Desperté sola.
La cama estaba fría a ambos lados, vacía toda la noche. Demasiado grande. Demasiado silenciosa. No había respiraciones ajenas, ni el peso de un cuerpo cercano hundiéndose en el colchón, ni siquiera el murmullo lejano del castillo despertando que solía filtrarse por las rendijas de la puerta.
Solo yo. Las sábanas revueltas. Y la luz pálida del amanecer arrastrándose por las cortinas, intrusiva.
Me incorporé despacio, el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
—¿Rowan? —llamé.
Mi voz sonó pequeña en el vacío. Tragué saliva y probé otra vez.
—¿Hak?
Nada.
Me levanté, con los pies descalzos tocando la piedra fría del suelo. Recorrí la habitación con la mirada. La silla de Rowan vacía, el escritorio ordenado como si no lo hubiera tocado en días. Ningún rastro de Hak tampoco. Ni sus botas abandonadas junto a la puerta. Ni el olor a cuero y acero que siempre dejaba flotando en el aire.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
No era miedo.
Era instinto. Ese tipo de alarma que Hak me había enseñado a reconocer durante el entrenamiento. “Algo no encaja. Presta atención.”
Me acerqué a la ventana y aparté las cortinas apenas un poco. El patio estaba desierto. Demasiado desierto para esta hora. Los guardias deberían estar cambiando de turno. Los criados deberían estar cruzando hacia las cocinas con cestas y cubos de agua.
Pero no había nadie.
Justo entonces, la puerta se abrió.
Hak entró con tranquilidad estudiada, el mundo resquebrajándose a su alrededor sin que pareciera importarle. Llevaba una bandeja en las manos y esa expresión suya —entre indiferente y burlona— que solía significar “todo está bajo control, no hagas preguntas.”
—Buenos días, pequeña.
En la bandeja había pastelitos pequeños, dorados, todavía humeantes, con ese brillo que dejaba la mantequilla derretida. Y mi cappuccino de avellana. Con la espuma espesa. El aroma dulce y cálido que me hacía cerrar los ojos antes incluso de probarlo.
No era un gesto casual.
Hak no hacía nada por casualidad.
—¿Me estás sobornando? —pregunté, sin moverme de la ventana.
—Siempre —respondió, dejando la bandeja sobre la mesa baja con cuidado estudiado—. Pero hoy con azúcar.
—¿Dónde está Rowan?
Su espalda se tensó. Solo un segundo. Pero lo vi.
—Asuntos de príncipe. —Se giró hacia mí, su rostro completamente neutro—. Nada de lo que debas preocuparte. Come. Nos espera un largo viaje.
Me acerqué despacio, sin quitarle los ojos de encima. Cogí la taza entre las manos. El calor me ancló un poco, pero no lo suficiente. Bebí un sorbo. Perfecto. Como siempre.
Y eso, de alguna forma, me asustó más.
__________________________________________
Cuando bajamos de la torre, el castillo ya estaba despierto.
Criados cruzaban los pasillos con prisa contenida, guardias cambiaban de turno en las esquinas, el murmullo habitual de una fortaleza viva latía a nuestro alrededor.
Pero algo estaba mal.
Lo sentí en la forma en que los sirvientes apartaban la mirada cuando pasábamos. En cómo los guardias nos seguían con los ojos sin disimular. En el aire denso, cargado, justo antes de una tormenta.
Y entonces lo vi.
Rowan.
Estaba al final del corredor principal, de espaldas a nosotros, hablando con un hombre que no reconocí. Un noble, tal vez. O un mensajero. Vestía de negro, con una capa que parecía tragarse la luz.
No parecía herido. No parecía cansado.
Pero su cuerpo estaba tenso. Rígido. Una cuerda a punto de romperse. Los hombros levantados, la mandíbula apretada, los puños cerrados a los costados. Los ojos grises —normalmente fríos, calculadores— estaban más oscuros de lo habitual. Casi negros.
En cuanto nos vio, despidió al hombre con un gesto brusco de la mano.
El noble —o lo que fuera— se inclinó brevemente y desapareció por una puerta lateral. Sin hacer ruido. Sin mirar atrás.
Rowan se acercó, y algo en la forma en que caminaba me erizó la piel. Demasiado controlado. Demasiado lento. Como si cada paso le costara.
Me sonrió.
Pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Buenos días, Layla.
Su voz sonaba normal. Educada. Perfectamente modulada.
Falsa.
—Buenos días —respondí, sin apartar la mirada.
Entonces se inclinó hacia Hak.
Y susurró algo en su oído.
Tan bajo que no pude escucharlo. Pero vi cómo los ojos de Hak se entrecerraron.
Solo un segundo. Un parpadeo. Y luego asintió una vez, seco, letal.
El aire cambió.
No sé cómo explicarlo, pero “cambió”. Como si una corriente fría hubiera atravesado el pasillo, erizándome la piel. Como si algo invisible acabara de romperse entre nosotros.
Algo malo estaba pasando.
—¿Todo bien? —pregunté, mirando entre ambos. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Rowan me dedicó esa sonrisa otra vez. Falsa. Cuidadosamente construida. Perfectamente ensayada.
—Todo perfecto. —Me tomó de la mano, apretándola brevemente—. Solo... coordinando algunos detalles del viaje.
Mentira.
Lo supe porque sus dedos temblaron contra los míos. Apenas un temblor. Casi imperceptible.
Pero lo sentí.
Y él sabía que lo había sentido.
Sus ojos se encontraron con los míos durante un segundo demasiado largo. Había algo en su mirada. Algo roto. Algo que quería decirme pero no podía.
“Lo siento”, decían sus ojos. “No puedo protegerte de esto.”
Entonces soltó mi mano y se apartó, ajustándose las mangas con movimientos mecánicos.
Hak se dio la vuelta sin decir nada, caminando hacia el fondo del pasillo con esa seguridad depredadora que siempre tenía cuando las cosas se ponían peligrosas.
—Vamos —dijo sin mirar atrás—. Salimos por los establos.
No dijo "vamos a los establos".
Dijo "salimos por los establos".
Miré a Rowan, buscando respuestas. Buscando cualquier cosa que me dijera que esto era normal, que todo estaba bien, que íbamos al mar como habíamos prometido.