La Ultima Guardiana

CAPITULO 10

El calor abrasador de Rowan desapareció de golpe. Se apartó de la cama con un movimiento fluido, dándome la espalda. Ante mis propios ojos, vi cómo el monstruo obsesivo que acababa de jurar quemar el mundo se replegó en las sombras, y el príncipe inquebrantable de hielo volvía a tomar el control. Se alisó la pechera de la camisa y se ajustó los puños con una precisión mecánica, caminando hacia la puerta con una frialdad que me revolvió el estómago.

La abrió de un tirón. Al otro lado del umbral, la silueta inmensa de Hak bloqueaba la luz del pasillo.

—Vigílala —ordenó Rowan, su voz carente de cualquier emoción, como si la tormenta de hace un segundo jamás hubiera existido—. Tengo una montaña de papeleo militar que revisar y un consejo de buitres esperándome. Que nadie cruce esta puerta.

—Como mande, Alteza —concedió el gigante con su arrastre perezoso.

Rowan desapareció por el corredor sin concederme el lujo de una última mirada. El sonido de sus botas se perdió en la distancia justo cuando Hak entraba y cerraba la pesada puerta de roble. El clic metálico sonó a sentencia definitiva.

En el instante en que me quedé a solas con él, mi cuerpo reaccionó. Retrocedí a rastras sobre el colchón, arrugando las sábanas impecables, hasta que mis omóplatos chocaron bruscamente contra la madera de la cabecera. Recogí las rodillas contra el pecho y las abracé con fuerza, convirtiéndome en un ovillo defensivo. Temblaba de pies a cabeza. No era frío, ni mucho menos el terror que él pretendía inspirarme. Era pura rabia. Un veneno espeso y ardiente que me quemaba las venas y amenazaba con derretirme los huesos.

Hak permaneció junto a la puerta unos largos segundos, escrutando la escena en un silencio denso. Evaluó mi respiración entrecortada y, con un suspiro lento y resignado, arrastró una silla de madera maciza para colocarla junto al diván, manteniendo una distancia meticulosamente prudencial de mi cama. Se dejó caer en el asiento, estiró sus interminables piernas y se cruzó de brazos, dispuesto a montar guardia frente a las ruinas de mi cordura.

—Tengo que admitirlo, cervatillo... —rompió el silencio, su voz profunda retumbando con una diversión peligrosa—. He visto a mercenarios curtidos mearse encima solo con que Rowan les sostuviera la mirada. Pero tú... tú le has cruzado la cara con la mano abierta. Creo que hasta le has aflojado una muela.

No moví un músculo. Mantuve la vista clavada ciegamente en un hilo suelto de la colcha, negándome a concederle siquiera el parpadeo de una reacción. Tenía la mandíbula tan encajada que el dolor me palpitaba en las sienes.

Hak dejó que el silencio se estirara, evaluando mi inmovilidad pétrea.

—Deberías haber visto la cara del guardia del pasillo sur —continuó, adoptando un tono de charla de taberna que chocaba grotescamente con la realidad de mi encierro—. Le he dicho que si una sola mosca cruzaba esa puerta sin permiso, usaría su casco de hojalata como maceta. Casi se orina encima.

Apreté los brazos alrededor de mis piernas hasta que los nudillos se me pusieron blancos, cortando mi propia circulación. Escuché el crujido quejumbroso de la silla cuando se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas para forzar su enorme presencia en mi campo de visión periférica.

—Oye, cervatillo... Tienes que admitir que el numerito del príncipe ha tenido su encanto. Dramático, sí, pero efectivo. Hacía años que no lo veía perder los estribos de esa manera. Te estás ganando una medalla al mérito en desquiciar a la realeza.

Ignoré su voz grave y su intento evidente de pincharme. Sabía exactamente lo que estaba haciendo: quería provocarme, hacerme saltar para desinflar la tensión y evitar que me ahogara en mi propia bilis. Pero le negué el placer.

—¿Ni siquiera un insulto sobre mi inteligencia? —Chasqueó la lengua, fingiendo una decepción teatral—. Vamos, saca las garras. Dime que soy un gorila descerebrado. Dime que huelo a perro mojado. Algo. Me aburro mortalmente si no intentas morder.

La rabia bullía bajo mi piel, ácida y corrosiva, pero me tragué hasta la última sílaba, convirtiendo mis facciones en piedra tallada. Si querían una prisionera, tendrían una. Pero no iba a ser su bufón para matar las horas muertas.

El gigante ladeó la cabeza. Sus ojos azules escrutaron mi mutismo, leyendo las señales. La sonrisa burlona se desvaneció lentamente al comprender que, esta vez, mi coraza no iba a ceder con bromas.

Dejó escapar un suspiro largo, ronco y exasperado.

—Odio el silencio —murmuró.

El chirrido de la madera contra la piedra me advirtió de que se había puesto en pie. Aun así, me negué a mirar. No fue hasta que su inmensa sombra devoró la luz de la ventana, eclipsándome por completo, cuando comprendí que ya estaba a mi lado. Alcé el rostro de golpe, con una advertencia afilada a punto de brotar de mis labios.

No me dio tiempo.

Sin pedir permiso, sin la más mínima vacilación, Hak invadió mi espacio. Sus manos, inmensas y brutalmente cálidas, se deslizaron bajo mis brazos con una seguridad aplastante. Antes de que mi cerebro pudiera ordenar a mis músculos que pelearan, me levantó del colchón como si yo no pesara más que una muñeca de trapo. Con dos zancadas fluidas, impropias de un hombre de su tamaño, devoró la distancia de vuelta al diván. Se dejó caer entre los cojines y, en un solo movimiento perfectamente calculado, me arrastró con él.

El impacto me dejó sin aliento. Terminé sentada en su regazo, con la espalda chocando contra el muro de músculo sólido que era su pecho. Sus brazos me rodearon la cintura al instante, entrelazando las manos sobre mi estómago para anclarme a él. No era un agarre doloroso. Era una jaula de calor, implacable y de una firmeza absoluta.

—¡¿Qué haces?! —estallé. La rabia rompió por fin el hielo de mi garganta, rasgando el aire. Intenté zafarme, pero empujar a Hak era como intentar mover los cimientos del castillo a mano desnuda.



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En el texto hay: magia, dragones, magia dioses mundos

Editado: 15.04.2026

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