La Ultima Guardiana

CAPITULO 16

Hubo un silencio tenso, cargado de palabras no dichas.

Y entonces, sin previo aviso, su expresión cambió.

—Te llevas bien con Hak, ¿verdad?

La pregunta cayó entre nosotros como un cuchillo. El tono fue casual, pero había algo afilado escondido debajo.

—¿¡Qué?! —repliqué de inmediato, indignada—. ¿Cómo puedes siquiera...? ¡No! Para nada. Es insoportable. Arrogante, provocador, siempre burlándose...

—Layla. —Mi nombre en sus labios fue una orden suave.

Ladeó la cabeza apenas, estudiándome, y una sonrisa apareció despacio. Pero no era la sonrisa controlada del príncipe político. Era algo diferente: extraña y triste, casi melancólica, como si doliera.

Su mano se alzó despacio. Rozó mi cabello con la punta de los dedos —apenas un susurro de contacto— y me apartó un mechón rebelde, colocándolo detrás de mi oreja.

El gesto fue tan suave, tan íntimo, que me heló y me encendió a la vez. Fuego y hielo.

No pude moverme. No pude respirar.

—Voy a ponerme celoso —susurró, su voz descendiendo hasta convertirse en un murmullo bajo, oscuro. Sonaba como amenaza y promesa a la vez, como advertencia y confesión.

Mi estómago dio un vuelco. "Cabrón", pensé, recordando ese beso que Hak me había robado en el cuello, dejando una marca que Rowan había visto. Pero apreté la mandíbula, negándome a darle la satisfacción de ver cuánto me afectaban sus palabras.

Respiré hondo, intentando recuperar control.

—No trajiste a Hak solo para vigilarme, ¿verdad? —pregunté, forzando firmeza en mi voz.

La transformación en Rowan fue instantánea. Como si hubiera apretado un interruptor.

—No. —Su respuesta fue inmediata, cortante, gélida—. Hak tiene ojos en cada rincón del reino. Conexiones que yo nunca podría establecer. Lealtades que van más allá de la sangre y el oro. Lo necesito aquí tanto como necesito que tú sigas respirando.

La comparación me golpeó como un puñetazo. Me crucé de brazos, sintiendo la rabia escalando en mi pecho.

—Te recuerdo que no estoy aquí para jugar a ser tu prometida frente al consejo —mi voz salió más firme de lo esperado—. Quiero saber quién mató a mi hermano. Ese es el trato. Ese es el único maldito motivo por el que sigo aquí.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros, afiladas y peligrosas. Rowan no apartó la mirada. Sus ojos grises eran acero puro, pero detrás de esa dureza había un brillo que no supe leer: pena, tal vez. O culpa. O ambas.

El silencio del jardín se volvió insoportable. Solo el canto de los grillos llenaba el espacio entre nosotros.

—Lo sé, Layla —respondió al fin, su voz descendiendo hasta volverse más grave—. Créeme que lo sé. Yo también quiero saber quién diablos mueve los hilos entre las sombras del palacio. Quién está jugando este juego desde la oscuridad. Porque si no lo descubro pronto... —hizo una pausa— si no desentraño esta conspiración antes de que sea demasiado tarde... no podré protegerte. Y eso es algo que no puedo permitirme.

Carraspée, intentando disipar la tensión en mi pecho, y aparté la mirada hacia la oscuridad del jardín. No quería que descubriera el efecto que su cercanía tenía sobre mí, el calor que irradiaba de su cuerpo y se filtraba bajo mi piel.

—Hak ha dicho que va a entrenarme —murmuré, bajando la vista hacia el suelo—. Así que... supongo que no podré asistir a tus lecciones de protocolo. Pero... —forcé las palabras a salir— me comportaré. En público. Te lo prometo.

Rowan no respondió enseguida. Me observó en silencio, evaluando cada palabra, cada gesto, como si midiera la distancia entre rendirse y confiar. Al fin, se pasó una mano por el rostro, agotado.

—Eso no me molesta —dijo al fin—. Prefiero verte aprender a defenderte con espada que convertida en un adorno vacío en reuniones del consejo. Hak sabe lo que hace. Es el mejor entrenador que conozco.

Levantó la vista, y su voz adoptó un matiz grave y sincero.

—Y si me prometes que medirás tus palabras en público, que controlarás ese temperamento cuando haya oídos escuchando... —hizo una pausa— yo me encargaré de que nadie del consejo se atreva a tocarte un solo cabello. Nadie. Te doy mi palabra.

Sus ojos grises se fijaron en mí con intensidad. Brillaban con una mezcla de advertencia y promesa.

—Pero no bajes la guardia ni un segundo, Layla. Ni uno. El entrenamiento de Hak es brutal, y las miradas del consejo serán peores que cualquier golpe. Te observarán como a un error esperando a romperse.

Su mano volvió a mi cintura, pero esta vez el gesto fue distinto. No había juego seductor ni posesión calculada. Era un gesto instintivo, casi humano, para anclarme. Para recordarme que no estaba sola.

Entre las enredaderas y el murmullo de la fuente, el jardín entero parecía contener el aliento. La luz de las antorchas apenas alcanzaba a rozarnos, creando sombras que bailaban sobre nuestros rostros.

—Estás agotado... —susurré, estudiando las líneas de fatiga alrededor de sus ojos.

—Ha sido un día largo —admitió Rowan, y el temblor de la llama iluminó las sombras bajo sus ojos como moretones.

—Debemos ser un equipo, real —murmuré, reuniendo coraje—. Sin mentiras ni secretos, si queremos que esta farsa no se derrumbe. Si hay algo, cualquier cosa en la que pueda ayudarte... —mi voz se quebró en un tono más suave, casi un ruego.

Rowan sostuvo mi mirada. La penumbra del jardín nos envolvía como un refugio, protegiéndonos del mundo exterior.

—Lo sé —dijo al fin, exhalando hondo—. Y cada vez que te miro, me pregunto si de verdad puedo meterte en este caos sin destrozarte. Si tengo derecho a arrastrarte a las sombras conmigo. Pero tienes razón: si vamos a mantener este teatro, si queremos sobrevivir... debe ser juntos. Juntos del todo.

Se inclinó hacia mí, acortando el espacio entre nosotros. La sombra de las hojas dibujó relieves sobre su rostro, haciéndolo parecer a la vez más joven y más antiguo.




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