La Ultima Guardiana

CAPITULO 11

—Yo... vengo del Este —empecé. La voz me salió rasposa, como si las palabras fueran trozos de cristal en mi garganta—. Y allí nada es fácil, Hak. Nada es hermoso.

Él asintió lentamente. Su rostro se había despojado de cualquier máscara.

—Lo sé. No es tierra de rosas ni de cuentos para ir a dormir.

—No, no lo es. —Tragué saliva. Sentí que estaba a punto de rasgar las costuras de una herida que llevaba años pudriéndose en la oscuridad—. Pero yo no nací en la calle. A mí me arrojaron a ella.

Sentí cómo la mole de músculo bajo mis piernas se tensaba hasta volverse granito. Hak me escuchaba con una atención absoluta, casi reverencial.

—Tenía sangre. Un hermano. Éramos él y yo contra el resto del mundo —continué. Mi propia voz me sonaba hueca, lejana, como si estuviera recitando la tragedia de una extraña—. Pero alguien le envenenó la cabeza con una idea estúpida. Una vieja leyenda. Promesas de grandeza y un destino que, según él, nos pertenecía por derecho de nacimiento.

Cerré los ojos con fuerza para bloquear el recuerdo, pero fue inútil. La imagen del muelle envuelto en bruma y la silueta de su espalda alejándose hacia los barcos me golpeó con la misma brutalidad que un puñetazo en las costillas.

Alcé la vista de nuevo, clavando mis ojos en los suyos, negándome a parpadear.

—Le supliqué que se quedara —las palabras salieron a trompicones, oxidadas por el desuso—. Pero la maldita ambición gritaba más fuerte que yo. Me dijo que esperara. Que volvería a por mí cubierto de gloria para arrancarme de la miseria. —Solté una carcajada amarga que me arañó la garganta—. Y la muy idiota esperó. Me pudrí en aquel puerto, sola. Pasaron los días, luego las semanas. El frío me astillaba los huesos y el hambre me hacía delirar, pero no me moví de las putas tablas del muelle.

Hice una pausa para tomar aire. El nudo en mi garganta era del tamaño de una roca, pero sostuve su mirada con pura terquedad.

—Lo esperé hasta que el hielo me enseñó que nadie iba a venir a salvarme. Comprendí que me había abandonado para ir a morir por un cuento de hadas.

Dejé que el eco de mis palabras flotara en el aire pesado de la habitación. Endurecí la mandíbula, alzando el mentón. Ya no buscaba su empatía; exigía que entendiera al monstruo en el que me había convertido.

—Allí aprendí la única regla que importa en este mundo: la esperanza es un lujo que te pudre mucho más rápido que la peste. Confiar en promesas, en destinos o en la «protección» de hombres grandes con espadas... eso es para los cadáveres que aún respiran.

Apreté los dedos sobre su abdomen, clavando levemente las uñas a través de la camisa para anclarme a su calor, al aquí y ahora.

—Por eso muerdo, grandullón. Porque si bajo la guardia esperando a que me rescaten, me muero.

El silencio que se instaló entre los dos fue aplastante. Hak no ofreció compasión barata. No pronunció frases vacías ni me dijo que todo saldría bien, porque ambos sabíamos que era mentira. Simplemente alzó su mano libre, inmensa y letal, y con una delicadeza que me rompió por la mitad, apartó un mechón de pelo pegado a mi mejilla. Su pulgar áspero rozó la piel justo en el surco húmedo de una lágrima traicionera que no me había dado cuenta de derramar.

Ese roce. Ese maldito y suave roce, tan impropio de la Bestia del Trueno, pulverizó mi última línea de defensa.

El pánico me inundó. No quería su piedad. No quería volver a ser la niña aterrorizada del muelle. Necesitaba quemar ese recuerdo, ahogarlo, dejar de pensar, dejar de sentir.

Antes de que sus labios pudieran articular una sola palabra de consuelo que terminara de destruirme, me abalancé sobre su boca.

No fue un beso; fue un choque brutal de dientes y rabia. Mis manos volaron a su nuca, enredando los dedos en su pelo oscuro con la fuerza de un náufrago desesperado. Tiré de él hacia mí como si pretendiera arrancarle el alma a través de los labios para llenar mi propio vacío. Hak se quedó paralizado una fracción de segundo, sorprendido por el impacto, pero entonces soltó un gruñido sordo. Una vibración puramente animal que nació en su garganta y retumbó directamente en mi pecho.

Y entonces, la Bestia despertó.

Su sorpresa duró apenas el latido de un corazón antes de calcinarse, devorada por un hambre tan cruda que me hizo temblar.

Sus enormes manos se cerraron sobre mis costillas, robándome el aliento. Con un movimiento brutal que ni siquiera rompió el contacto de nuestras bocas, me alzó por la cintura y me giró. Terminé a horcajadas sobre sus muslos, aplastada contra la pared de su pecho.

Sentir la fricción directa de mi centro contra la dureza de su cuerpo me arrancó un gemido quebrado, arqueándome la espalda por puro instinto. Él se bebió ese sonido. Su lengua invadió la mía con una autoridad absoluta, reclamando el territorio de mi boca con la misma fiereza con la que conquistaba el Norte. Clavé las uñas en su camisa mientras una oleada de calor espeso me nublaba los sentidos, borrando el mundo exterior.

Ya no había pasado. Ni puerto. Ni abandono. Solo existía la presencia masiva de Hak, el sabor a tormenta y acero de su boca, y mi propia necesidad salvaje de consumirme en su incendio.

—Hak... —supliqué contra sus labios. Fue un ruego y una orden, un sonido desesperado.

Él no necesitó que se lo repitiera. Ya no éramos la prisionera arisca y el general burlón; éramos dos fieras colisionando, devorando el escaso oxígeno de la habitación.

Tiré de la tela gruesa de su túnica, desesperada por tocar piel. Hak soltó un gruñido ronco y, de un solo tirón violento, se arrancó la prenda por la cabeza, arrojándola lejos como si la tela le quemara. La visión de su torso desnudo —un relieve de músculos tensos y cicatrices pálidas entrelazadas como un mapa de matanzas— me robó el aire.

No me dio tiempo a recrearme en él. Sus palmas, inmensas y abrasadoras, se hundieron bajo la seda destrozada de mi vestido, subiéndolo por mis muslos con una urgencia febril. El roce áspero de sus callos contra mi piel desnuda me arrancó un jadeo. En un movimiento fluido y depredador, tiró de la prenda por encima de mi cabeza y la desechó.



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En el texto hay: magia, dragones, magia dioses mundos

Editado: 15.04.2026

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