—Oye, Hak… —dije en voz baja—. Ya que estamos aquí… ¿podemos quedarnos un poco más?
Hak se detuvo a medio gesto, los ojos entrecerrados, intentando descifrar si lo decía en serio.
—¿Quedarnos? —repitió despacio—. Pensé que ya habías visto suficiente. Llevas una hora enamorándote de todo lo que brilla.
—No me refiero a comprar —respondí, con una sonrisa leve que me salió sola—. Solo quiero caminar un poco más. Escuchar a la gente, ver las calles… Hace tanto que no salgo. —Puse cara de corderito, sin poder evitarlo, buscando su rendición.
Hak me sostuvo la mirada unos segundos. Por primera vez, su sonrisa perdió el filo.
—Mmm… —fingió pensarlo, llevándose una mano a la barbilla—. Supongo que, si vas a ser mi aprendiz, tendré que enseñarte algo sobre disfrutar la vida también.
—¿Eso es un sí?
—Eso es un "sí, pero con una condición".
—¿Cuál?
—Que si Rowan nos pilla, tú le explicas todo. Yo solo soy un hombre inocente que siguió órdenes de su futura dama.
—¡Qué conveniente! —reí, empujándolo con el hombro.
Hak se encogió de hombros, divertido.
—La supervivencia, cervatillo, siempre es cuestión de inteligencia. —respondió, inclinando la cabeza—. Pero admito que, por ver esa cara de niña que ha descubierto el mundo… vale la pena.
No pude evitar sonreír. Sentí cómo el pecho se me aflojaba, esa mezcla de calor y alivio que solo él conseguía provocar, y me odié un poco por eso. Hak suspiró, llevándose las manos a la nuca y mirando al cielo, como si negociara con los dioses.
—Tch… cuando Rowan se entere de esto, va a colgarme de la muralla. —Volvió la mirada hacia mí y sonrió, más suave esta vez—. Ven, Layla. —Me tendió la mano—. Te mostraré el lado que los príncipes nunca pisan.
Y lo seguí.
Atravesamos calles estrechas donde las risas se mezclaban con música de laúd. Pasamos frente a una fuente donde niños jugaban chapoteando, y acabé riendo también, empapada por unas gotas que me salpicaron el cuello.
Por un instante, me sentí normal. No una prisionera. Solo… yo.
Hak lo notó. Lo supe porque su sonrisa se volvió tenue, sincera.
—Te hacía falta esto —murmuró, lo bastante bajo para que solo yo lo oyera.
—Sí —admití—. Más de lo que imaginaba.
Nos detuvimos junto a la fuente. El agua caía con un murmullo fresco, y el sol se reflejaba en las ondas como fragmentos de vidrio líquido. Me incliné para mojarme los dedos, y Hak, sin pensarlo, me salpicó una gota en la mejilla.
—¡Oye! —protesté riendo.
—Tenía que comprobar si seguías viva o si te habías quedado soñando —dijo, con esa sonrisa suya que siempre invitaba al caos.
El reflejo del agua tembló entre nosotros. Por un momento, quise creer que solo jugábamos. Pero su mirada se sostuvo un segundo más de lo necesario, y mi corazón, traidor, lo notó.
**********
El sol ya estaba alto cuando el mercado comenzó a vaciarse. Los vendedores recogían su mercancía con movimientos lentos, cansados. El bullicio se había convertido en un murmullo suave, casi melancólico.
Hak me observaba en silencio desde hacía rato, las manos en los bolsillos, esa media sonrisa suya —paciente, peligrosa— firmemente instalada en su rostro. Cuando me detuve por quinta vez frente a un escaparate lleno de amuletos de plata, suspiró.
Y me tomó del codo.
—Basta, cervatillo.
Su voz sonó tranquila. Firme. Definitiva.
—Si no comemos algo ahora mismo, te vas a desmayar. Y no voy a cargarte delante de toda la ciudad.
Mi estómago gruñó en ese preciso instante, traicionándome.
—Dudo que puedas —repliqué, alzando el mentón con falsa arrogancia.
Hak se inclinó hacia mí, tan cerca que pude ver el brillo divertido bailando en sus pupilas.
—Podría cargarte a ti, la bolsa, y hasta el puesto entero sin despeinarme.
No pude evitarlo. Reí.
Y él también.
Me guió hacia una calle lateral donde el ruido del mercado moría en un suspiro. Allí, medio oculta entre dos edificios de piedra desgastada, encontramos una pequeña taberna de puertas abiertas de par en par.
El aire que nos recibió era denso, cálido, cargado de olores: pan recién horneado, carne asada con romero, vino joven fermentando en barricas de roble. Las paredes estaban decoradas con flores secas colgando del techo, mapas amarillentos clavados con tachuelas oxidadas, y una colección de jarras de cerámica desparejadas alineadas sobre estanterías combadas.
El murmullo de los comensales era bajo, íntimo, acogedor.
Hak eligió una mesa junto a la ventana, desde donde se veía la calle empedrada y el ir y venir perezoso de la gente. La luz del sol se filtraba entre las cortinas raídas, dibujando rayas doradas sobre la madera gastada de la mesa.
—Siéntate.
No fue una sugerencia.
—Yo pido.
Y se alejó sin esperar respuesta.
Lo observé caminar hacia la barra, alto, seguro, con esa forma de moverse que hacía que la gente se apartara sin darse cuenta. El tabernero —un hombre de barba gris y manos enormes— le sonrió como si lo conociera de toda la vida.
Volví la mirada hacia la ventana, dejando que el sol me calentara el rostro. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía… ligera.
Hak regresó con una bandeja de madera cargada hasta el borde: una hogaza de pan todavía humeante, una rueda de queso pálido con vetas azules, lonjas de carne curada que olían a sal y hierbas, aceitunas brillantes, y dos jarras de barro llenas de un líquido oscuro y prometedor.
—¿Vino? —arqueé una ceja.
—Claro. —Dejó caer la bandeja con un golpe suave que hizo tintinear las jarras—. Si vas a entrenar conmigo, cervatillo, no vas a sobrevivir si no sabes beber.
Iba a replicar. Tenía una respuesta lista, afilada, perfecta.
Pero entonces él partió el pan con las manos, me pasó un trozo todavía caliente, y cuando lo llevé a la boca y mordí…
El mundo se detuvo.
El pan crujió bajo mis dientes, cálido, untado en mantequilla derretida y ajo machacado. El sabor explotó en mi lengua: simple, perfecto, devastador. No recordaba la última vez que algo tan básico me había sabido a gloria.