La Ultima Guardiana

CAPITULO 6

Me quedé inmóvil frente a la pesada puerta de roble. Acababa de entregar el pergamino a los guardias con una orden seca a través de la puerta entreabierta, y ahora solo quedaba esperar.

El silencio en la torre era ensordecedor, roto únicamente por el crujir de los cristales rotos bajo las botas de Rowan.

Me mantuve de costado hacia él, observándolo de reojo, negándome a girar la cabeza por completo para darle toda mi atención. Cumpliendo mi orden con una lentitud exasperante, caminó hasta el centro de la habitación y se detuvo frente a mi cama. Observó el dosel y las sábanas de lino impecable por un segundo antes de llevarse las manos a los cierres de su jubón oscuro.

Cada movimiento que hacía para desvestirse era rígido, un testimonio mudo de la agonía que su rostro se negaba a mostrar. La tela pesada cayó al suelo con un susurro. Luego, se deshizo de la camisa manchada de sangre.

Tragué saliva, incapaz de apartar la vista. Bajo la luz temblorosa de las antorchas, su torso desnudo era un mapa de violencia y poder. Hombros anchos, músculos esculpidos en piedra y una red de cicatrices pálidas que contaban historias de batallas que él había sobrevivido, pero sus enemigos no. Y, justo en el costado, la herida supurante, con esas venas oscuras abriéndose paso bajo su piel febril.

Se sentó en el borde de mi cama. El colchón se hundió bajo su peso, y de pronto, la imagen de él allí, medio desnudo, con el cabello oscuro revuelto y respirando con dificultad en mi espacio, hizo que el aire de la habitación se volviera peligrosamente escaso.

Evitando comprimir el costado herido, se reclinó ligeramente hacia atrás. Apoyó una mano sobre el colchón para sostener su peso y descansó la otra sobre su muslo. Dejó escapar un suspiro ronco, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y los ojos cerrados por una fracción de segundo.

—Admito que no esperaba terminar la noche recibiendo órdenes en tu alcoba —murmuró. Su voz era áspera, profunda, y vibró en el silencio de la torre.

Levantó la mirada hacia mí. A pesar de la fiebre que empezaba a brillar en sus ojos grises, había un destello inconfundible de oscura diversión en ellos.

Me crucé de brazos, aferrándome a mi propia hostilidad como si fuera un escudo.

—No te acostumbres —repliqué, aferrándome a mi hostilidad como si fuera un escudo—. Solo intento evitar que tu cadáver arruine mi alfombra.

Rowan ladeó la cabeza, barriendo con la mirada el caos de la habitación: la lámpara destrozada, el libro tirado, los cristales esparcidos.

—Considerando el trato que le das al mobiliario cuando te enfadas —murmuró con ironía, apoyando la espalda con cuidado para no tensar la herida—, dudo que alguien se sorprendiera de encontrarme muerto en el centro. Dirían que fallaste con la porcelana y pasaste directamente a los cuchillos.

Hizo una pausa, y el atisbo de una sonrisa genuina curvó la comisura de sus labios.

—Supongo que debo agradecer que me estés curando en lugar de rematarme tú misma.

—La noche es joven —respondí, aunque el veneno de mi voz había perdido gran parte de su efecto.

Para enmascarar lo mucho que me alteraba su presencia, endurecí el tono y añadí.

—Te merecías cada objeto que te he lanzado.

—Probablemente —concedió, con una calma que me desarmó por completo. No había burla en su respuesta, sino una aceptación estoica—. Aunque para ser una asesina tan letal como dices, tu puntería con la porcelana deja bastante que desear.

—La próxima vez apuntaré a la cabeza.

Una sonrisa genuina, casi imperceptible, curvó sus labios. Iba a replicar, seguramente con otra provocación arrogante, pero tres golpes secos en la madera a mi espalda me hicieron dar un respingo.

Los guardias.

Me giré, destrabé el cerrojo y abrí la puerta lo justo para bloquear la vista hacia el interior con mi cuerpo. El guardia, un hombre corpulento que evitaba mirarme a los ojos, me tendió una pesada bandeja de plata con manos ligeramente temblorosas. Estaba aterrorizado, seguramente asumiendo que el príncipe estaba a punto de matarme ahí dentro. O viceversa.

Tomé la bandeja sin decir una palabra, cerré la puerta con el pie y pasé el cerrojo de nuevo. El pestillo metálico sonó como una sentencia definitiva. Estábamos solos otra vez.

Aferré la bandeja de plata, cuyo suave tintineo delataba mi respiración agitada. El vapor del agua hirviendo comenzó a disipar el olor a cera quemada, fundiéndose con el aroma a tierra húmeda de las hierbas trituradas: llantén, consuelda y caléndula. Habían traído exactamente lo que pedí.

Alcé la mirada. Rowan me observaba desde la cama, en absoluto silencio, esperando. Ya no era el príncipe de hielo ni el titiritero de la corte. En ese instante, bajo mi techo, era simplemente un hombre que había puesto su vida en mis manos.

Me separé de la puerta y caminé hacia él. Dejé la pesada bandeja de plata sobre la mesita de noche con un golpe seco.

—Tiene peor aspecto de cerca —murmuré, evaluando la negrura que trepaba por sus venas.

—¿Alguna esperanza de supervivencia? —preguntó. Su tono destilaba esa ironía seca tan suya, pero el brillo febril de sus ojos delataba el dolor que intentaba enmascarar.



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En el texto hay: magia, dragones, magia dioses mundos

Editado: 15.04.2026

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