«Quédate en la torre», había dicho. «Cierra la puerta por dentro».
Como si yo fuera un perro faldero dispuesto a acatar órdenes solo porque el amo me había tirado un hueso de advertencia. El eco de los pasos de Rowan apenas se había desvanecido en la escalera de caracol cuando mi mirada recayó sobre la mesita de noche. La pesada bandeja de plata, ahora llena de trapos manchados de sangre, agua turbia y restos de cataplasma, era la excusa perfecta.
Agarré la bandeja, ajustando el peso en mis manos, destrabé el cerrojo y abrí la puerta de roble de un tirón.
Los dos guardias apostados en el rellano se giraron al unísono.
—Hombre, Perico y Benito —dije, forzando un tono ligero y una sonrisa deslumbrante—. Ya os extrañaba. ¿Me ayudáis a llevar esto a la enfermería?
Ninguno se movió. Ni un músculo. Ni un maldito parpadeo. En su lugar, dieron un paso al frente al mismo tiempo, cerrando el espacio y cruzando las astas de sus lanzas, formando una barrera infranqueable de acero y músculo frente a mi cara.
—¿No? —Asentí despacio, fingiendo una profunda y falsa comprensión—. Entendido. Muy caballerosos. Me encanta vuestro entusiasmo por el trabajo en equipo.
Retrocedí un paso y dejé la bandeja con un golpe seco sobre un baúl cercano a la puerta. Si la excusa médica no funcionaba, probaría con el hastío aristocrático. Me apoyé en el marco de la puerta, cruzando los brazos con actitud desenfadada.
—Chicos, seamos razonables —suspiré—. Una dama no puede estar encerrada todo el día sin hacer absolutamente nada. La inactividad marchita el espíritu. Vayamos a por un libro a la biblioteca, ¿sí? Os prometo caminar despacio y no apuñalar a nadie por los pasillos.
El guardia de la izquierda, un hombre corpulento con un perpetuo ceño fruncido, habló por fin. Su voz sonaba tan rígida como su armadura. —Tiene libros aquí, señorita.
Giré la cabeza para echar un vistazo teatral a la pequeña estantería que adornaba una esquina de mi prisión.
—¿Te refieres a esos libros de romances empalagosos y princesas en apuros? —bufé, volviendo a mirarlos con genuino desdén—. Lo siento, pero no son para mí. Me dan alergia. Quería buscar algo más... específico.
Específico. Esa era una forma muy educada de decir que necesitaba registros genealógicos, crónicas de la corte y cualquier documento que me revelara los secretos, las alianzas y las debilidades de Lady Annora, Lord Kael y el resto de la jauría que había intentado devorarme en la cena. Ahora que conocía sus nombres, era el momento de cartografiar el campo de minas. Y si Rowan no iba a darme respuestas sobre las intrigas de este castillo, las iba a desenterrar yo misma.
Pero mi encanto rebotó contra ellos inútilmente.
—Lo siento, señorita —replicó el guardia, sin un ápice de disculpa real en el tono—. El príncipe nos ha dado una orden clara. Nadie entra, y usted no sale.
Me pasé la siguiente hora recorriendo la habitación de un lado a otro como un lobo enjaulado, con la mente trabajando a una velocidad vertiginosa.
La puerta principal era inútil. Los dos mastodontes que Rowan había dejado de guardia no iban a ceder ni aunque la torre se estuviera incendiando. Las ventanas del balcón tampoco eran una opción; la caída hasta el foso era mortal y no había enredaderas lo bastante fuertes para soportar mi peso.
Pero Kyran y yo habíamos estudiado la arquitectura de las fortalezas antiguas. Los castillos de esta magnitud nunca tenían una sola salida. Los nobles siempre construían pasadizos ocultos, rutas de escape para asedios o corredores oscuros para que el servicio se moviera sin ser visto.
Me acerqué a los pesados tapices que cubrían la pared de piedra y empecé a palpar la superficie detrás de ellos. Ignoré el polvo que me hacía picar la nariz y seguí buscando hasta que, detrás de un tapiz que representaba una antigua cacería, sentí un hilo de aire helado.
Mis dedos rozaron la madera. Había una puerta estrecha, perfectamente camuflada en la mampostería.
El corazón me dio un vuelco de triunfo. Apoyé el hombro, empujé con fuerza y la puerta cedió con un gemido sordo, revelando la oscuridad absoluta de un pasillo de servicio. Sonreí. Rowan creía que podía dejarme encerrada como a un pájaro en una jaula, pero se equivocaba.
Di un paso hacia la negrura, lista para deslizarme por el castillo.
Pero no estaba sola.
Alguien ya estaba allí, esperándome.
Antes de que mis ojos pudieran adaptarse a la oscuridad, un brazo fuerte me rodeó la cintura por la espalda, levantándome del suelo, mientras una mano enguantada me tapaba la boca y la nariz con un trapo empapado en un líquido dulce, espeso y repugnante.
Me retorcí con una violencia salvaje. Lancé patadas al aire, arañé el brazo que me apresaba y solté un grito ahogado que murió contra la tela empapada. Pero la falta de sueño de la noche anterior, sumada a la potencia del químico, me traicionó demasiado rápido. Mis extremidades se volvieron de plomo, el aire abandonó mis pulmones y el mundo se disolvió en una negrura absoluta.
En el despacho del ala oeste, Rowan mantenía la mirada fija en los inmensos ventanales que daban al patio exterior del castillo. Apoyaba una mano en el marco de madera, intentando que su respiración fuera lo más pausada posible para no tensar los puntos de su herida.