El pasillo olía a piedra húmeda y resina de antorcha. Hak me arrastró escaleras abajo hasta el ala de los almacenes, donde percheros repletos de túnicas militares, pantalones bastos y casacas de cuero nos rodearon como fantasmas uniformados.
—Imposible —declaró tras rebuscar entre la ropa, apartando prendas con gesto cada vez más frustrado—. Todo son tallas grandes. Te quedarían como un saco de patatas con patas.
Me crucé de brazos. El bostezo que intenté reprimir se escapó sin permiso.
—¿Y ahora qué?
Hak se giró hacia mí, recorriéndome con esos ojos azules que parecían estar calculando algo peligroso. Una sonrisa lenta, devastadora, se dibujó en su rostro.
—Nos vamos de compras.
Lo miré como si acabara de perder el juicio.
—¿Qué? ¿Estás loco?
—Completamente —respondió sin inmutarse—. Pero si vas a entrenar conmigo, cervatillo, no pienso verte tropezar con pantalones que te arrastran por el suelo. Tengo estándares.
—Rowan nos mata si se entera.
Se inclinó hacia mí, tan cerca que pude ver el brillo travieso bailando en sus pupilas.
—Solo si nos descubren.
—¿Y cómo pretendes sacar a esta gata salvaje del castillo sin que nadie se dé cuenta?
La sonrisa se amplió, peligrosa.
—Sígueme.
Me tomó del codo con firmeza.
El contacto me atravesó como una corriente: los mismos dedos que anoche me habían acariciado el brazo, las mismas manos que esta mañana me habían sostenido el muslo. Mi piel lo recordaba todo. Me guió hacia una puerta lateral que jamás había notado, oculta tras un tapiz descolorido. El aire que se filtraba por la rendija era frío, húmedo, cargado de secretos.
—Los guardias se aburren en la entrada principal —susurró, con ese brillo que prometía problemas—. Pero aquí, nadie vigila. Este pasillo lleva a las cocinas. De ahí, a las bodegas. Y bajo las bodegas… hay un túnel de servicio que sale junto al foso.
—¿Cómo demonios sabes todo esto?
—Crecí aquí, con tu adorado prometido. —Me guiñó un ojo—. Rowan siempre fue el príncipe perfecto. Yo era el que se metía en líos.
—Qué sorpresa.
—Útil, ¿verdad?
Avanzamos por el pasillo estrecho. El calor nos golpeó como una pared: el aire de las cocinas, denso de humo, especias y grasa hirviendo, vibraba con el chisporroteo de las ollas y el clamor ahogado de órdenes gritadas. Las sirvientas se movían en coreografía silenciosa, cargando bandejas, partiendo hogazas, revolviendo calderos humeantes.
La mano de Hak se deslizó a mi espalda, firme, guiándome entre el caos. Su aliento rozó mi oído:
—No mires a nadie. Camina como si tuvieras todo el derecho del mundo a estar aquí.
Obedecí, aunque cada mirada que nos rozaba me erizaba la piel. Pasamos frente a un horno de piedra donde un panadero, empapado en sudor, amasaba con furia concentrada. Ni siquiera alzó la vista.
En la pared norte, Hak apartó un tapiz manchado de grasa. Una puerta baja, de madera casi negra, apareció tras él. Me hizo pasar primero, cerrando sin ruido.
El cambio fue brutal: el calor murió de golpe, reemplazado por un frío que olía a vino añejo y tierra compactada.
Estábamos en las bodegas.
Filas interminables de barricas se extendían a ambos lados como un ejército dormido. El suelo rezumaba humedad; el único sonido era el goteo constante del agua filtrándose desde alguna grieta invisible.
—Por aquí —murmuró Hak, moviéndose con pasos de depredador.
Se detuvo frente a una pila de barriles polvorientos y los apartó con una facilidad insultante. Debajo, una trampilla de hierro oxidado. El cerrojo cedió sin resistencia.
—Tú primero.
Miré la escalera que descendía hacia la nada.
—¿Y si me caigo?
Su sonrisa brilló en la penumbra.
—Te atrapo. Siempre.
Tragué saliva. Empecé a bajar. Los peldaños estaban resbaladizos, cada crujido amplificado por el silencio. Hak descendió tras de mí y cerró la trampilla.
La oscuridad nos devoró.
—Hak —susurré, tanteando la pared húmeda—. No veo nada. Nada. Y si toco una araña, grito, y nos pillan. Te lo juro.
—¿Qué estás tocando exactamente? —su voz sonó demasiado cerca, demasiado divertida—. ¿O es una excusa para que te cargue?
—Me quedo con las arañas.
—¿Segura?
—No hables. Me estás poniendo nerviosa.
—La señora Rotenmeyer manda limpiar estos túneles una vez al mes —explicó con calma irritante—. No hay arañas, cervatillo. Solo tu imaginación.
—Genial. ¿Y no se les ocurrió poner antorchas? ¿Cómo sabes tanto de esto, por cierto?
—Me pillaron. Varias veces.
—Fantástico. Hoy no es ese día, ¿verdad?
—Tranquila. Con la llegada del rey, todo el mundo anda demasiado ocupado para vigilar túneles olvidados.
El pasadizo descendía en espiral lenta. Tras lo que pareció una eternidad, el túnel se ensanchó hasta morir en un arco de piedra derruido. Más allá, la luz del día se derramaba como agua clara.
El olor a hierba fresca y río reemplazó la humedad rancia.
Hak salió primero, tendiéndome la mano con esa sonrisa de triunfo.
—Bienvenida a la libertad.
La grava crujió bajo mis pies. Detrás de nosotros, las murallas del castillo se alzaban imponentes, pero por primera vez, las veía desde el otro lado.
Desde fuera.
Frente a nosotros, un sendero estrecho bordeaba el foso y serpenteaba hacia la ciudad. El bullicio llegaba hasta aquí: voces de mercaderes, risas de niños, el golpe del martillo contra el yunque. El aire olía a pan recién horneado y a humo de chimenea.
Inspiré hondo, llenándome los pulmones de ese mundo vibrante que había permanecido oculto tras muros demasiado altos.
Hak se estiró, cruzando los brazos detrás de la cabeza, como si acabara de despertar de una siesta.
—Bienvenida a la civilización, cervatillo.
Me quedé mirando la ciudad a lo lejos, con el corazón desbocado. Por primera vez en mucho tiempo, perderme allí no me parecía una idea tan descabellada.