La Ultima Guardiana

CAPITULO 26

El dolor en mi cabeza era lo primero que registré al despertar.

Punzante. Implacable. Como si alguien hubiera clavado una daga directamente en mi cráneo y la estuviera girando lentamente.

Gemí, intentando llevar las manos a las sienes, pero algo me detuvo. Grilletes de hierro pesado alrededor de mis muñecas. Más cadenas alrededor de mis tobillos.

Abrí los ojos.

Oscuridad. Una oscuridad tan densa que por un momento pensé que aún tenía los ojos cerrados. Pero gradualmente, muy gradualmente, comencé a distinguir formas. Paredes de roca irregular. Estalactitas colgando como dientes amenazantes desde el techo invisible.

Intenté sentarme, pero las cadenas me lo impidieron. Todas sujetas a anillas empotradas en el suelo de piedra.

El pánico subió por mi garganta como bilis.

—¿Hola? —Mi voz sonaba ronca, áspera—. ¿Hay alguien ahí?

El eco de mis palabras se multiplicó por las paredes de la cueva, regresando a mí distorsionado y extraño.

Tiré de las cadenas. El metal se clavó en mi piel, pero no cedieron ni un milímetro.

—¡Hola! —grité, más fuerte—. ¡Por favor, ayuda!

Entonces escuché pasos.

Lentos. Medidos. Acercándose desde las sombras.

Una figura emergió de la oscuridad. Alta. Familiar.

—Rowan —susurré, y el alivio se derramó por mi pecho como agua fría—. Gracias a Dios. Rowan, ¿qué...?

Pero cuando pude ver su rostro a la luz tenue que emanaba de las paredes de la cueva, el alivio murió en mi garganta.

Sus ojos estaban fríos. Distantes. Como si estuviera mirando a través de mí, no hacia mí.

Y en sus manos sostenía un libro. El mismo libro antiguo que había visto en su habitación.

—¿Rowan? —Mi voz tembló—. ¿Qué es este lugar? ¿Qué está pasando?

No respondió.

En cambio, abrió el libro.

Y comenzó a hablar.

Pero no era ningún idioma que hubiera escuchado jamás.

Las palabras sonaban antiguas. Poderosas. Como si hubieran sido arrancadas directamente desde el centro de la tierra.

—Rowan, me estás asustando —dije, tirando más fuerte de las cadenas—. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estoy aquí?

Siguió recitando, su voz volviéndose más fuerte, más intensa.

Y entonces comenzó a suceder.

El suelo bajo mi cuerpo empezó a brillar.

Líneas de luz dorada se extendieron desde donde yo estaba, dibujando un círculo perfecto a mi alrededor. Un anillo luminoso que me atrapaba en su centro como una jaula invisible.

Símbolos que no reconocí aparecieron grabándose directamente en la piedra del perímetro del círculo, pulsando con una luz que parecía tener vida propia. Uno tras otro, se encendían alrededor de mí como llamas antiguas.

Desde el interior del círculo, más líneas comenzaron a aparecer. Se entrecruzaban formando patrones geométricos complejos. Triángulos dentro de triángulos. Líneas que se conectaban con los símbolos del borde. Una red intrincada de luz dorada que me rodeaba por completo, grabándose en el suelo de piedra bajo mi cuerpo.

—¿Qué...? —susurré, mirando los símbolos que pulsaban a mi alrededor—. ¿Qué es esto?

Entonces el dolor comenzó.

Empezó como una sensación de ardor en la punta de mi dedo índice. Como si alguien hubiera presionado una brasa contra mi piel y la mantuviera ahí, quemando, sin soltarla.

Jadeé, mirando mi mano derecha con incredulidad.

Una línea negra estaba apareciendo bajo mi piel. Delgada como un cabello, serpenteando desde la punta de mi dedo.

Y ardía.

Dios, ardía.

La línea avanzó al segundo dedo. Luego al tercero.

Cada nueva marca era como una aguja perforando bajo mi piel. No solo en la superficie. Dentro. Atravesando carne. Rozando hueso.

—Para —susurré, la voz temblorosa, apretando los dedos para intentar sofocar el dolor—. Para, para, para...

Pero no pararon.

Se extendieron por el cuarto dedo. El quinto. Y cuando comenzaron a deslizarse por el dorso de mi mano, uniéndose entre ellas como una red oscura bajo mi piel, el ardor se convirtió en algo peor.

Dolor.

Dolor real.

Como si estuvieran grabando en mi carne con hierro fundido. Como si cada línea fuera un corte profundo que me abrían con metal al rojo vivo.

—¡Ahhhh! —chillé, tirando de las cadenas—. ¡NO! ¡PARA! ¡ME DUELE!

Las marcas llegaron a mi muñeca.

Y se hicieron más gruesas.

Ya no eran líneas delgadas. Eran tatuajes complejos, patrones intrincados que se entrelazaban, se enroscaban.

El dolor se multiplicaba con cada milimetro.

Era como si mi piel estuviera siendo desgarrada desde adentro. Arrancada. Como si algo vivo estuviera abriéndose camino a través de mis músculos, rasgando tejido, quebrando nervios, excavando su camino hacia mis huesos.

—¡PARA! —Le grité a Rowan, sacudiendo las cadenas con desesperación. Las lágrimas ya corrían por mis mejillas, calientes, imparables—. ¡POR FAVOR, PARA!

Pero él siguió recitando. Su voz más fuerte. Más urgente. Como si mis gritos no significaran nada.

Las marcas subieron por mi antebrazo. Rodeando. Apretando.

Chillé, arqueando la espalda.

—¡ROWAN! —Mi voz era apenas reconocible, rota por los sollozos—. ¡TE LO SUPLICO! ¡POR FAVOR! ¡DUELE! ¡ME DUELE!

Las marcas llegaron a mi codo, y el dolor se intensificó.

No sabía que podía intensificarse más, pero lo hizo.

Tiré de las cadenas con tal fuerza que sentí algo desgarrarse en mi muñeca. Sangre cálida resbalando por mi piel. Pero no me importo. Cualquier cosa era mejor que esto.

Cualquier cosa..

Las marcas subieron a mi hombro.

--AHHHHHHH!!!! DUELEEEE!!! ME QUEMAAAAA!!!! ROWAAANNNN!!

Se extendieron por mi clavícula como dedos de tinta. Arañando. Quemando cada centímetro de piel mientras avanzaban hacia mi cuello.

Mi garganta estaba en carne viva de tanto gritar. No había forma de contener el dolor. Era demasiado. Demasiado grande. Demasiado abrumador.

Lloraba sin control. Sollozos entrecortados entre gritos. Mocos y lágrimas mezclándose en mi rostro mientras me retorcía como un animal atrapado.




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