La tarde llegó demasiado pronto, como si el sol tuviera prisa por ponerse y dejarme sola con mis pensamientos. Todo el día había intentado convencerme de que la noche anterior no había significado nada. Que el caldo, la medicina, el calor de sus brazos… todo era solo producto del alcohol y la confusión. Mentiras. Mentiras que me sostuvieron apenas unas horas, hasta que apareció él.
Hak no llamó. No hizo ningún gesto. Simplemente apareció en la puerta, cruzando el umbral como si tuviera derecho a habitar mi mundo. Y en el instante en que sus ojos se posaron en los míos, algo cambió. La habitación se volvió demasiado pequeña, demasiado caliente, y cada respiración se volvió un desafío. Su ropa de entrenamiento —pantalones de cuero negro, camisa sin mangas que revelaba brazos que parecían forjados en una herrería— le ceñía el cuerpo, y su mirada, absorbía todo lo que yo era, dejándome vulnerable.
—¿Lista, cervatillo?
Su voz sonó igual que siempre. Casual. Burlona. Como si no me hubiera visto desmoronarme por completo en sus brazos.
Me quedé donde estaba, cobijada bajo las mantas, con la cabeza todavía palpitando a pesar de la medicina.
—No —dije simplemente.
Hak arqueó una ceja.
—¿No?
—No. No voy a ninguna parte. Me siento como si un carro me hubiera pasado por encima. —Me froté las sienes con los dedos—. Y mi cabeza todavía está intentando decidir si explotar o implosionar.
—Interesante. —Se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho—. Pero no te he preguntado si querías venir. Te he preguntado si estabas lista.
—Pues la respuesta sigue siendo no.
—Perfecto. —Su sonrisa se ensanchó—. Entonces tienes cinco minutos para vestirte o te llevo así.
—¿Me estás escuchando? —Me puse en pie, y el mundo giró violentamente. Tuve que aferrarme al poste de la cama para no caer—. No puedo ni... mantenerme en pie.
Hak se acercó con dos zancadas largas. Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude ver el brillo divertido en sus ojos.
—¿Estás diciéndome que te rindes antes de empezar?
—Estoy diciéndote que estoy enferma.
—Estás con resaca. No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo.
—No. —Su tono se volvió más serio, más bajo—. Lo mismo sería si te estuvieras muriendo. Y no lo estás. Solo te duele todo porque ayer te emborrachaste como una novata.
El calor me subió al rostro. De rabia esta vez.
—Vete al infierno, Hak.
—Ya he estado. No me gustó. —Se encogió de hombros con esa facilidad insultante—. Ahora levántate y muévete. El dolor pasará cuando empieces a sudar.
—No quiero sudar. Quiero morirme en paz.
—Pues vas a tener que esperar. —Me tendió una mano que no tomé—. Vamos, cervatillo. Cuanto antes empecemos, antes terminaremos.
—Eres un cabrón.
—Y tú una cobarde si te quedas aquí escondida.
Eso dolió. Más de lo que debería.
Me aparté del poste de la cama, tambaleándome levemente pero manteniéndome en pie.
—Cinco minutos —gruñí—. Y si vomito sobre tus botas, es tu problema.
Su sonrisa volvió, lenta y peligrosa.
—Trato hecho, cervatillo.
Sin más explicaciones, salió de la habitación.
Lo seguí porque no tenía otra opción.
___________________________________________________
El primer día de entrenamiento casi me mata.
Hak me llevó a una sala que no sabía que existía: un espacio amplio en los sótanos del castillo, con techos altos, antorchas en las paredes y un suelo de piedra que prometía dolor si te caías mal.
—Primero lo básico —dijo, cruzándose de brazos—. Resistencia. Fuerza. No puedes defenderte si no puedes sostenerte en pie.
Lo que siguió fue una tortura sistemática disfrazada de entrenamiento.
Flexiones hasta que mis brazos temblaron como hojas. Sentadillas hasta que mis piernas se convirtieron en gelatina. Carreras alrededor del perímetro de la sala hasta que mis pulmones se sintieron como si estuvieran en llamas.
Y Hak no mostró ni una pizca de misericordia.
—Más rápido, cervatillo.
—Una más.
—Si paras, empezamos de nuevo.
En algún momento, mi cuerpo se rebeló. Me derrumbé sobre las rodillas, jadeando, con el sudor goteándome por todas partes.
—No... puedo... más.
Hak se acercó. Se arrodilló frente a mí, tan cerca que pude oler su piel: sudor, cuero y algo más oscuro que me aceleró el pulso de formas que no tenían que ver con el ejercicio.
—¿Quieres que pare? —murmuró.
Sus ojos eran intensos. Demasiado intensos.
—¿Quieres que te trate como a una muñeca de porcelana que puede romperse?
“Sí.”
“No.”
“Jódete.”
—No —gruñí, incorporándome con esfuerzo.
Su sonrisa fue lenta. Peligrosa.
—Entonces levántate y sigue.
Lo hice. Porque ya había llorado delante de él una vez, y no iba a darle el placer de verme quebrarme otra vez.
_______________________________________________
Esa noche llegué a los aposentos arrastrando los pies.
Cada músculo de mi cuerpo gritaba. Tenía los brazos como espaguetis, las piernas como mantequilla, y la cabeza me daba vueltas de agotamiento.
Rowan estaba sentado junto al fuego, leyendo. Levantó la vista cuando entré, y algo se suavizó en su expresión al verme.
—¿Cómo ha ido?
—Como si me hubieran dado una paliza —murmuré, dejándome caer sobre el diván sin ceremonia alguna—. Dos veces.
Él se levantó, se acercó. Había una bandeja de comida esperándome en la mesa —pan, queso, carne— pero solo el olor me daba náuseas.
—Deberías comer algo.
—Debería morirme —repliqué, cerrando los ojos—. Sería más fácil.
Sentí sus dedos rozar mi cabello, apartándomelo de la frente sudorosa. El gesto era tan suave, tan inesperado, que no tuve fuerzas para apartarme.
—Estoy orgulloso de ti —murmuró.
Era lo último que recordaba antes de que la oscuridad me tragara.
______________________________________________