La Ultima Guardiana

CAPITULO 13

El chirrido de la puerta rompió el silencio como un cristal estrellándose contra el suelo. Pasos firmes resonaron en la piedra antes de que siquiera levantara la cabeza.

Rowan estaba de pie en el umbral como una estatua tallada en hielo y sombras, inmóvil, letal. La luz del mediodía lo rodeaba como una aureola dorada, pero había algo en su quietud que me recordaba a los depredadores antes del ataque—esa calma antinatural que precedía a la violencia. Cada ángulo de su figura se recortaba con una precisión casi cruel contra el marco de la puerta, como si el sol mismo lo hubiera elegido para ser el presagio de mi perdición.

Sus ojos grises barrieron la habitación con la lentitud calculada de un cazador evaluando su territorio, catalogando cada detalle, cada amenaza, cada debilidad. Primero se detuvieron en Hak—reclinado en el suelo con las manos entrelazadas tras la cabeza y esa sonrisa torcida que gritaba peligro a cualquiera con dos dedos de frente—y luego, inevitablemente, se clavaron en mí.

Aún estaba tendida en el charco de luz solar como una gata indolente, el satén azulado de mi vestido extendido a mi alrededor como pétalos dispersos. La tela se había deslizado peligrosamente hacia arriba, exponiendo más pierna de la que cualquier dama decente mostraría jamás, y el escote pronunciado dejaba poco a la imaginación. Me sentí desnuda bajo su mirada, como si pudiera ver a través de la seda hasta llegar a mi alma.

El aire entre nosotros se espesó hasta convertirse en algo tangible, pesado, cargado de electricidad estática que me erizó cada centímetro de piel expuesta. Podía sentir la tormenta acumulándose en el espacio que nos separaba.

—¿Qué es esto?

Su voz fue baja, grave, con ese filo afilado que cortaba más profundo que cualquier espada forjada en las fraguas del reino. No era una pregunta. Era una acusación envuelta en terciopelo negro, una sentencia pronunciada por un juez que ya había decidido mi culpabilidad.

El sonido me atravesó como una lanza de hielo, y tragué saliva antes de que mi garganta pudiera cerrarse completamente.

Hak, lejos de inmutarse ante la tensión que ahora vibraba en el aire como cuerdas de arpa demasiado tirantes, se incorporó despacio. Cada movimiento era una sinfonía de control muscular, la fluidez líquida de un guerrero que saborea la batalla antes de entrar en ella. Sus músculos se ondularon bajo la tela de su camisa mientras se alzaba, y pude ver el momento exacto en que decidió convertir la provocación en un arte.

—Tomando el sol, Alteza.

Su voz sonó casi inocente, pero la sonrisa que curvaba sus labios era pura insolencia destilada en su forma más pura. Era la sonrisa de un hombre que había visto arder imperios y se había calentado las manos al fuego de su destrucción.

Hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio se espesara como miel envenenada entre nosotros, antes de añadir con descaro afilado como un cuchillo recién forjado:

—El encierro se hace más llevadero así. Ya sabe... un poco de vitamina D para la prometida.

La última palabra cayó entre nosotros como una bomba silenciosa.

Me incorporé de golpe, mi cuerpo reaccionando antes que mi mente. El rubor me ardió en las mejillas como fuego líquido, la indignación trepándome por la garganta hasta casi ahogarme.

El movimiento brusco hizo que el vestido se deslizara aún más, y tuve que tirar desesperadamente de la tela para cubrirme mientras mi corazón martillaba contra mis costillas como un pájaro enjaulado.

—No soy la prometida de nadie —bufé, las palabras saliendo más para Hak que para Rowan, aunque sonaron demasiado defensivas para ser creíbles, demasiado desesperadas para ser convincentes.

Pero el príncipe no apartó la vista. Sus ojos seguían fijos en mí con la intensidad de un láser, y su mandíbula era puro acero contenido—la línea tensa de alguien que luchaba contra algo invisible y peligroso que amenazaba con explotar en cualquier momento.

—Levántate, Layla.

La orden cayó sin elevar la voz, pero con un peso que no admitía réplica. Sus ojos no dejaban de evaluar la escena —a mí, a Hak, la cercanía entre nosotros.

Me puse de pie lentamente, sacudiéndome el vestido. El rubor aún me quemaba las mejillas.

—Estaba tomando el sol. No hay nada malo en eso.

Rowan no respondió de inmediato. Su mandíbula se tensó visiblemente, como si estuviera mordiendo palabras que no podía pronunciar. Finalmente, apartó la mirada de Hak y me miró directamente.

—Los guardias a los que casi quemas ayer están bien. El fuego fue controlado antes de que se extendiera.

Hizo una pausa, y entonces el sarcasmo goteó de sus labios como veneno:

—Gracias por tu preocupación.

El golpe me atravesó. Bajé la mirada, sintiendo cómo la vergüenza y la rabia peleaban dentro de mí.

—Lo siento—murmuré, aunque las palabras me quemaron—. No quería que nadie saliera herido.

Rowan suspiró, el sonido llenando el silencio entre nosotros. Por primera vez pude ver las líneas de tensión alrededor de sus ojos, la rigidez en sus hombros que hablaba de noches sin dormir y días interminables.

—He pasado toda la mañana reunido con el consejo.

Su voz sonaba cansada, áspera. Se frotó el puente de la nariz con dedos que temblaban apenas.

—No les habías causado buena impresión desde el principio, Layla... pero ahora tu reputación está por los suelos. Y cada rumor sobre ti se convierte en un arma que usan contra mí en el consejo.

Lo fulminé con la mirada.

—Perfecto. Así tienen otra excusa para odiarme.

Dio un paso hacia mí, su sombra extendiéndose sobre el suelo como tinta.

—No entiendes lo que significa. El consejo no solo te juzga a ti... me juzga a mí por tenerte aquí. Cada cosa que haces, cada susurro en los pasillos, es un filo que puede volverse contra los dos.

Le sostuve la mirada, sintiendo cómo el pulso me latía con fuerza en el cuello.




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