La Ultima Guardiana

CAPITULO 25

El cielo era del color de la ceniza cuando cruzamos las puertas del castillo.

Gris. Frío. Opresivo. Esa hora extraña entre la noche y el amanecer donde el mundo se siente suspendido entre la vida y la muerte.

Los guardias nos miraron pasar. Rostros conocidos bajo yelmos familiares, pero algo había cambiado en sus ojos. Una tensión que no había estado ahí ayer. Una vigilancia más aguda.

—Largo viaje —murmuró uno de ellos cuando Hak desmontó.

—Largo —respondió Hak, su voz neutral, pero pude sentir la rigidez en sus hombros.

Mis pies tocaron el suelo empedrado del patio, y el frío de las piedras se filtró a través de mis botas hasta los huesos. Todo estaba exactamente igual que cuando nos fuimos. Las mismas torres alzándose hacia el cielo plomizo. Las mismas ventanas oscuras observándonos desde arriba. Los mismos estandartes ondeando perezosamente en la brisa matutina.

Pero el castillo se sentia diferente. Mas tenso. Mas cargado.

Los establos estaban demasiado silenciosos. Los criados se movían con prisa excesiva.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó Hak a uno de los guardias más jóvenes, uno que reconocí de los entrenamientos matutinos.

El chico se encogió de hombros, pero su mirada se deslizó nerviosamente hacia las torres antes de regresar a nosotros.

—Todo tranquilo, señor. Solo... ya saben. El rey está de vuelta.

Hak asintió, pero pude ver la tensión acumulándose en la línea de sus hombros.

—Llegó con una comitiva pequeña. Se fue directo a sus aposentos con el príncipe Rowan. Y también... —dudó, mirando hacia los lados antes de continuar— con la princesa de los reinos del sur.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿La princesa? —pregunté antes de poder detenerme.

El guardia asintió, incómodo.

—Lady Elise. Dicen que es... —bajó aún más la voz— para arreglar el compromiso. Ya saben, el que lleva años negociándose entre los reinos. —Me miró con algo que podría haber sido pena—. Llegó con tres damas de compañía y una escolta completa. Mucho protocolo. Mucha ceremonia. El rey parecía... satisfecho.

Las palabras se clavaron en mi pecho como esquirlas de hielo.

"¿Compromiso?".

Mi estómago se contrajo.

Anoche.

Mientras Hak y yo estábamos en la playa. Mientras me besaba bajo la luz de la luna. Mientras me tocaba hasta que grité su nombre a las estrellas.

Mientras yo descubría lo que era sentirme amada.

El rey había regresado.

Y Rowan había estado aquí. Solo. Enfrentándose a lo que fuera que su padre planeara.

—Gracias —murmuró Hak, y me puso una mano en la parte baja de la espalda, guiándome hacia la entrada.

Pero en lugar de dirigirnos hacia las escaleras principales, me llevó por el mismo pasillo lateral por el que habíamos salido. Oscuro. Estrecho. Con antorchas que proyectaban sombras danzantes contra las paredes de piedra húmeda.

—¿Adónde vamos? —susurré cuando la oscuridad nos envolvió.

—A los aposentos de Rowan.

—¿No deberíamos...?

—No. —Su voz era firme, final—. Necesitamos saber qué pasó. Qué decidió el rey.

Qué decidió sobre mí.

No lo dijo, pero ambos lo sabíamos.

Empezamos a subir.

La torre de Rowan estaba en el ala este del castillo, elevándose hacia el cielo gris como una lanza de piedra. Para llegar hasta arriba sin ser vistos, tendríamos que usar las escaleras de servicio. Escalones estrechos y empinados tallados directamente en la roca, diseñados para que los criados pudieran moverse por el castillo sin molestar a la nobleza.

Perfectos para deslizarse sin ser detectados.

Imperfectos para trepar cuando el miedo te tenía agarrada por la garganta.

Cada escalón resonaba bajo nuestros pies, el eco multiplicándose por las paredes de piedra hasta convertirse en una sinfonía de pasos fantasma. Mi respiración sonaba demasiado fuerte en el silencio.

—Respira —murmuró él detrás de mí, su mano rozando brevemente la cintura para sujetarme—. Todo va a estar bien.

Pero no estaba bien.

Porque con cada escalón que subíamos, la realidad de lo que habíamos hecho se hundía más profundo en mi pecho. No la intimidad física.

La traición.

Porque eso era lo que había sido, ¿verdad? Una traición a Rowan. Al hombre que me había protegido, que había arriesgado su propia posición para mantenerme a salvo. Que me había enviado lejos con Hak para protegerme, nuevamente, de su padre.

Y nosotros...

—Para —dijo Hak de pronto, su mano agarrándome del brazo.

Me detuve en seco, el corazón saltándome a la garganta.

—¿Qué...?

—Voces —susurró él, señalando hacia arriba.

Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. Y entonces las escuché.

Voces. Bajas. Urgentes. Filtrándose a través de las piedras desde algún lugar por encima de nosotros.

Una de ellas era familiar.

Rowan.

Pero sonaba... diferente. Más duro. Más desesperado.

La otra voz era más profunda. Más autoritaria. Más fría.

—...no es negociable —estaba diciendo la voz más profunda—. Ya está decidido.

—Padre, por favor. Si me das más tiempo, puedo...

—¿Tiempo? —La palabra salió cargada de desprecio—. ¿Más tiempo para que hagas qué, exactamente? ¿Para que esa... esa cosa... se vuelva aún más problemática de lo que ya es?

“Esa cosa.”

Mi estómago se convirtió en plomo.

Estaban hablando de mí.

Las piedras estaban heladas bajo mis palmas cuando me apoyé contra la pared para recobrar el aliento. El aire se había vuelto más denso, más cargado, más lleno de algo que no podía nombrar pero que me hacía querer correr.

Correr lejos.

Correr rápido.

Correr hasta que mis pulmones ardieran y mis piernas cedieran y ya no pudiera escuchar las voces que discutían mi vida como si fuera una transacción comercial.

Pero no podía correr.

Porque no había ningún lugar adonde ir.

—...arreglos ya están hechos —siguio diciendo el rey—. El barco parte mañana por la noche.




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