La Ultima Guardiana

CAPITULO 8

El llanto no duró mucho. Las lágrimas de rabia, miedo y puro agotamiento se enfriaron casi tan rápido como habían caído, dejando tras de sí un vacío afilado. Me pasé el dorso de la mano por las mejillas húmedas, borrando a la fuerza cualquier rastro de debilidad, y me puse en pie despacio, ignorando el dolor punzante en mis rodillas.

Me giré hacia el interior del cuarto de baño de Rowan. Como era de esperar, era inmenso, forrado en mármol oscuro y piedra pulida, con una enorme bañera hundida en el suelo y un sistema de tuberías de cobre que prometía agua caliente.

Fui directo a los grifos y los abrí al máximo. El vapor empezó a elevarse casi de inmediato, llenando el aire con un olor a jabón limpio y sándalo que chocó brutalmente con la peste química que yo desprendía.

Y entonces empezó la verdadera tortura: el vestido.

La seda, que horas antes me había hecho sentir invencible en la cena, ahora era una trampa rígida, apelmazada por el polvo del patio, el sudor y la mugre del saco de arpillera. Llevé las manos a mi espalda, intentando alcanzar los minúsculos botones y los cordones, pero mis dedos, torpes y temblorosos por la resaca de la droga, apenas lograban aferrarlos.

Solté un gruñido de frustración. Tiré de la tela a la altura del hombro y escuché el satisfactorio rasgido de la costura cediendo. Me dio igual destrozarlo. Tiré con más fuerza, forcejeando como un animal atrapado, hasta que la pesada falda cayó al suelo en un charco de seda arruinada.

Pero aún quedaba el corsé.

Las ballenas rígidas se clavaban sin piedad en mis costillas, justo donde más me dolía. Tuve que contorsionarme en un ángulo imposible, jadeando y apretando los dientes, hasta que logré deshacer el nudo ciego que las doncellas habían apretado con tanto esmero. Cuando por fin cedió y pude soltar los enganches delanteros, mis pulmones se expandieron en un suspiro tembloroso y desesperado.

Dejé caer las enaguas y la ropa interior de lino... y me quedé paralizada.

Una mancha inconfundible, oscura y rojiza, ensuciaba la tela.

Parpadeé, con el cerebro aún lento, hasta que un calambre sordo y profundo en el bajo vientre —uno que llevaba horas ignorando, convenciéndome de que era solo una secuela de los golpes del secuestro— reclamó su protagonismo con una punzada aguda.

«Hueles a sangre y a secretos...»

Las palabras de la sílfide dorada resonaron en mi mente como una bofetada. No se refería a la herida de mi mejilla. No se refería a la sangre de Rowan que me había manchado las manos antes. Se refería a esto.

Solté una risa seca, carente de cualquier rastro de humor, que rebotó contra los azulejos del baño. Magnífico. Simplemente brillante. Me habían secuestrado, metido en un saco, drogado, arrastrado por el suelo, había presenciado magia parasitaria que robaba años de vida... y para rematar, el universo decidía que era el momento perfecto para que me bajara la regla. Tenía un sentido de la ironía verdaderamente retorcido.

Negando con la cabeza, me deshice de lo poco que me quedaba puesto y entré en la zona de baño.

No esperé a llenar la bañera. Me metí directamente bajo el chorro de agua hirviendo que caía de una de las duchas de cobre instaladas en la pared. El primer contacto me arrancó un siseo de dolor al escocer sobre los rasguños de mis brazos y la herida de mi pómulo, pero no me aparté. Dejé que el agua me empapara el pelo enredado, que arrastrara el olor a narcótico y a polvo.

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Al otro lado de la pesada puerta de roble, ajenos al sonido del agua que empezaba a correr en el cuarto de baño, el ambiente en los aposentos del príncipe era irrespirable.

La máscara de diversión constante había desaparecido por completo del rostro de la Bestia del Trueno.

—Te has vuelto completamente loco —siseó Hak.

Su voz había perdido todo rastro de sarcasmo; sonaba áspera, vibrando con una furia contenida. Dio un paso al frente, y su imponente figura pareció llenar el espacio de la habitación, volviéndolo aún más amenazante.

—Diez años, Rowan —continuó, clavando una mirada acusadora en el príncipe—. Esa sanguijuela dorada te ha arrancado diez años de vida. ¿Y para qué?

Hak señaló con un gesto brusco hacia la puerta por la que Layla había desaparecido.

—¿Para rescatar a una gatita en apuros? —escupió las palabras con desdén—. Haber dejado que se la llevaran. Es un nido de problemas que te metieron a la fuerza en tu propia casa.

Rowan se mantuvo estoico, pero un músculo latió con fuerza en su mandíbula. Lejos de retroceder ante el silencio de su señor, la Bestia del Trueno acortó la distancia entre ambos, buscando alguna grieta en su fría fachada.

—Dímelo —exigió Hak en un gruñido grave—. ¿Desde cuándo el estratega más frío del reino quema su propio futuro por el bienestar de un peón ajeno?

Un silencio denso y sepulcral cayó sobre la habitación. Rowan sostuvo la mirada de su capitán sin parpadear. Cuando finalmente habló, su voz bajó una octava, convirtiéndose en un murmullo peligroso, oscuro y absolutamente territorial.

—Ella no es un peón ajeno —sentenció. La tensión en su mandíbula se extendió a la rigidez de sus hombros antes de soltar la verdad que tanto pesaba—. Hak, ella es la elegida. Es responsabilidad mía protegerla para que no se extravíe como su hermano.

Hak entrecerró los ojos azules, asimilando el peso aplastante de esa revelación. Pero antes de que el guerrero pudiera exigir más explicaciones sobre aquel título, Rowan alzó una mano, cortando el tema de raíz.

—Ahora, déjate de sermones morales y dime qué averiguaste en la frontera —ordenó el príncipe, recuperando en un parpadeo su tono gélido y calculador—. Mencionaste un sello negro justo antes de que tuviéramos que destrozar ese carro en el patio.

Toda la furia de Hak pareció evaporarse de golpe, reemplazada por un cansancio sombrío que le sumó años de repente. El gigante exhaló un suspiro áspero y arrastró una silla de madera maciza, cuyo chirrido contra la piedra rompió la quietud de la sala. Se dejó caer en ella con pesadez, apoyando los antebrazos en los muslos.



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En el texto hay: magia, dragones, magia dioses mundos

Editado: 15.04.2026

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