendaje y el color de la herida. Algo no encajaba.
—Aparte de tu evidente complejo de mártir —dije, entrecerrando los ojos—, los médicos de este castillo o son unos completos inútiles, o te quieren ver muerto.
Rowan parpadeó, perdiendo por un instante su máscara de control absoluto. Me miró, genuinamente confundido.
—¿De qué estás hablando?
—De que el vendaje que llevas puesto huele a medicina rancia y a algo más oscuro. Alguien está interfiriendo deliberadamente con la cicatrización —repliqué, dándole la espalda para avanzar con pasos furiosos hacia el escritorio de roble que dominaba una esquina de mi prisión.
No esperé a que asimilara el golpe. Tomé una hoja de pergamino en blanco, destapé el tintero de cristal y agarré la pluma.
—Escribe una orden para que traigan estos materiales —exigí, pero ni siquiera le dejé espacio en la mesa. Empecé a escribir yo misma, con trazos rápidos y afilados.
Las lecciones de mi infancia, aquellas que mi abuela me había obligado a grabar a fuego en la memoria antes de que la guerra nos lo arrebatara todo, volvieron a mi mente con una claridad absoluta y salvadora.
—Llantén. Raíz de consuelda. Caléndula, si es que tienen —murmuré, dejando que la pluma rasgara el papel—. Y corteza de sauce blanco. O jengibre. Me da igual. Cualquier maldita cosa que baje la fiebre, frene la inflamación y evite que la necrosis te alcance el corazón.
Sentí el peso de su mirada clavada en mi nuca. Era una presión casi física, densa y evaluadora.
—Tenemos una reserva botánica en el ala este —respondió él, con voz lenta, procesando el cambio de poder en la habitación—. Pero, Layla, los sanadores reales no te dejarán…
—¿Los sanadores? —Giré sobre mis talones, fulminándolo con la mirada—. Tú eres el que está a cinco minutos de colapsar sobre mi alfombra. Así que ahora vas a hacer exactamente lo que te digo, porque tus médicos te están cavando la tumba.
Terminé la lista con un golpe seco de la pluma y empujé el papel por la mesa hacia él.
—Firma esto. Y dáselo a tus perros falderos de la puerta para que traigan todo aquí. Ahora.
Rowan acortó la distancia con pasos pesados. Tomó el papel. Sus ojos grises recorrieron la caligrafía apresurada, y de pronto, la tensión defensiva de sus hombros cambió. La sorpresa cruzó su rostro estoico, seguida inmediatamente por algo mucho más peligroso: un profundo, absoluto y genuino respeto. La fascinación brilló en sus pupilas.
—Una cataplasma para purgar la toxina y sauce para diluir la sangre... —murmuró, analizando la química letal y curativa que yo acababa de plasmar—. ¿De dónde sacaste este conocimiento?
—Ese no es tu puto problema —escupí, usando su misma frialdad contra él—. Firma.
Por un segundo, el príncipe asesino, el estratega impecable que acababa de poner a toda la corte de rodillas, pareció a punto de discutir. Pero algo en mi determinación inquebrantable lo detuvo. O tal vez fue el simple hecho de que, por primera vez, alguien lo estaba desafiando en su propio terreno y tenía la razón. Cogió la pluma y trazó su firma y el sello real al pie de la lista con un movimiento fluido.
—¿Por qué haces esto? —preguntó en voz baja, ronca, extendiendo el documento hacia mí. Sus ojos buscaban los míos, intentando desentrañar el rompecabezas en el que me había convertido.
La pregunta me atravesó el pecho. No iba a admitir que la idea de verlo morir frente a mí me aterraba.
Arranqué el papel de su mano.
—Porque si te mueres antes de escupir la verdad sobre lo que sabes de mi hermano... —Lo señalé con el dedo, mi voz temblando apenas una fracción por la furia contenida—. Y ni te atrevas a negarlo. Si te mueres antes de decírmelo, te juro que te perseguiré en el mismísimo infierno.
Una sonrisa apenas perceptible curvó la comisura de sus labios. Era una sonrisa cansada, febril, pero absolutamente genuina. Le divertía mi insolencia; le fascinaba que, incluso con su vida pendiendo de un hilo, yo no bajara la espada.
—Entendido.
Me di la vuelta hacia la pesada puerta de roble para entregarle la orden a los guardias.
—Y tú —ordené sin girarme, deteniéndome con la mano en el pomo de hierro—. Por una vez en tu miserable vida, deja de ser un idiota heroico. Siéntate en esa cama. Quítate el resto de la ropa. Y no te atrevas a moverte hasta que yo tenga las hierbas.



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En el texto hay: magia, dragones, magia dioses mundos

Editado: 15.04.2026

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