La Ultima Guardiana

CAPITULO 18

Rowan

Me sorprendió lo rápido que se durmió.

Apenas cerró los ojos, sentí el peso de su mano aflojarse entre mis dedos. Se abandonó al sueño con una confianza que no me había dado despierta. El gesto me arrancó un suspiro que contuve. No quería romper el silencio.

Me giré con cuidado, atrayéndola hacia mí. Su frente encontró mi clavícula como si ese fuera su lugar. El roce era cálido. Su respiración —pausada, profunda— me ancló más que cualquier promesa.

Dormida, Layla era otra persona. No bufaba. No luchaba. No era la fiera que me desafiaba con ese orgullo que tanto me fascinaba y frustraba. Dormida era solo ella: vulnerable, genuina, sin armaduras.

Y eso era infinitamente más peligroso que cualquier conspiración.

La observé minutos largos —quizás demasiados. La luz del fuego danzaba en su cabello, convirtiendo cada mechón en hilos de cobre. Grabé cada detalle: la curva de su mejilla contra mi pecho, las pestañas proyectando sombras, su respiración mezclándose con la mía.

Entonces sentí la mano de Hak en mi hombro. Firme. Paciente. Exigente.

—Me toca —gruñó bajo.

No quería soltarla. Cada fibra se resistía. Pero conocía a Hak: si me demoraba, el bruto del norte haría ruido. Y lo último que quería era despertarla.

Exhalé despacio. Con cuidado la cedí, deslizando mis brazos hasta que Hak la recibió.

Su cuerpo quedó acunado entre los brazos de mi hermano, y algo oscuro gruñó dentro de mí.

________________________________________

Hak

Sonreí al recibirla. Ligera como un suspiro.

Se acurrucó sin darse cuenta, anidándose contra mi pecho. Por un instante —breve, peligroso— me sentí dueño de algo que no tenía derecho a reclamar. Algo que no era mío. Algo que quizás nunca sería mío.

Su respiración se mezcló con la mía, creando un ritmo compartido. El peso de su cabeza contra mi hombro, el calor de su cuerpo, la forma en que sus dedos se curvaban contra mi camisa... todo se grabó en mi memoria.

—Eso es... —murmuré—. Mucho mejor asi.

Alcé la vista. La mirada de Rowan estaba clavada en mí. Fría. Afilada. La expresión de un príncipe que no tolera que nadie se tome libertades con lo que considera suyo.

—No abuses, Hak.

Arqueé una ceja, dejando que mi sonrisa se ensanchara.

—Tranquilo, Alteza —repliqué, manteniendo mis dedos quietos sobre su espalda—. Solo cuido lo que tú mismo me confiaste. Soy un caballero honorable, ¿recuerdas?

Rowan no respondió. Nos sostuvimos la mirada —una batalla muda— hasta que giró sobre su costado, dándome la espalda.

Pasaron minutos. Quizás media hora. El fuego crepitaba. La respiración de Layla se volvió profunda. Yo disfruté el momento robado, sabiendo que la mañana nos devolvería a los roles, a las máscaras.

Pero entonces sentí movimiento.

El maldito príncipe se incorporó con gracia silenciosa y deslizó sus brazos bajo el cuerpo de Layla con suavidad reverente.

Como si fuera de cristal. Como si fuera suya.

__________________________________________

Rowan

Se la quité con paciencia obsesiva. Como quien recupera algo que nunca debió dejar ir.

Hak soltó un bufido —mitad burla, mitad fastidio— pero no se resistió. Conocía ese límite entre nosotros. Sabía cuándo ceder.

Layla se removió apenas. Sus labios liberaron un murmullo que me erizó la piel. Luego volvió a hundirse contra mí con esa confianza que me desarma cada vez. Su frente encontró mi pecho, anidándose como si hubiera sido diseñada para encajar ahí.

El latido de su corazón se mezcló con el mío —constante, vivo. Sentí cada pulsación contra mi torso. Era real. Estaba aquí. Segura.

Y aunque me prometí mantenerme despierto —vigilante, protector— la verdad era que el día había sido largo. El consejo. La cena tensa. Las decisiones imposibles. Todo pesaba sobre mis hombros.

Mis párpados comenzaron a cerrarse contra mi voluntad. Luché durante minutos, pero finalmente, con Layla cálida entre mis brazos, me rendí.

Dejé que el sueño me reclamara, sabiendo que Hak estaría esperando su turno.

_______________________________

Hak

Mas o menos una hora después —el tiempo perdía sentido— con el fuego reducido a brasas, volví a extender la mano.

Rowan dormía profundo, su respiración revelando cuán exhausto estaba. Perfecto.

Bastó un tirón leve —calculado, practicado— para que Layla rodara desde sus brazos hacia los míos. La acomodé contra mi cuello, sintiendo su cabello rozando mi barbilla en una caricia que encendió algo primitivo.

—Te tengo, cervatillo —susurré contra su sien, con una sonrisa que nadie más vería. Genuina. Suave. Peligrosamente sincera.

Rowan frunció el ceño en sueños, como si registrara el robo sin despertar. Sus dedos se crisparon sobre las sábanas, buscando algo que ya no estaba. Pero no se movió.

Yo me quedé despierto un largo rato, sintiendo el peso perfecto de Layla contra mi pecho, memorizando este instante robado antes de que el amanecer nos devolviera a la guerra.

Antes de que volviera a ser solo el guerrero del norte. Y ella, la prometida intocable del príncipe.

**********

No sé cuándo la realidad se deslizó hacia el sueño.

Solo sé que de repente había calor. Demasiado calor. Dos fuentes distintas rodeándome como llamas vivas.

Sus manos encontraron mi piel. Hak: audaz, trazando círculos lentos en mi brazo, bajando hasta la curva de mi cintura. Rowan: reverente, sus dedos apenas rozando mi hombro, como si temiera romperme.

—Shh —susurró Rowan contra mi oído—. Solo siente.

El contraste me estaba matando. La paciencia letal de Rowan contra la impaciencia feroz de Hak. Frío y calor. Control y caos.

Los dedos de Hak se aventuraron más bajo, trazando líneas de fuego que no debería permitir pero no podía detener. Los de Rowan se enredaron en mi cabello, tirando apenas, haciendo que mi cabeza cayera hacia atrás en rendición.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.