La noche cayó sobre nosotros como una manta oscura.
Hak encendió un pequeño fuego con leña que encontró cerca de los acantilados. Las llamas bailaban entre nosotros, proyectando sombras doradas sobre su rostro.
No hablamos mucho.
No había necesidad.
Comimos lo que había traído en las alforjas: pan, queso, fruta. Simple. Perfecto.
Y cuando terminamos, cuando el silencio se volvió demasiado pesado, me levanté y caminé hacia el agua.
La luna se reflejaba en las olas, convirtiéndolas en plata líquida.
Escuché sus pasos detrás de mí antes de sentir su presencia.
—¿En qué piensas? —preguntó, su voz baja, casi tragada por el sonido del mar.
—En que esto se siente como un sueño —respondí sin girarme.
—Es real.
—¿Lo es? —Me giré para mirarlo—. ¿O es solo otro día prestado antes de que todo vuelva a ser una pesadilla?
No respondió de inmediato.
Porque ambos sabíamos la respuesta.
—Layla. —Dio un paso hacia mí, cerrando la distancia entre nosotros hasta que solo quedó el aire cargado de sal y deseo—. Si pudiera... si las cosas fueran diferentes...
—No lo son —lo interrumpí, porque no podía soportar escucharlo decir lo que ambos sabíamos que era imposible.
—Lo sé. —Su mano se levantó, rozando mi mejilla con el dorso de los dedos—. Pero eso no cambia esto.
—¿Qué es “esto”?
Su mirada bajó a mis labios. Luego volvió a mis ojos.
—Algo que no debería existir. —Su voz se volvió más ronca—. Algo que me va a destruir.
—Entonces no lo hagas —susurré, aunque cada fibra de mi ser gritaba lo contrario—. No lo...
Me besó.
El mundo se incendió.
Sus labios eran sal y fuego y desesperación contenida. Su lengua rozó la mía, despacio al principio, casi tentativa, antes de profundizar el beso con una intensidad que me robó el aliento.
Sus manos se hundieron en mi pelo, tirando suavemente hasta que mi cabeza se inclinó hacia atrás, dándole mejor acceso. Me besó más fuerte, más profundo, como si fuera la única cosa que lo mantenía con vida.
Una de sus manos abandonó mi pelo para deslizarse por mi cuello, su pulgar acariciando el pulso desbocado bajo mi mandíbula. Sentí sus dedos descender, trazando una línea de fuego por mi clavícula, y un gemido escapó de mi garganta sin mi permiso.
Él lo tragó con el beso.
Y yo me rendí.
Completamente.
Mis manos se aferraron a sus hombros, tirando de él hacia mí con la misma desesperación que sentía en sus labios. Nuestros dientes chocaron. Nuestras respiraciones se mezclaron. No había nada suave en esto.
Era crudo. Desesperado. Real.
Porque esto —él, yo, este momento robado bajo la luna— era lo único real que había sentido desde que llegué a este maldito reino.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos temblando. Sus labios estaban hinchados. Los míos ardían.
—Hak...
—No digas nada. —Apoyó su frente contra la mía, su respiración entrecortada—. Estamos jodidos.
—Bien. —Tiré de él hacia abajo—. Entonces jodámonos juntos.
Y lo besé otra vez.
Esta vez, no hubo dudas.
Esta vez, cuando sus manos me levantaron y mis piernas se enredaron alrededor de su cintura, cuando me llevó de vuelta al fuego y me recostó sobre su capa extendida en la arena...
Esta vez, no hubo vuelta atrás.
____________________________________
Lo que pasó después fue frenético. Desesperado. Hermoso y roto al mismo tiempo.
Sus manos encontraron el borde de mi camisa empapada y la arrancaron por encima de mi cabeza sin ceremonias. Mis dedos fueron a la suya, torpes, tironeando hasta que finalmente cedió. Y entonces no hubo nada entre nosotros excepto piel, deseo y electricidad.
—Joder —murmuró él, sus ojos recorriéndome como si quisiera devorarme entera—. Eres...
No terminó la frase.
En cambio, me empujó suavemente hasta que mi espalda tocó la arena, y se colocó sobre mí, su peso anclándome contra la tierra mientras sus labios encontraban mi cuello.
No fueron besos suaves.
Fueron marcas. Reclamos. Dientes rozando piel sensible, lengua trazando líneas de fuego que me arrancaban jadeos que no podía controlar.
—Hak... —gemí cuando sus labios descendieron, rozando mi clavícula, bajando más.
—Dime que pare —murmuró contra mi piel—. Dime que pare y lo haré.
—No —susurré, mis manos hundiéndose en su pelo, tirando de él más cerca—. No pares. No te atrevas a parar.
Su risa fue oscura, peligrosa, vibrando contra mi pecho.
—Peligroso darme permiso.
Y entonces su boca descendió, bajando por el valle entre mis pechos. Por mi abdomen. Por mis costillas. Cada beso era deliberado, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo y quisiera saborear cada centímetro de mi piel.
Y entonces llegó más abajo.
Mucho más abajo.
Mi espalda se arqueó involuntariamente, un grito ahogándose en mi garganta cuando sus labios encontraron la parte más íntima de mí. Piel que nunca nadie había tocado así. Que nunca nadie había besado.
—Hak... —gemi, mis manos volando a su pelo, sin saber si quería empujarlo o acercarlo más—. ¿Qué...?
—Relájate —murmuró contra mi piel, su aliento cálido enviándome escalofríos por todo el cuerpo—. Déjame hacerte sentir bien.
Y entonces su lengua...
Dios.
Mi cabeza cayó hacia atrás contra la arena, mis dedos clavándose en su pelo mientras hacía cosas que me hacían ver las estrellas detrás de los párpados cerrados. Cosas que me arrancaban sonidos que nunca había hecho.
—No... puedo... —gemí, sin saber qué estaba diciendo, sin poder formar pensamientos coherentes.
—Sí puedes —murmuró él, y sentí su sonrisa contra mi piel—. Déjate ir.
Una de sus manos se deslizó por mi muslo, sujetándome mientras seguía con esa tortura perfecta. La otra subió, encontrando mi mano, entrelazando sus dedos con los míos.
Como si supiera que estaba a punto de romperme.