La pesada puerta de roble se cerró tras los sirvientes con un chasquido suave, y el silencio cayó sobre la habitación como una manta pesada.
Me giré hacia Hak con toda la satisfacción de una reina que acaba de dictar su primera ley.
Él me observó durante un segundo eterno. Sus ojos azules brillaban con una mezcla inestable entre el asombro absoluto y la diversión pura. Y entonces, simplemente, se rompió. Explotó en una carcajada tan estruendosa que tuvo que apoyarse en las rodillas para no perder el equilibrio.
—Por todos los dioses... —rio, negando con la cabeza mientras intentaba recuperar el aliento—. ¿Acabas de amenazar con mandar a un aprendiz a cruzar medio continente por un café?
—Y lo haré si es necesario —repliqué, alzando la barbilla con un orgullo descarado.
—De verdad... —murmuró, mirándome con ese asombro genuino que rara vez dejaba asomar—. Cada vez me sorprendes más, cervatillo. Pides cruasanes como quien exige tributo de guerra.
—Y tú te ríes como un idiota —le devolví, dejándome caer en el diván con una mueca de victoria apenas contenida.
Hak se enderezó, limpiándose una lágrima invisible de la comisura del ojo, y se cruzó de brazos con esa soltura insultante que parecía formar parte de su propia anatomía.
—Quizás —concedió, con la voz aún vibrando por la risa—. Pero admítelo: conmigo aquí, tu encierro va a ser muchísimo menos aburrido.
—O infinitamente menos soportable —repliqué al instante.
Mi bufido pretendía sonar teatral, pero la fuerza se me fue en un repentino calambre que me atravesó el bajo vientre. Me recliné en el diván con un suspiro sordo, intentando disimular la punzada. El tejido de lana suave de mi vestido rozó contra la tela áspera del tapizado, un sonido que pareció demasiado íntimo en la repentina quietud que nos envolvía. Cerré los ojos, fingiendo que podía librarme de su intensa mirada, de su enorme presencia llenando la mitad del oxígeno de la habitación.
Hak soltó un silbido bajo y perezoso, el de alguien que disfruta incluso del silencio porque sabe que la batalla aún no ha terminado. Se dejó caer en el sillón de enfrente con la gracia de un depredador satisfecho y apoyó las botas —sin el menor pudor ni vergüenza— en el borde de la mesa baja.
—Vaya… —murmuró, arrastrando las vocales. Pude sentir sus ojos entrecerrados clavados en mí—. Así que prefieres aburrirte hasta la locura antes que entretenerte conmigo. Eso sí que es crueldad.
Abrí los ojos solo para fulminarlo.
—No confundas la crueldad con el sentido común, grandullón.
Su risa grave reverberó de nuevo, colándose bajo mi piel como humo caliente.
—El día que te canses de insultarme, cervatillo, sabré que me has cogido cariño.
—Ese día llegará cuando se apague el sol —dije.
Giré el rostro, rehusando mirarlo. Un nuevo retortijón me recordó que mi cuerpo seguía librando su propia guerra interna, y la frialdad de la estancia no estaba ayudando. Con un resoplido indignado, me levanté del diván de un salto y caminé hacia los enormes ventanales.
Empujé de par en par las contraventanas de madera que Hak había cerrado antes. El aire fresco me golpeó el rostro, arrebatándome el aliento, pero la luz del mediodía inundó la habitación como un río dorado, convirtiendo cada partícula de polvo suspendida en el aire en una constelación diminuta.
Inspiré hondo, profundo, intentando limpiar el veneno y la tensión de la mañana en un solo aliento. Luego, me dejé caer en el suelo, justo donde la claridad se extendía como un charco brillante sobre la piedra.
Cerré los ojos y me estiré, buscando el alivio térmico. El contraste era exquisito: la dureza de la piedra bajo mi espalda y el calor del sol descendiendo sobre mi vientre y mis piernas como dedos de fuego. Por primera vez en horas, sentí algo parecido a la paz.
—En serio… —la voz de Hak rompió mi burbuja como una piedra arrojada a un estanque—. ¿Ahora te tiras a tomar el sol en mitad del suelo como una gata callejera?
—Al menos aquí me da la luz —mi respuesta salió perezosa, casi somnolienta, arrullada por el calor—. Es mucho mejor que seguir oliendo a tu ego en aquel rincón.
Escuché el roce de sus botas al levantarse y, segundos después, una sombra inmensa me cubrió el rostro, robándome de golpe la calidez que tanto necesitaba.
—Ya decía yo que buscabas pelea —ronroneó Hak. Sentí la vibración de su voz justo a mis pies, donde se había plantado como una montaña inamovible, bloqueando mi único consuelo.
Arrugué la nariz con fastidio y dejé escapar un suspiro exasperado, negándome en redondo a mirarlo o a ceder un solo milímetro de mi territorio improvisado.
—Pues muévete, grandullón —murmuré con voz pastosa, agitando una mano en el aire con pereza, como si intentara espantar a un mosquito gigante—. Me estás tapando la luz.
Hubo un silencio breve. Y entonces, escuché el crujido del cuero y el impacto sordo de un cuerpo inmenso acomodándose a mi nivel. El suelo de piedra vibró bajo mi espalda.
Abrí los ojos de golpe, con la alarma latiendo en mi garganta.
Hak se había tumbado en el suelo, estirando su inmenso cuerpo sobre la piedra iluminada justo a mi lado. Su muslo y su hombro rozaban los míos con una familiaridad descarada que me erizó hasta el último vello de la piel.
—Qué remedio… —dijo con una sonrisa torcida. Giró el rostro hacia mí, a escasos centímetros del mío, y cerró los ojos como si estuviera descansando en un prado primaveral—. Si vas a ser mi prisionera, al menos compartiremos el sol.
No respondí. Tragué saliva. El sol me calentaba la piel expuesta, pero lo que realmente me quemaba era su proximidad. Podía sentir el calor masivo que irradiaba su cuerpo, la dureza de su brazo presionado contra el mío en el suelo. Cada centímetro que nos separaba parecía cargado con una electricidad densa y peligrosa.
—¿Eres siempre tan insoportablemente pesado? —pregunté en un susurro. La voz me salió más débil, más rota de lo que pretendía.