La Ultima Guardiana

CAPITULO 17

El agua dejó de correr. Hak se acomodó en el diván, los brazos cruzados tras la cabeza, victorioso pese a haber perdido la cama. Yo lo observaba de reojo desde las mantas, el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir.

La puerta del baño se abrió despacio. Una nube de vapor escapó hacia la habitación, y Rowan emergió con una toalla blanca colgando peligrosamente baja en sus caderas.

Su torso desnudo brillaba por el agua. Pequeños riachuelos descendían por su pecho, siguiendo las líneas de sus músculos hasta perderse bajo la toalla. El cabello oscuro goteaba sobre sus hombros, algunas gotas resbalando por su cuello, su clavícula, el valle entre sus pectorales.

Se detuvo en el umbral. Mi respiración se atascó.

Un calor intenso me golpeó desde el vientre, expandiéndose por todo mi cuerpo. Las mejillas me ardieron, la piel entera se erizó. El pulso se aceleró con fuerza traicionera, recordándome que hacía demasiado tiempo desde la última vez que había estado cerca de alguien de esa manera.

"Contrólate."

Pero mi cuerpo no obedecía.

Su mirada gris recorrió la habitación: Hak en el diván, yo en la cama jugando nerviosa con la manta.

—¿Todo en orden? —preguntó con voz grave.

—Todo perfecto —respondió Hak antes que yo—. He sido un caballero y la he dejado quedarse con la cama. No queremos que el cervatillo se sienta incómodo.

—Qué generoso —repliqué, intentando sonar serena—. Pero no lo hice por tu cortesía, Hak.

Él sonrió de medio lado.

—Vaya, y yo que creía que aún te daba miedo compartir cama con el príncipe.

—Me dan más miedo tus ronquidos.

La sonrisa de Hak se ensanchó. La de Rowan apenas tembló, reprimiendo fastidio o diversión.

Rowan caminó hasta la cómoda, tomó otra toalla y comenzó a secarse el cabello.

—Hak, te toca —dijo por fin.

Hak levantó una ceja.

—¿La ducha… o compartir cama con el cervatillo?

—La ducha —replicó Rowan sin mirarlo.

Hak soltó una carcajada, incorporándose con pereza felina.

—Ya, ya. No sabes lo mucho que me tienta la otra opción, Alteza. —Se desperezó y pasó junto a la cama, inclinándose apenas hacia mí—. No te duermas antes de que vuelva, princesa. Quiero mis buenas noches.

Rodé los ojos.

—Ojalá te resbales.

—Lo tendré en cuenta —rió antes de desaparecer. La puerta se cerró tras él y el agua volvió a llenar el silencio.

El fuego crepitaba. Rowan permaneció de pie, observándome con esa expresión serena que nunca lograba descifrar.

—Bueno… al menos ha conseguido que aceptes dormir en la cama. Esta mañana ni querías acercarte.

Sacó unos pantalones cómodos y se perdió tras el biombo. El roce de la tela sonaba demasiado nítido.

—¿Qué tal está tu herida? —pregunté más suave de lo que pretendía.

Me había fijado. El parche en el costado me lo recordó como una punzada.

—Sana bien. A veces duele al moverme, pero nada que no pueda soportar.

Hubo una pausa. Entonces asomó la cabeza.

—¿Quieres ver?

El aire se me atascó. Negué de golpe, encogiéndome sobre la cama. Me deslicé hacia atrás hasta chocar contra el cabecero, tirando de las mantas como escudo.

—Seguro que Amyra te ha curado bien —solté antes de detenerme.

Las palabras salieron más ácidas de lo que pretendía. Celosa, posesiva, ridícula.

"Maldita sea."

Hubo un silencio tenso. Rowan asomó la cabeza despacio de nuevo, sus ojos grises clavándose en los míos. Había diversión en su mirada. Satisfacción.

Lo miré un segundo antes de apartar la vista, el calor trepando por mi cuello. Fijé la mirada en las mantas, jugando con un hilo suelto.

—Qu-Quiero decir... es la curandera, ¿no? Es su trabajo. Curar. A todo el mundo. No tiene nada de especial.

Asentí para mí misma con demasiada fuerza.

El silencio se alargó. Escuché pasos descalzos. Rowan salió de detrás del biombo, ya vestido con los pantalones, y se quedó parado frente a mí, brazos cruzados sobre su pecho desnudo. La luz dorada del fuego jugaba sobre su torso.

—Amyra es una Sílfide de los Bosques —dijo finalmente—. No se relacionan con humanos de esa forma, Layla. Nunca. Su magia sana, pero mantienen distancia. Es su naturaleza.

Hizo una pausa, estudiando mi rostro ruborizado.

—¿Por qué lo preguntas? —añadió con tono sugerente—. ¿Acaso te importa quién me toca cuando estoy herido?

Mi corazón dio un salto. Apreté las mantas con más fuerza.

—No —mentí alzando la barbilla, aunque seguía sin mirarlo a los ojos—. Solo era curiosidad.

La sonrisa que se dibujó en sus labios fue pequeña pero devastadora. Satisfacción masculina pura. Como si supiera cuán enorme era mi mentira.

Me hundí más entre las mantas.

—No es más que otra cicatriz para la colección —añadió con voz más suave—. Los hombres las acumulamos como medallas. Cada una cuenta una historia.

Me crucé de brazos, incapaz de disimular la mezcla de fastidio, culpa y algo más oscuro que no quería nombrar.

—Entonces... —empecé, mi voz saliendo más tensa de lo que pretendía— ¿por qué se te infectó la herida? Las Sílfides son sanadoras excepcionales. Su magia es pura. Si Amyra la trató desde el principio, no debería haberse complicado así. No debería haber llegado a ese punto de envenenamiento.

Las velas y el fuego proyectaban sombras danzantes sobre sus ojos grises, haciéndolos brillar como plata fundida en la penumbra.

—No estaba en el castillo cuando nos trajeron —admitió con voz más baja—. Me trató el curandero anterior del ejército. Un hombre mayor, experimentado en heridas de batalla, pero... —hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado— sus métodos eran más rudimentarios.

Mi pecho se apretó con algo parecido al pánico retrospectivo.

—¿Más rudimentarios? —repetí, mi voz subiendo levemente de tono—. Rowan, esa herida estaba envenenada. Pude verlo en cuanto quité el vendaje. El veneno ya había empezado a extenderse por tus venas como telarañas negras. —Las palabras salieron más rápido ahora, cargadas de una emoción que no podía contener—. Casi te mata. Si no llego a intervenir cuando lo hice, si hubiera tardado aunque fuera dos dias más... el veneno habría alcanzado tu corazón. Y entonces no habría habido nada que hacer. Nada. Ni siquiera la magia de las Sílfides puede revertir un corazón envenenado.




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