HAK
La noche nos tragó con olor a vino derramado y brasas moribundas.
El mercado había quedado atrás, reducido a ecos de risas que el viento arrastraba calle abajo. Ahora solo quedaban callejones vacíos, faroles parpadeantes, y el silencio pesado de una ciudad rendida al sueño.
Layla iba dormida sobre mi espalda.
Los brazos flojos alrededor de mi cuello. El aliento tibio, irregular, contra mi piel. Su cabeza apoyada en mi hombro como si fuera el único lugar seguro del mundo.
Pesaba poco. Demasiado poco.
Pero tenía la sensación de cargar algo mucho más frágil que un cuerpo: algo roto, algo que había estado sosteniéndose por pura fuerza de voluntad hasta que el alcohol y el agotamiento la habían derribado de golpe.
Caminé sin prisa, dejando que los faroles pintaran sombras doradas sobre el adoquinado húmedo. Mis botas resonaban contra las piedras, cada paso un eco sordo que se perdía en la oscuridad.
Su respiración se acompasaba con la mía. Lenta. Rendida.
Por primera vez en todo el maldito día, no discutía. No desafiaba.
—Hak…
Su voz fue apenas un murmullo ahogado entre sueño y vino, pastosa, quebrada.
Me detuve en medio de la calle. El viento silbó entre los edificios.
—Hak… por favor…
—¿Qué dices, cervatillo? —Mi voz sonó más baja de lo que pretendía.
—No quiero volver.
El aire se me atascó en la garganta.
—No quiero volver al castillo.
Su voz tembló. Ya no era la muchacha altiva que me había desafiado esa mañana, ni la rebelde que había marcado territorio en el mercado como si fuera suyo. Sonaba pequeña. Rota.
—No lo soporto, Hak. No quiero esa vida.
Sentí el temblor antes de oír el sollozo.
Algo se me encogió en el pecho. Algo que no supe nombrar pero que me dolió como un puñetazo mal dado.
Apreté los brazos que la sostenían, ajustando su peso contra mi espalda, como si eso pudiera protegerla de lo que fuera que la estuviera devorando por dentro.
—Yo antes era libre. —Su voz se quebró contra mi cuello, húmeda, desesperada—. Robaba para comer. Dormía donde podía. Pero era libre, Hak. Era… libre.
Las lágrimas le resbalaron por la mejilla y cayeron sobre mi piel, calientes, saladas, imparables.
Me quedé quieto unos segundos. Mirando al frente. El ceño fruncido. La mandíbula apretada.
El castillo se alzaba a lo lejos, negro contra el cielo estrellado, con sus torres afiladas como cuchillos apuntando al cielo.
Una jaula de piedra esperándola.
—Ya… —dije al fin, y mi voz sonó más ronca de lo que quería—. Ya lo sé.
No intenté callarla. No le dije que todo iba a estar bien.
Las mentiras nunca han servido para nada.
Así que seguí caminando.
Cada paso resonaba como una promesa muda, como un juramento silencioso que no sabía si podría cumplir: “Si el mundo va a devorarte, tendrá que pasar por encima de mí primero.”
—Escúchame, Layla.
Mi voz salió baja, firme, cargada de algo que no me atrevía a nombrar.
—No puedo cambiar al príncipe. No puedo cambiar el castillo, ni el papel que te han impuesto, ni las reglas de este maldito juego. —Hice una pausa, sintiendo cómo sus dedos se aferraban con más fuerza a mi camisa—. Pero mientras yo esté cerca, no volverás a sentirte sola. Ni una prisionera.
Ella soltó un gemido ahogado, gutural, como si le hubiera arrancado algo del pecho con esas palabras.
Sus dedos se clavaron en mi camisa, temblando, como si soltarla significara caer de vuelta a la jaula.
Suspiré. El aire salió en una exhalación lenta que empañó el silencio.
—Llora si lo necesitas —murmuré, tan bajo que apenas fui audible—. Esta vez nadie te mira.
Apoyó la frente contra mi hombro. Su cuerpo entero temblaba.
Y entonces lloró.
De verdad.
Sentí su llanto empaparme la camisa, caliente, desesperado, desgarrador. Sollozos que había estado conteniendo durante días, tal vez semanas, desde que la habían arrastrado a este infierno dorado.
No sé cuánto tiempo seguimos así. Avanzando entre calles dormidas, bajo faroles que temblaban con el viento.
El castillo crecía frente a nosotros con cada paso, inevitable, implacable.
Por primera vez en mucho tiempo, mi sonrisa burlona desapareció por completo.
—Maldito sea este lugar —susurré, apenas audible, con los dientes apretados.
Y apreté el paso.
Porque no sabía qué otra cosa hacer con las ganas de romperlo todo, de quemar el castillo hasta los cimientos, solo para verla sonreír otra vez.
El silencio se fue apoderando de la noche, deslizándose entre nosotros como una tregua.
Poco a poco, los sollozos de Layla se apagaron hasta convertirse en suspiros temblorosos contra mi cuello. Sentí cómo su cuerpo se aflojaba, pesado, rendido, el sueño robándole las últimas fuerzas que le quedaban.
Ajusté su peso sobre mi espalda con cuidado. El calor de su piel se mezclaba con el frío cortante del aire nocturno. Cada tanto, un temblor la sacudía —el último resto del llanto negándose a apagarse— y yo apretaba los brazos que la sostenían, como si pudiera absorber su dolor.
—Descansa, cervatillo —murmuré, tan bajo que apenas lo oí yo mismo.
Su cabeza cayó suavemente sobre mi hombro, el cabello enredándose contra mi mejilla. La sostuve con más cuidado todavía, consciente de lo frágil que era en ese momento.
No la veía como una carga.
La veía como algo que debía proteger. A cualquier precio.
Y sin embargo, mientras el castillo se alzaba frente a nosotros —negro contra el cielo estrellado, sus torres afiladas como garras— un pensamiento incómodo me cruzó la mente:
“¿Cuánto tiempo podré seguir protegiéndola sin romper todas las reglas?”
“¿Sin traicionar a Rowan?”
“¿Sin traicionarme a mí mismo?”
Aparté el pensamiento de un manotazo mental y seguí caminando.
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